El Estado español se encuentra entre los tres países de la UE con mayor superficie forestal, junto con Suecia y Finlandia. Por supuesto, la gestión de la masa forestal en estos países escandinavos nada tiene que ver con la de la nuestra. En la actualidad, la superficie forestal total en el Estado español supera los 28 millones de hectáreas, entre superficie arbolada y desarbolada. De ellas, unos 20 millones de hectáreas son de gestión privada y los otros 8 millones de gestión pública. La Comunidad de Castilla y León cuenta con la mayor superficie forestal del Estado, con 5,1 millones de hectáreas, lo que representa casi el 55% del conjunto de su territorio; Castilla – La Mancha, por su parte, cuenta con 3,8 millones de hectáreas, que ocupan el 48% de su superficie, mientras Madrid alcanza las 423.000 hectáreas (el 53% del territorio de la Comunidad). Esta superficie forestal se ha visto incrementada significativamente en las últimas décadas.
Castilla, entendiéndola como el conjunto de las 17 provincias (Castilla y León, Castilla – La Mancha, Cantabria, La Rioja y Madrid), es la región europea que cuenta con una menor densidad de población. La baja densidad de algunas de sus provincias se corresponde con lo que los estudios demográficos denominan zonas desérticas: por ejemplo, viven 8,75 habitantes por km² en Soria; 11,66 en Cuenca; 15,68 en Zamora; 19,97 en Ávila, etc. Madrid es una importante excepción: su densidad de población, tanto en la ciudad como en la provincia, es la mayor del Estado español, con 5.418 y 893 habitantes por km² respectivamente.
Desde el Gobierno Central, y por supuesto desde las Comunidades Autónomas, se han ido recortando de forma irresponsable los presupuestos dedicados a la prevención contra los incendios forestales. Según informaba El País el 14 de agosto del año pasado, la inversión pública en prevención de incendios se había desplomado a la mitad en los últimos años, pasando de 364,1 millones en 2009 a 175,8 en 2022. En 2009, la inversión en cuidado global del bosque ascendía a 1.742 millones de euros, y en 2022 tan solo a 1.295. Por supuesto, todas las actividades de mantenimiento de los bosques o la masa forestal se han hundido: aprovechamiento de la madera, reforestación, conservación de la biodiversidad… También el número y mantenimiento de cortafuegos, de gran utilidad para limitar la extensión de los incendios, se ha visto mermado. El coste de apagar los incendios es, según algunos cálculos, de 19.000 euros por hectárea; multiplíquense por las decenas de miles de hectáreas que se han quemado y se tendrá una cifra aproximada del gasto. Por supuesto, los beneficiarios de tal inversión no son precisamente los habitantes del medio rural, ni tampoco las personas que trabajan en la extinción de incendios, con contratos de extrema precariedad y condiciones laborales aún peores; hay otros agentes en esa cadena que sí que obtienen grandes réditos de tales desastres.

Como viene ocurriendo desde 2022, para la extinción de los incendios no se cuenta con las mejores aeronaves teóricamente disponibles, los helicópteros Kamov Ka-32, de fabricación rusa y con una capacidad de carga de 4.500 litros. La política de sanciones europeas y la posición del Gobierno español en el conflicto ucraniano hace imposible conseguir las piezas de repuesto y la presencia de técnicos de mantenimiento de los aparatos.
Queremos abordar dos consideraciones que se repiten hasta la náusea por parte del Gobierno, y que obviamente no son más que una forma de eludir los problemas de fondo.
– La primera es que estamos ante una situación de cambio climático. Eso, así formulado, es evidentemente una perogrullada. Claro que hay cambio climático, siempre lo ha habido. En el siglo XVII se produjo la “Pequeña Edad del Hielo”, en la cual las temperaturas bajaron de una forma muy significativa no sólo en Europa, sino en el conjunto del Globo terráqueo, con graves efectos sobre la agricultura y la ganadería, produciéndose grandes hambrunas como la de Escocia. Hay numerosos estudios sobre el asunto, que seguramente nuestros más reconocidos políticos no se han molestado en leer, probablemente ni conocen el fenómeno. Entre los más conocidos está el del historiador británico Geoffrey Parker, El siglo maldito: clima, guerras y catástrofes en el siglo XVII. Existe una versión más reducida sobre el tema, cuya lectura recomendamos, con similar título. Nuestros políticos/as deberían estudiar algo para tener unos mínimos conocimientos con los que afrontar la realidad, pero son un colectivo de ignorantes.
La cuestión no es negar o reafirmarse en la existencia del cambio climático, cosa evidente (esto es pura dialéctica en la historia de la naturaleza), sino en qué medida el cambio climático actual está condicionado por las actividades humanas. Parece muy cierto que los cambios a los que estamos asistiendo tienen una mayor relación con la actividad antrópica que episodios anteriores. En China, donde tienen muy bien situado el problema, hay una línea de intervención efectiva para controlar o disminuir significativamente la influencia de la actividad humana en el cambio climático actual.

