Cuba es una isla de 110.000 km2, denominada la “mayor de las Antillas”, aunque en realidad tiene bajo su jurisdicción unos 4.000 islotes y cayos. Sus costas están tan cercanas a la península de Florida (EEUU) como a las de Yucatán (México), siendo sus otros vecinos Jamaica, Haití y las Bahamas. Su encuadre caribeño y el clima tropical la hacen susceptible de sufrir recurrentemente el paso de grandes tormentas y ciclones, condicionando sus recursos y potencial. Su superficie tiene una densa vegetación aunque, salvando la Sierra Maestra y Escambray, carece de una escarpada orografía. Su población actual es cercana a los 11 millones de habitantes (blancos, negros y mulatos, con una amplia multitud de mestizajes, incluyendo la mezcla entre negros y chinos).

La mayor parte de las colonias españolas en América culminaron sus procesos de autodeterminación frente a la metrópoli tras varios años de guerra contra las tropas borbónicas, en coincidencia con el periodo liberal (1820-1823) abierto durante el reinado de Fernando VII. Cuba, sin embargo, no estuvo entre ellas, haciendo los españoles una plaza fuerte de la isla y apostando por convertirla en la «azucarera del mundo» tras la revolución haitiana. La industria del azúcar era en aquel momento de las más importantes, por el alto consumo directo o indirecto del producto.
En la segunda mitad del siglo XIX el movimiento independentista cubano avanzó cualitativa y cuantitativamente. El “Grito de Yara” –pronunciamiento que se considera como inicio de la guerra de independencia- coincidió nuevamente con un ciclo de crisis borbónica en el Estado español (en este caso, con el exilio de Isabel II y el comienzo del Sexenio Democrático, 1868-1874). Las “Guerras de Cuba” se desarrollaron con una extrema crueldad y conllevaron una elevada mortandad para la población cubana, pero también para los soldados españoles que eran reclutados a la fuerza por el sistema de quintas y fallecían con suma facilidad ante las enfermedades habituales en el Caribe. Elementos que evidencian esa barbarie fueron la pervivencia de la esclavitud (vigente hasta su abolición en 1886) y el establecimiento de campos de concentración para aislar a los campesinos cubanos de los mambises rebeldes, que fueron puestos en marcha por Valeriano Weyler y que se cobraron la vida de unas 300.000 personas, un 10% de la población.

La última fase de la guerra contra el Reino de España, la llamada «Guerra Necesaria» (1895-1898), estuvo encabezada por el líder cubano José Martí, considerado hoy Padre de la Patria. Al final de esa etapa se produce el episodio del hundimiento del acorazado Maine, buque yanqui que estalló en el Puerto de la Habana debido a la detonación de una carga explosiva (provocada por los propios EEUU) y que sirvió como casus belli para justificar la entrada de los gringos en la guerra; no para apoyar a Cuba, sino para incorporarla a su naciente Imperio. Para convencer a la sociedad estadounidense de la necesidad de participar en esa contienda bélica, los conglomerados mediáticos Hearst y Pulitzer desplegaron toda una línea manipuladora de tales hechos.

Al contrario de lo que se suele pensar, la armada española mantenía una gran potencia de combate, pero su armamento estaba diseñado para castigar desde el mar a la población de la colonia y no para combatir en altamar. Tras una serie de negociaciones, el Estado español se retiró de la Isla y los EEUU se convirtieron en los nuevos amos del país, pese a la abierta oposición de los independentistas cubanos. Puerto Rico, y al otro lado del mundo también las Filipinas y Guam, siguieron un camino no muy diferente, quedando igualmente bajo control yanqui. La “pérdida de las últimas colonias de Ultramar” (aún restaban los dominios africanos) provocó una gran conmoción en la sociedad española de la Primera Restauración Borbónica y no poco alivio entre los jóvenes de la clase trabajadora, siempre bajo el riesgo de ser reclutados, sinónimo de enfermedad o muerte casi segura. De aquel reclutamiento se podían librar los miembros de las familias acaudaladas mediante una «redención en metálico», o pagando a otros jóvenes para que los sustituyeran, todo un reflejo del funcionamiento social en aquel Régimen.

Durante el primer tercio del siglo XX Cuba se mantuvo como una república neocolonial, cuya independencia estaba condicionada por la Enmienda Platt de 1901, que reservaba a los EEUU el derecho a intervenir en los asuntos internos y externos del país, de forma que la isla funcionaba como un protectorado de facto. Los sucesivos gobiernos fueron corruptos y fraudulentos, incluyendo la dictadura de Gerardo Machado, que consiguió tumbarse mediante una huelga general en 1933. Los 25 años siguientes estarían dominados, de manera indirecta o directa, por la figura de Fulgencio Batista, manteniéndose el estatus de sumisión a EEUU pese a la sustitución de la Enmienda Platt por la llamada “política de buena vecindad” impulsada por Roosevelt. En estos años la explotación de la industria azucarera se intensificó y Cuba sufrió un proceso de degradación para convertirse en casino y burdel para el disfrute de la mafia yanqui y de los entramados del poder local, mientras la pobreza se hacía extensiva a toda la población y las fuerzas vinculadas a Batista ejercían una feroz represión.
No queremos detenernos ahora excesivamente en la heroica guerra de liberación protagonizada por Fidel, Raúl, el Ché, Cienfuegos y los “barbudos” (muchas mujeres, como Celia Sánchez o Vilma Espín, participaron también en primera línea) entre 1957 y 1959. Cabe destacar en todo caso el amplio apoyo social con el que contó la guerrilla desde sus inicios en Sierra Maestra y el soporte popular con el que se fundamentó la República naciente tras la huida de Batista de la Habana el 1 de enero de 1959. Las características del proceso revolucionario, primero democrático y luego socialista, y los retos a los que tuvo que hacer frente la gobernanza y el Pueblo cubanos en los primeros años son bastante conocidos: la lucha contra el analfabetismo y la extrema pobreza, la modernización del país, los intentos de invasión a través de Bahía de Cochinos y el terrorismo promovido desde Miami-Washington, las consecuencias del embargo impuesto por Kennedy o los episodios de la denominada Crisis de los Misiles. En medio de grandes dificultades y amenazas, Cuba fue consolidando década tras década su soberanía nacional y logrando innegables éxitos sociales, intelectuales, científicos, artísticos y morales.

