De este título no concluimos en absoluto que esta fase vaya a ser corta; la derrota del imperialismo puede durar mucho tiempo y desde luego no será fácil, aunque por primera vez en la historia, es factible. Ello supondrá la apertura de un escenario nuevo para un modelo socioeconómico, político e ideológico en línea con lo que son los proyectos socialistas, antiimperialistas y soberanistas.
La estrecha y evidente alianza yanqui nazi-sionista se ha convertido en el eje central de esta última fase del imperialismo global, recuperando y utilizando los aspectos más agresivos en todos los frentes que el capitalismo y el imperialismo pusieron en pie a lo largo de su historia. Esta fase terminal del imperialismo, es decir, la del nazi-sionismo, no tiene nada que envidiar ni en su brutalidad ni en su espíritu y prácticas criminales a lo que fue el nazifascismo en el siglo XX; por el contrario, lo supera en muchísimos aspectos. Todos los episodios relacionados con el Caso Epstein, conocidos sólo muy parcialmente, son un indicador de la degradación moral del Sistema imperialista en la actualidad.
Israel está ante una crisis de supervivencia. Para el Estado Judío no es en absoluto una guerra más, es una en la que se juegan su supervivencia como Estado. No sería la primera vez en la historia que un Estado desapareciese, muy particularmente cuando tiene una base para su creación tan débil y condicionada por una coyuntura internacional como la que tiene el Estado de Israel. Su posible desaparición es una perspectiva muy real, perfectamente conocida en el Estado sionista. Esto explica de alguna manera, por supuesto no lo justifica, su brutal beligerancia y su impulso a una guerra lo más intensa posible con Irán.
Parece claro que Irán está en la línea de liquidar al Estado de Israel, pero no son los únicos en Oriente Medio que tienen esa expectativa. Las acciones del Estado de Israel hacen que esa posición encuentre cada vez más apoyos, y no solo en la región, sino a nivel global. Es importante que tengamos esta perspectiva a la hora de reflexionar sobre el conflicto actual.
Multitudinario funeral en Teherán por Larijani, jefe de seguridad del régimen de los ayatolás muerto en un bombardeo israelí https://t.co/I9W0vSVo63 pic.twitter.com/YRWjGQvYTj
— RTVE Noticias (@rtvenoticias) March 18, 2026
Hemos entrado, tal como hemos comentado en anteriores editoriales, en el proceso de globalización de la guerra que conducirá -ya estamos en ella realmente- a la III Guerra Mundial.
La II Guerra Mundial tuvo diversos escenarios y protagonistas, que aunque tenían una interrelación significativa entre sí, ésta no condicionaba las tácticas concretas en cada momento, especialmente en el terreno militar. La guerra en el Pacífico, protagonizada por Japón, EEUU y la URSS, tenía una dinámica propia y bastante diferenciada de la guerra en el Atlántico y la guerra continental en Eurasia y Norte de África, protagonizada en este caso especialmente por la URSS y en cierta medida, sobre todo en algunos subescenarios, por el Reino Unido (tal como fue el caso de la guerra en el Norte de África). La Unión Soviética fue el único Estado que estuvo implicado de forma significativa y determinante en todos los escenarios bélicos de la II Guerra Mundial.
Este proceso hacia la III Guerra Mundial no ha hecho más que empezar. Cometen un grave error aquellos que consideran que el trumpismo está siendo derrotado de forma acelerada. Ya nos gustaría, pero no hay que confundir los deseos con la realidad. El proceso será largo y complejo, probablemente durará unos cuantos años. De momento, en el escenario de Oriente Medio, la alianza nazi-sionista encabezada por Trump y Netanyahu está teniendo importantes contratiempos, y podríamos decir que han entrado en un conflicto relativamente simétrico. Pero aún nos quedan muchos episodios por ver.

En los medios europeos hay una gran satisfacción porque hasta ahora la mayoría de países de la UE y de la OTAN en Europa se han negado a participar en el desbloqueo militar del Estrecho de Ormuz, alegando que no es su guerra (su guerra es la que se desarrolla en Ucrania contra Rusia). Ojalá esta fuera una postura reflexionada, sincera y sostenida, pero no creemos que esta posición se mantenga a lo largo del tiempo. En cualquier caso, demuestra la existencia de unas ciertas contradicciones en el capitalismo global entre los países de la UE y la alianza yanqui-sionista; pero no nos engañemos, son contradicciones dentro del propio Sistema imperialista y su alcance no va más allá de eso. En la medida en que los escenarios se vayan clarificando, veremos cómo hay procesos de realineamiento entre estos países. El “frente antiruso” puesto en pie en Ucrania tiene pocos visos de permanencia estratégica, y menos aún de victoria, porque cada vez está más debilitada la alianza que le da sustento, incluyendo la propia UE y la parte europea de la OTAN. Todos estos procesos son lentos, no debemos esperar que la cuestión se decante definitivamente en pocos días; pero es tarea de los revolucionarios/as entender la tendencia histórica de los procesos, sin lo que es imposible intervenir con eficiencia en ellos.
