Hoy 20 de noviembre de 2025 se cumple el 50 aniversario de la muerte biológica de Franco. Desde diversos sectores del actual Régimen, y muy particularmente desde sus medios de comunicación, se le quiere dar un especial alcance a esta efemérides con un objetivo completamente interesado e incluso perverso.
Las personas que entonces ya llevábamos tiempo militando en el antifranquismo, pese a nuestra juventud (era muy habitual en aquella época que la militancia se iniciara a partir de los 16 años), recordamos bien el hecho esperado, por biológicamente inevitable, de la muerte de Franco. Su defunción tuvo políticamente una repercusión limitada, salvo en los “aspectos litúrgicos”. Fue el punto de inflexión para que se empezara a implementar formalmente el proyecto de cambio que en su gran mayoría se había organizado desde el propio Régimen. Entre los sectores no descerebrados del franquismo, que por supuesto los había, se sabía que una adaptación de aquel Estado a los estándares de la Europa occidental era ineludible.
El Estado español era el último que quedaba en ese marco geográfico con un “Régimen diferente”, un Régimen que había sido aliado del nazifascismo en la II Guerra Mundial y que había sobrevivido a los diferentes avatares, en parte, por la habilidad y capacidad de amoldarse de Franco a las nuevas circunstancias. En el caso de Portugal, en un proceso con una grandísima implicación popular a través de la llamada Revolución de los Claveles, se había derrotado y destituido al Régimen fascista portugués en 1974. En Grecia, aunque con características diferentes y mucho más limitadas, el 24 de julio de 1974 se consiguió derrotar al Régimen de los Coroneles, que no era más que una dictadura militar fascista impuesta en la década de los 60. La caída de la Junta de los Coroneles en Grecia tuvo un doble origen: por un lado las importantes movilizaciones populares, especialmente estudiantiles, y por otra parte, el error político militar de intentar invadir Chipre para anexionarlo formalmente a Grecia; la respuesta de Turquía fue contundente e imposibilitó ese proyecto. Quedaba por moldear al Estado español para adecuarlo a lo que se exigía entonces para pertenecer al club de la Comunidad Económica Europea y Mercado Común (hoy UE) y de la OTAN.

Los marcos del cambio imprescindible tras la muerte de Franco estaban perfectamente delimitados, y establecían un punto de partida y llegada para un proceso controlado por los poderes fácticos, más allá de que pudiera tener algunos matices en su materialización. Las expectativas de las clases populares, especialmente de los sectores sociales que se habían comprometido e implicado con la lucha antifranquista eran muy diferentes a lo que se sustanció durante ese proceso, y una de las consecuencias de la llamada “Transición política” fue la tremenda decepción y frustración que generó entre esos sectores. Por cierto, algo de lo que no se habla en ninguno de los banales reportajes que se hacen en los medios de comunicación sobre este aniversario. Un ejemplo simbólico, pero significativo, es que los mismos presentadores de TV y radio que hacían apología del Régimen franquista durante las semanas previas a la muerte del Caudillo fueron los encargados de seguir informando sobre las maravillas de la Transición y del nuevo Jefe del Estado, Juan Carlos I.
En algunos pueblos del Estado y entre algunos sectores sociales el rechazo a ese proceso fue contundente y amplio. Esto sucedió sobre todo en Euskal Herria, durante años vanguardia en la lucha por la ruptura democrática, y en Galicia, donde también hubo un movimiento importante en esa dirección, encabezado por la UPG. En otros territorios, sin esa conexión orgánica-política, hubo también oposición sectorial a que el proceso de Transición se llevase adelante tal como estaba diseñado por la alianza entre los aperturistas del Régimen franquista y la oposición democrática comprometida con el proceso, que fue prácticamente toda. Hubo amplias movilizaciones en Madrid, Andalucía y Barcelona, entre otros lugares. Salvo en los sitios donde había una organización que impulsara y dirigiera esos procesos de oposición social al modelo de Transición impuesto, estos fueron limitados en su extensión, en el tiempo o en su claridad política. En paralelo, y dirigido a los sectores juveniles y rupturistas, el aparato del Estado introdujo y extendió el consumo de heroína en lo que fue una auténtica matanza planificada.
