Un putero de 21 años mata a una mujer de 41

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“Un putero de 21 años mata a puñaladas a una mujer de 41 en un apartamento turístico”. ¿Han leído un titular como este? Yo, tampoco. Sin embargo, eso es exactamente lo que sucedió la noche del pasado 24 de septiembre en Bormujos (Sevilla). Un hombre que había contactado en línea con una mujer que ofrecía sus servicios sexuales mediante pago, acabó apuñalándola mortalmente en la habitación donde ambos acordaron encontrarse. Cuando trascendió el crimen, casi todos los titulares de los medios que recogieron la noticia eran variaciones más o menos ilustradas de esta frase: “Un joven mata a una prostituta en un hotel”. Así, sin disimulo: resaltando el sexo y la juventud del verdugo y reduciendo a la víctima a su supuesta profesión en la vida, con todas las connotaciones que tiene esa profesión desde que el mundo es mundo. Se me podrá decir que ninguno de esos datos es falso, y estaré de acuerdo. Soy periodista y perra vieja en el oficio. Conozco las limitaciones de espacio, el principio de economía del lenguaje y la necesidad de ofrecer datos relevantes en el título para contextualizar la historia. Pero también sé que los términos que se resaltan en un encabezamiento debieran ser equivalentes. O sea que, si en el crimen de Bormujos, él es un hombre joven, ella era una mujer madura. Que, si ella era colombiana, él es español. Y, sobre todo, que si ella era prostituta, él es un putero. Y si, desgraciadamente, hablo de él en presente y de ella en pasado, rompiendo mi propia regla, es porque él, asesino confeso, está en prisión y ella, en el cementerio.

No hay nada de novedoso en esta triste historia. No es el primer caso ni, ojalá me equivoque, será el último. Pero todavía estoy por leer la palabra “putero” en el titular de una información de última hora. A ningún periodista se nos ocurre usarla y, si se nos ocurre, o nos autocensuramos sin ser siquiera conscientes de ello, o nos censuran, perdón, corrigen, desde arriba. Porque puede ofender: igual el joven era la primera vez que se iba de putas, y a ver quién le quita ese baldón luego al chiquillo. Porque queda feo: la propia RAE define el término como “adjetivo malsonante”. Sin embargo, usamos “prostituta” alegremente, pensando que añade información, cuando unos pensarán en su estado de máxima vulnerabilidad y otros, que ella se lo ha buscado. De hecho, “buscona” es uno de las docenas de sinónimos de la palabra que recoge la Academia, mientras que de putero solo tiene uno: “putañero” que, si no diera asco, daría risa. Concluyo: hace 10, incluso cinco años, ni me hubieran sangrado los ojos leyendo según qué titulares ni me hubiera planteado escribir este artículo tirando piedras contra mi propio tejado. Pero ya va siendo hora de hacer examen de conciencia. A ver quién se atreve a ser el primero.

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