EEUU es la potencia occidental que más puede resistir sin el petróleo de Oriente Medio como fuente de energía; su capacidad de resistencia sin embargo es mucho menor si el flujo abundante y continuo de petrodólares se corta durante un tiempo prolongado. Los EEUU tienen, por tanto, un margen de maniobra más amplio que el de los países europeos, aunque éstos últimos no sean plenamente conscientes de ello. De momento, la posición de Trump ha conseguido demostrar el débil compromiso del capitalismo europeo con los grandes movimientos internacionales que afectan a ese Sistema, mientras su obsesión por Rusia parece ir en aumento. Es muy probable que haya países de otros espacios geográficos, especialmente de América y Asia, que estén dispuestos a participar de una u otra manera en las acciones en el Estrecho de Ormuz. Lo comprobaremos en los próximos días y/o semanas. De ser esto así, asistiríamos seguramente a las primeras deserciones dentro del bloque europeo en relación con el tema.
La guerra de Irán, está generando importantes tensiones y conflictos en los propios EEUU, como no podía ser de otra manera. Los sucesivos problemas, aparentemente técnicos, que ha tenido en las últimas semanas el portaaviones Gerald Ford, que se iniciaron con atranques en los lavabos y retretes, y acabaron con un incendio en la lavandería que destruyó una buena parte de las literas, dejando sin habitáculo para dormir a más de 600 miembros del personal, parecen un sabotaje por parte de la propia tripulación, que no estaría dispuesta a participar en esa agresión ni a poner en riesgo su vida por ella. Estas cuestiones se han visto en las flotas de forma reiterada cuando hay un malestar significativo o falta de convicción en los objetivos de las guerras planteadas por la dirección política del país. Son situaciones muy diferentes, pero es interesante traer a colación la historia del Acorazado Potemkin o de la flota naval republicana en 1936, en la que la marinería se encargó de anular a la oficialidad de manera que la Armada quedó casi en su integridad en manos de la República.

Esto no nos lleva a pensar, como se refleja en bastantes medios de comunicación europeos, que Trump y el trumpismo estén acabados. Como decíamos anteriormente, el trumpismo sigue vivo y coleando y no se va a autoliquidar, habrá que derrotarlo; tarea que no será sencilla, pero por primera vez en la historia del capitalismo es perfectamente posible.
Si bien en Oriente Medio el conflicto bélico está como mínimo equilibrado entre ambos bandos, en Latinoamérica, en América en general, el proyecto trumpista desgraciadamente avanza a un ritmo bastante importante. La situación en Venezuela posiblemente no pudiera ser de otra manera, y la dirección revolucionaria de ese país ha tenido que tragar con un montón de imposiciones para conservar elementos de gran importancia y utilidad del Régimen chavista. El caso de Cuba es más complejo. Los EEUU y el capitalismo odian profundamente a la Cuba socialista y aspiran a recuperarla bajo su total hegemonía. La odian por lo que la Revolución cubana significa. Primero por su gestación, pues desde luego no se imaginaban que una revolución socialista pudiera ocurrir a unas pocas millas de las costas yanquis; y segundo, por su desarrollo histórico. Cuba, durante mucho tiempo, fue el “farolillo rojo” del mundo civilizado, nutriendo de solidaridad internacionalista en todos los frentes y planos en que fue necesario, desde el militar hasta el sanitario: desde la Guerra de Vietnam, en la que participaron tropas cubanas, hasta en Angola, cuya presencia fue determinante para la victoria sobre los contingentes imperialistas sudafricanos, pasando por la colaboración humanitaria en el Sáhara, o el apoyo a los procesos transformadores de Nicaragua y Venezuela, por citar algunos ejemplos.
A Cuba no le perdonan que fuera el primer Estado socialista de verdad en el Caribe y en América, como a Haití nunca le perdonaron, y siguen sin perdonarle, que fuera el primer país que se liberase gracias a un ejército de esclavos negros que vencieron a las tropas del Imperio más importante del momento, el francés, enviadas por el mismísimo Napoleón y que estuvieron comandadas por su cuñado Leclerc. El imperialismo ni olvida ni perdona: no han permitido nunca que Haití pudiera levantar la cabeza, impidiendo que comercializaran el azúcar -su principal producción y fuente de riqueza- desde el mismo inicio de su independencia, llevándolo a la ruina.