Desgraciadamente, el PCE, que hubiera podido inclinar la balanza si hubiese apostado de manera coherente por la ruptura, se pasó bajo la dirección de Santiago Carrillo a apoyar con entusiasmo al proceso de Transición, que no era ni más ni menos que el proyecto de llevar adelante la II Restauración Borbónica, en la persona de Juan Carlos I.
No deja de ser curioso comprobar cómo Juan Carlos I, alabado hasta la náusea por todos los medios de comunicación y plumillas del Régimen, comenzó a ser criticado con severidad una vez Felipe VI le sucedió en la Jefatura del Estado para apuntalar al propio Régimen y a la Monarquía, en una operación dirigida por el inefable Rubalcaba. Desde que se conoce el contenido de su autobiografía, en la que deja mal parado a su hijo y a la reina consorte, Letizia Ortiz, quieren convertir a Juan Carlos en un apestado, pero parece que la tarea no les va a ser tan sencilla.

Los movimientos para recolocarse tras la esperada e inevitable muerte de Franco se produjeron varios años antes de que esta ocurriera. Estos movimientos se dieron también, y muy especialmente, en el propio Régimen franquista, buscando plataformas que pudieran darle continuidad; se podría citar al Grupo Tácito, aunque había varias docenas de ellos.
Ya muy tardíamente, a partir del año 73-74, se empezaron a producir movimientos en el PSOE, especialmente después del Congreso de Suresnes de 1974, organizado y financiado por el Partido Socialista francés, en el cuál se constituyó una mínima estructura de cuadros. El PSOE prácticamente no existía por aquel entonces. En las movilizaciones que se hacían en la clandestinidad ni se les invitaba a las reuniones, porque no podían aportar nada; y cuando excepcionalmente se les invitaba, se sabía que su contribución sería irrelevante.
De una forma inteligente se presentaron como herederos del PSOE que había luchado por la República en los años 30, y aunque poco tenían que ver con aquella organización, el planteamiento les fue de gran utilidad para sumar afiliación a sus bases y para acumular voto electoral. El PSOE había expulsado a los sectores más combativos de su partido coincidiendo con el impulso al Atlantismo por parte de los EEUU; entre ellos estuvo todo el grupo de Negrín, el último Presidente del Gobierno Republicano, quien apostaba en 1939, como hacía el PCE, por continuar la guerra en España hasta que se iniciara la II Guerra Mundial, lo que sucedería tan solo unos meses después. El PSOE durante la dictadura pasó a vivir en una situación de hibernación total, y podríamos decir, sin exagerar, que es el gran Partido surgido de la Transición.
Además de la contribución del Partido Socialista francés de Miterrand, hubo una intervención muy importante por parte de la socialdemocracia alemana de Willy Brandt, que no solamente lo apoyó con asesoría política y técnica de altísimo nivel, sino también financieramente. Así es como se forja el PSOE que se presenta a las primeras elecciones de junio de 1977, y que acabará ganando en 1982. Ciertamente, es así, consiguieron montar un equipo con bastante inteligencia política y credibilidad, que supo hacer un trabajo de integración de diferentes organizaciones socialistas que se habían creado en la lucha antifranquista, como el PSP de Tierno Galván (que obtuvo 6 escaños en las elecciones de 1977) o algunos de las fuerzas que constituían la Federación de Partidos Socialistas: de Convergencia Socialista de Cataluña (del cual procede de alguna manera el actual PSC) y de Convergencia Socialista de Madrid salieron una buena parte, tanto en calidad como en calidad, de lo que serían posteriormente las federaciones socialistas de esos territorios; también otros que no se incorporaron finalmente al PSOE, como el PSG, por entonces el partido de Beiras, o el Partido Socialista de Andalucía.