Es muy necesario reflexionar sobre por qué insisten tanto, especialmente desde la Unión Europea y el actual Gobierno español, en el mantra del cambio climático. Es muy claro que es una vía de acceso a la expansión del denominado “capitalismo verde”, que no solo no resuelve los problemas de fondo, sino que los agrava de forma significativa, tal como comentaremos más adelante.
– Bien por ignorancia, que es lo más probable en muchos casos, o bien con una intención manipuladora, otra cuestión que se repite en los últimos días, de forma tan insistente como errónea, es que los incendios a los que asistimos son los mayores de nuestra historia. En el siglo X, año 949, un gran incendio se extendió por el conjunto de la Meseta Norte; según el estudio de las crónicas -por supuesto entonces no había otro tipo de registro que éstas, se calcula que pudo calcinar hasta 500.000 hectáreas. La causa de este incendio pudo estar relacionada con la importante actividad de tala de árboles para atender las necesidades de construcción de viviendas y otras estructuras en el contexto de la repoblación intensa que se dio en el siglo X al norte del Duero, cuando el Reino Astur-Leonés avanzó en el control de esos territorios. El incendio afectó a campos, bosques, villas y arrabales de ciudades. Tal importancia tuvo el incendio que el poeta Gonzalo de Berceo le dedicó versos en al menos dos de sus poemas trescientos años más tarde:
”387 Se levantó el ábrego, un viento abrasador, / y junto con él un fuego rabioso y airado. / Salió de Occidente por obra del Diablo / y causó grandes maldades antes de detenerse.
”388 Por las Extremaduras hizo daños mortales: / encendía las villas, quemaba los arrabales, / abrasaba los burgos y las villas principales, / haciendo grandes males por yermos y poblados.
”389 Llegó a Sahagún y quemó una parte; / casi la mitad de Carrión quedó ardiendo; / por poco Frómista no fue consumida del todo; / Castro, entre las otras, tampoco quedó intacta.
”390 Hornillos del Camino quedó muy quemada, / y también Oterdajos, que yace en un rincón. / Amenazó a Burgos, que entonces estaba dispersa, / porque aún no estaba reunida en un solo lugar.
”391 Quemó en Monasterio todo lo que encontró delante; / en Pancorbo diez casas, porque no quiso perdonarlas; / y muchos otros lugares que no puso en la carta el que primero escribió esta historia, / en los que el fuego hizo escarnio y gran burla.
”392 Todo el cristianismo quedó deshecho y abatido; / no tenían ningún valor, porque lo habían perdido. / Entendían que el Creador les había fallado, / después de haberlos soportado tanto tiempo.
”393 Reconocían su culpa: que se habían desviado; / veían que por su pecado eran tan castigados. / Decían: ‘¡Ay, pobres de nosotros, pueblos desamparados! / ¿Veremos alguna vez el final de este mal?’”
Hoy como entonces, el poder sigue intentando generar sentimientos de culpa entre la población.
La pregunta es quién se beneficia en la actualidad de los grandes incendios en Castilla, porque obviamente hay beneficiarios. Antes eran los madereros, que compraban la madera quemada a precios de saldo cuando su calidad no había menguado sustancialmente. Ahora, a lo que se da pie es al alquiler o compra de grandes extensiones de terreno, potencialmente para la implantación de molinos eólicos o placas solares a bajos precios. Tampoco hay que descartar otros proyectos, como la minería, etc. Los grandes incendios forestales generan condiciones adecuadas para que se den pasos adelante en el proceso de colonización interior de Castilla.

Para afrontar cabalmente este problema no confiamos ni en las instituciones ni en los partidos políticos que las gestionan a nivel central o autonómico. Es imprescindible impulsar el movimiento popular más amplio, en extensión e intensidad, para exigir medidas preventivas y que se pongan en práctica para que situaciones como las que estamos viviendo no se repitan.
En Castilla tenemos un ejemplo muy claro de cuidado forestal y de aprovechamiento de los montes a través de la propiedad comunal, en la comarca de Pinares, en Soria. Allí, pese a la baja densidad de población, es excepcional que se produzcan incendios, al menos de significativa consideración.
Izquierda Castellana, 28 de julio de 2026