El proyecto que tienen los imperialistas para Cuba es en esencia muy similar al que han estado aplicando en Haití. No podemos permitirlo de ninguna manera, y además de la solidaridad con alimentos y otros recursos materiales, hay que hacer la mayor campaña posible de apoyo al proceso revolucionario cubano, sin el que no se entenderían muchos de los avances de la humanidad tal como hoy la conocemos. Desde la perspectiva de Castilla y los pueblos del Estado español, esto cobra aún mayor importancia. Cuba fue el primer país socialista de habla castellana, lo sigue siendo por el momento y esperamos que se mantenga en ese estatus. Es imprescindible que obliguemos al Gobierno español a comprometerse con un futuro de soberanía para Cuba. En esa cuestión hasta el propio franquismo estaba más dispuesto que el actual “Gobierno progresista”.
La lucha contra la guerra imperialista, contra esta III Guerra Mundial en marcha, es un proceso largo que requiere un gran espíritu de solidaridad y también de humildad, rechazando todo tipo de oportunismo, que hoy, por cierto, impregna la lucha contra la guerra en el Estado español, en particular en Madrid. Recientemente se creó la autodenominada Asamblea Internacionalista de Madrid, inspirada por organizaciones trotskistas de esa ciudad. Lo primero que han hecho en su documento de convocatoria es criminalizar a China y Rusia como Estados que no deberían ser aceptados en un movimiento contra la guerra imperialista. No solamente es necesario que China y Rusia estén presentes en cualquier movimiento político contra la guerra, sino que son imprescindibles para fortalecer la defensa militar y de inteligencia de los países que luchan contra el nazi-sionismo. En los momentos críticos de la lucha de clases contra el imperialismo, los trotskistas hacen todo lo posible para generar confusión; así fue durante la II Guerra Mundial y las luchas antifascistas que se desarrollaron en su marco.
Los analistas, tanto los que están en la esfera burguesa como los que pretendidamente se sitúan a la izquierda, no alcanzan a ver qué es lo que realmente está pasando en el mundo. De ahí sus errores sistemáticos de apreciación. Para los revolucionarios/as, el estudio, el acercamiento científico a la realidad sin apriorismos de ningún tipo, es una necesidad absoluta. Si Irán consigue resistir de una forma heroica y eficaz a los embates del nazi-sionismo es en buena medida porque llevan muchos años preparándose en todos los terrenos para esa eventualidad, sin hacer concesiones al idealismo. Si no tenemos una línea de trabajo seria y basada en análisis materialistas en Castilla y en el Estado español, no podremos avanzar en la lucha contra el imperialismo hasta su derrota final.
Para concluir este editorial, unos breves comentarios sobre las elecciones autonómicas del domingo 15 de marzo de Castilla y León.

En primer lugar, se ha producido una cierta recuperación del PSOE, a expensas de la desaparición de las candidaturas situadas a su izquierda, como es el caso de IU y Podemos, así como de Soria ¡Ya!, que ha perdido dos procuradores, los mismos que ha subido el PSOE. Aún así, se han quedado muy lejos de los datos de las elecciones autonómicas de 2019, en las que la candidatura del PSOE encabezada por Luis Tudanca cosechó 479.916 votos y un 34,84%. En las elecciones del domingo, tuvieron 379.703 votos (esto es, 100.000 menos que en 2019), y un 30,74%, número de votos muy similar al de 2022, en el que lograron 365.434 y un porcentaje del 30,02%. Ciertamente al PSOE le ha tenido una utilidad electoral el abanderamiento del “no a la guerra”, pero seguramente menos de lo que se imaginaban.
En 2022 la candidatura Unidas Podemos (IU + Podemos) tuvo 62.138 votos, un 5,1%; en las elecciones del 15M de 2026 han conseguido 27.605, un 2,23%, mientras Podemos ha sufrido una auténtica debacle obteniendo 9.225 votos y un 0,74% del censo. En 2019, Podemos en solitario había obtenido 67.918 votos. Mientras Irene Montero siga estando al frente de Podemos, , entre otras cuestiones, esa debacle no tendrá límites.

En cuanto a la abstención, en 2026 ha sido de 654.459 personas, en 2022 fue de 864.024 y en 2019 de 723.427. Los porcentajes se han movido alrededor de un 35%, lo que no es poca cosa. Conviene reseñar que el PP, que ha ganado las elecciones con un 35,47% de los votos, ha captado 438.096 papeletas.
El objetivo principal en Castilla, al que nosotros/as estamos dedicados, es a la construcción de un movimiento popular lo más amplio posible, que incorpore a todos aquellos núcleos activos que hay en diferentes localidades y comarcas en contra de las agresiones brutales en diversos ámbitos contra nuestra tierra y nuestro pueblo, desde las plataformas en defensa de la sanidad pública a las plataformas contra el colonialismo energético (fotovoltaicas, eólicas, biogás, minería…) o las macrogranjas, pasando por el movimiento feminista y otros espacios organizados. De una forma sensata y estratégicamente planificada, hay que conseguir que todos esos movimientos particulares vayan confluyendo -por supuesto manteniendo su autonomía, identidad y líneas de acción propias- en un gran movimiento social en el conjunto de Castilla.
Izquierda Castellana, 18 de marzo de 2026