Desde muy pronto los EEUU pusieron en marcha un bloqueo y una arquitectura de sanciones económicas que han impactado profundamente en el desarrollo material del pueblo cubano, dificultando enormemente su progreso en ese ámbito. El hostigamiento diplomático y económico yanqui contra la soberanía cubana se ha mantenido, con diferentes matices, a lo largo de los últimos 65 años. Un episodio poco recordado es cómo el Gobierno franquista, pese a estar ya rehabilitado e inserto en las estructuras del mundo occidental tras los Pactos firmados en Madrid con Eisenhower (1953 y 1959), mantuvo una firme política de apoyo material al Pueblo cubano. En 1964, cuando el carácter socialista de la revolución cubana estaba plenamente afianzado, un buque mercante español que transportaba alimentos, ropa y juguetes a la isla, el Sierra Aránzazu, fue ametrallado por terroristas cubanos entrenados por la CIA, muriendo parte de su tripulación. Hasta el final del franquismo hubo cooperación económica y las relaciones se mantuvieron cordiales, alentadas desde la parte española por Fraga Iribarne.
Las condiciones materiales se volvieron especialmente complicadas tras el derrumbe de la Unión Soviética, durante el denominado “periodo especial”, en el que las circunstancias impusieron una profunda reforma socioeconómica para hacer frente a las privaciones del aislamiento. La actual Administración Trump, reviviendo la Doctrina Monroe y espoleada por su Secretario de Estado, Marco Rubio (de orígenes cubanos), ha llevado la política de bloqueo a su nivel más criminal, impidiendo que una sola gota de combustible entre a la isla, amenazando muy especialmente a Venezuela y México con graves consecuencias si osan prestar apoyo a La Habana y asaltando navíos, como auténticos “Piratas del Caribe” que son. El guión guarda parecidos con la línea de intervención recientemente empleada contra Irán: espolear el malestar popular contra sus respectivos gobiernos mediante la asfixia económica (sin importarles en absoluto el sufrimiento de la población por la que antes -ya apenas- fingían preocuparse) y ofrecer la claudicación política bajo presión o la intervención militar. Nada que deba extrañarnos si interiorizamos que su proyecto no es otra cosa que un IV Reich nazisionista que no duda en recurrir al genocidio, directo o indirecto, con bombas o mediante inanición, para conseguir sus objetivos de someter a todo el continente. De poco han servido las reiteradas declaraciones de la ONU denunciando el inhumano bloqueo, más allá de evidenciar votación tras votación que están dispuestos a mantenerlo incluso aunque sólo los acompañe Israel en semejante degeneración.

Hemos comentado en otras ocasiones cómo la “intelligentsia” del enemigo conserva una gran memoria histórica, sólo equiparable a su rencor. El ejemplo de la cercana Haití, primer país de América Latina y Caribe en independizarse (y hacerlo en 1804 enfrentando a la potencia hegemónica del momento, la Francia napoleónica), así lo atestigua. El imperialismo nunca ha dejado que el país levantase cabeza, porque el imperialismo ni olvida ni perdona.
Decía Fidel en una antigua intervención, que se hizo viral recientemente, que el imperialismo se comporta ante los Pueblos como las alimañas persiguiendo a sus presas; ante el miedo de éstas, se crece. Es simplemente su naturaleza. Si Cuba no hubiera mantenido una actitud firme y hubiera vacilado, el imperialismo hace rato que la hubiera devorado. En otras reflexiones el Comandante se refirió a Cuba como una nueva Numancia, deseando, eso sí, que esta vez la historia se saldase con un final victorioso para los resistentes.
Las terminales mediáticas del imperialismo, incluyendo en primer plano a las que se manifiestan «horrorizadas» por las políticas de Trump, dan por liquidada la Revolución cubana sin ocultar su alborozo. Tratan de levantar con sus emisoras, cadenas y periódicos un nuevo cerco ideológico, que se añade al asedio económico y militar. Desde luego son tiempos en los que el fascismo está poniendo a prueba de fuego la solidez del Pueblo y el Gobierno cubanos; también deben ser tiempos en los que se ponga a prueba el auténtico internacionalismo. Este vendrá fundamentalmente de los Pueblos del mundo, porque en todos los continentes se recuerda y reconoce lo que Cuba solidariamente aportó al avance de la humanidad. Saludamos las iniciativas solidarias populares y gubernamentales, como la de México, que ya se están poniendo en marcha para aliviar el sufrimiento de los cubanos/as. Del “Gobierno de Progreso” español, que a través de su Presidente pretende erigirse nada menos que en el «dique de contención internacional al fascismo», poco o nada cabe esperar al respecto; como hemos señalado, hasta el Régimen franquista guardó más coherencia y autonomía de criterios en su política internacional, en el caso de Cuba igual que en el del Sáhara, la última de sus colonias. Sin embargo, el movimiento popular en Castilla y en los otros Pueblos del Estado español no fallarán a Cuba ni a los Pueblos de América Latina.
¡Frente a las agresiones del imperialismo! ¡Por la defensa de la soberanía de los pueblos, por el socialismo que habla en castellano!
Izquierda Castellana, 16 de febrero de 2026