El partido que tenía mayor influencia y militancia a nivel estatal era el PCE, que, como hemos comentado, se abrazó de forma suicida al proyecto de Reforma cuya finalidad era llevar adelante la II Restauración borbónica. Algunos años después hubo aspectos autocríticos sobre esa política, especialmente en la práctica, pero no llegó a haber nunca -y sería bueno que así fuera- una auténtica reflexión sobre su orientación política en ese momento histórico, objetivamente tan nefasta para el devenir de los Pueblos del Estado español.
Nota en el diario Informaciones, escrita por María Antonia Iglesias, a fecha de 16 de abril de 1977. Archivo Linz
El alzamiento militar fascista de 1936, derrotado en una buena parte del Estado español, especialmente en Madrid, se hizo contra la II República, lo que llevó a la destrucción de ésta en todos los planos: físico, humano, intelectual, científico, cultural, artístico, etc. El ensañamiento llegó a extremos tan irracionales y criminales que en diversos lugares del Estado se destruyeron los centros de higiene, similares a lo que en los años 80 serían los centros de salud, por ser obra de la República. Cualquier cosa que remitiese al Régimen republicano fue derruida y liquidada, y así se intentó hacer también con su memoria, quizás aún lo que más perdura. Pretenden seguir con la trampa de que se ignore cuál fue el problema de fondo que impulsó el levantamiento militar fascista y, ante su derrota, la guerra: la liquidación de la República y la liquidación de su memoria. Tanto el bloque dominante español como el bloque dominante europeo siguen teniendo pánico a un Régimen republicano en el Estado, por algo será.
Vamos a señalar algunos de los mitos que se han utilizado sobre la Transición a lo largo de estos años.
Uno de ellos es que fue un proceso pacífico. Como en casi todo, han mentido como bellacos. Durante la Transición hubo cientos de muertos/as (714 o 591, según los respectivos estudios de Sophie Baby y Mariano Sánchez Soler, y eso sin contar los muertos por la heroína, suicidios que tuvieron su origen en ese proceso, etc.) y el número de heridos/as en las movilizaciones populares fue importantísimo. La cantidad de detenidos y torturados en cuartelillos y comisarías fue impresionante. Muchas de esas torturas acabaron en muerte, y no solamente en Euskal Herria, aunque allí fue donde hubo más casos. La existencia de bandas criminales fascistas que actuaban con total impunidad, y siguen haciéndolo, es algo relativamente bien conocido, pero habitualmente no se conecta con el franquismo y la deleznable Transición que se hizo de éste al actual Régimen monárquico.

Otra “virtud” de la Transición, según sus apologetas, es que fue democrática, lo cual tampoco tiene nada que ver con la realidad. En ningún momento se produjo un auténtico proceso constituyente. Las elecciones de junio de 1977, convocadas en el marco de la Ley de la Reforma política aprobada en las Cortes franquistas, tuvieron la tarea de elaborar una Constitución que tenía que ser monárquica; había cierto margen para algunas cuestiones, pero en cuanto a la esencial, es decir, la forma de Estado, los/as constituyentes tenían una única opción: la monarquía, quedando excluida la forma republicana. Sin embargo, la República era la referencia histórica para la mayoría de las clases populares en los Pueblos del Estado español en aquel entonces, y también la máxima aspiración de los sectores democráticos. Hurtar explícita y contundentemente esa posibilidad vaciaba de contenido todo el mal llamado proceso constituyente. Además de esta cuestión, organizaciones políticas que tenían una importante influencia en aquel momento permanecían ilegalizadas y fueron excluidas de esas elecciones de 1977 (los ejemplos más significativos son los que atañen al movimiento nacionalista gallego, hoy segunda fuerza en el Parlamento de la Comunidad, o a la izquierda independentista vasca).
Una vez sustituido Arias Navarro por Adolfo Suárez como encargado de pilotar la Transición, éste demostró una “audacia” que le dio cierta legitimidad al conjunto del proceso. Una de esas operaciones fue la temprana legalización del PCE, algo que no estaba previsto hasta que pasasen las elecciones de 1977, tal como ocurrió con las organizaciones anteriormente señaladas. Otra fue la traída de Tarradellas para presidir el Gobierno de la Generalitat reconstruida, aunque no se habían celebrado aún elecciones autonómicas en Cataluña, logrando un efecto de bastante alcance en ese Pueblo en cuanto a la legitimación de la Reforma política. Además de esto, se pusieron en marcha en Euskal Herria las llamadas “gestoras” de los ayuntamientos, creándose lo que podríamos llamar gobiernos provisionales municipales en base a los resultados de las elecciones generales de junio de 1977, y que estuvieron vigentes hasta las primeras elecciones municipales de 1979.

El Golpe/Pronunciamiento del 23 de febrero de 1981 tenía como objetivo fundamental -y además lo consiguió plenamente– la exclusión de Suárez de la dirección del proceso político en marcha, precisamente por su audacia, no totalmente controlada, y para ponerle moderación a todo aquello que tenía que ver con la política autonómica (y en general).
Cada 20N desde 1987, el movimiento antifascista organizado en Madrid y en la mayoría de las ciudades castellanas viene denunciando, con una actitud de lucha, la pervivencia del franquismo en el actual Régimen y en la sociedad. En el movimiento antifascista se es muy consciente de aquello que se decía: “muerto el perro, no se acabó la rabia”, enfermedad asumida por diferentes cánidos, a veces con aspectos engañosos. Para nada esa apariencia le resta un ápice de su peligrosidad y complicidad con el franquismo como ideología. Este, no hay que olvidarlo, es el fascismo a la española.
En relación con el Régimen de la II Restauración borbónica, estamos en un momento similar a lo que ocurre con un yogurt caducado. No es una comparación muy épica, pero es que la situación tampoco tiene nada de épica. La caducidad de un yogurt, como ocurre con el Gobierno actual y el Régimen en general, no se aprecia fácilmente desde fuera, salvo si está inscrita y bien visible en el envase esa fecha de caducidad. Eso no significa que dentro no se estén produciendo fenómenos de degradación acelerada del producto. Al no apreciarse claramente esa situación, hay sectores de la población que lo siguen consumiendo por desconocimiento o por necesidad, pese a que su ingesta conlleva asociados cada vez más riesgos para la salud.
Vivir bajo este Régimen es ya un problema de salud pública, que incluye el aumento de la violencia contra las mujeres o las muertes por accidente laboral entre la clase trabajadora. Su corrupción sistémica, cada vez más descarada y reiterada, moldea una sociedad en la que mantener unos valores medianamente éticos es en sí mismo una actitud revolucionaria desde el punto de vista social. Los últimos escándalos que se han publicado en relación con el PSOE son no solo impropios de un Régimen democrático, sino de cualquier sistema político. Como hemos dicho en numerosas ocasiones, en el Estado español los partidos, especialmente los grandes, los que se reparten la mayoría del pastel institucional, son la vía más rápida y con menos filtros -no se requiere conocimiento específico alguno para acceder a los puestos que distribuyen- para alcanzar un estatus de vida privilegiado y diferenciado respecto a la mayoría de la población.
Este Régimen es incompatible con la vida, con la de nuestro Pueblo y con la de los Pueblos del Estado español. Es una tarea imprescindible acabar con él, aunque no parece fácil, porque además de los grandes partidos, también los pequeños, que viven igualmente de ese cambalache, lo defienden con uñas y dientes. Tuvimos ocasión de comprobarlo durante el proceso de las consultas republicanas. Con una coyuntura internacional en principio favorable a esos cambios, creemos que esa tarea está al alcance de la gente honrada, trabajadora y verdaderamente patriótica en Castilla y en el Estado español.
Estos sí que son realmente un triste tigre de papel. Sin lugar a dudas, venceremos.
Izquierda Castellana, 20 de noviembre de 2025
