Las elecciones celebradas en Aragón el pasado domingo 8 de febrero ofrecen unos resultados en línea con las acontecidas hace poco más de un mes en Extremadura, y posiblemente con las que quedan por realizarse antes de la primavera y del verano en Castilla y León y Andalucía. Se puede hacer una interpretación común a todas ellas: el Régimen del 78 va perdiendo legitimidad social y eso se expresa en la pérdida de apoyos a los partidos que de alguna manera han venido históricamente representando los elementos de mayor importancia precisamente para su sostenimiento: respecto a 2023, el PP ha perdido 13.020 votos, y el PSOE 38.553. En esta ocasión la abstención no ha aumentado porque Vox y la Chunta han incrementado de manera muy significativa el número de sus votos (41.998 y 29.712, respectivamente). Es curioso que, a pesar del aumento cuantitativamente no muy diferente entre Vox y la Chunta, y que ambos han doblado el número de escaños, los mass media hablan casi exclusivamente de la subida de Vox.
Tenemos que profundizar en la reflexión acerca del deterioro evidente de la infraestructura en el Estado español (red ferroviaria, autovías y carreteras, presas, red sanitaria pública, red de educación pública, vivienda como un problema cada vez mayor, especialmente para la juventud, etc.) de una forma conjunta con lo que es el deterioro de la propia estructura jurídico-política del Régimen, pues ambos fenómenos van de la mano, así como de la profundísima crisis que viven las referencias internacionales del Estado español: la UE y la OTAN.
El pasado domingo también ha habido elecciones en Portugal para elegir al próximo Presidente de la República, es decir, a la persona que ostenta la Jefatura del Estado. Esas elecciones han sido ganadas por el candidato presentado por el Partido Socialista, mientras el aspirante de la extrema derecha, corriente ideológico-política que ha tenido un refuerzo significativo en Portugal durante los últimos tiempos, ha sido clamorosamente derrotado (66,82% para António José Seguro frente a los 33,18% de André Ventura). En el Estado español no tenemos elecciones a la Jefatura del Estado, porque tal como quedó impuesto en la Constitución de 1978, ésta pertenece a los Borbones, que se la van pasando de unos a otros de forma hereditaria. Esa es una diferencia de grandísima importancia.

En Portugal se produjo, asociada a la Revolución de los Claveles, una revolución democrática. No fue posible que esa revolución democrática se transformara en una revolución socialista, aunque hubo intentos significativos en esa dirección. Pero al menos consiguieron la disolución de los aparatos represivos del Régimen fascista de Salazar, entre otros la policía política; cambios más que significativos en la estructura del Ejército; el establecimiento de una cultura esencialmente democrática (con los límites de las democracias parlamentarias); el fin de las guerras coloniales y la independencia de estos países; etc. Aquí, el tema del Sáhara simplemente no se resolvió, quedando como una de las traiciones más significativas en la historia del Estado español. Al contrario que en Portugal, nunca se consiguió llevar plenamente adelante una revolución democrática. Hubo numerosos intentos a lo largo de la historia, pero la oligarquía española, de la mano de los poderes fácticos nacionales e internacionales, siempre lograron abortarlos. Ese impedimento se hizo con frecuencia manu militari, como fue el caso de la liquidación de la II República tras una ejemplar resistencia de los pueblos del Estado español frente al nazifascismo (especialmente en Madrid, la primera capital europea en derrotarlo). Esa reiteración y consistencia en la lucha democrática radical es algo que genera gran desazón en las cancillerías europeas, lo fue durante la II República y lo sigue siendo actualmente.

En el Estado español, sin temor a equivocarnos, podemos decir que seguimos viviendo bajo un Régimen autárquico, que solamente en algunas formas tiene similitudes con un Régimen democrático parlamentario. Veamos algunos ejemplos significativos en los que las clases populares intentaron llevar adelante esa revolución democrática:
El primer proyecto de construir una auténtica democracia ocurrió con la Revolución comunera, esencialmente desarrollada en la Corona de Castilla entre 1520 y 1522, aunque con coletazos en las siguientes décadas (y aun siglos). En esa ocasión el proyecto monárquico-imperialista de los Austrias consiguió la victoria por la vía militar, con los resultados conocidos para Castilla y para el conjunto de los territorios bajo dominación imperial, incluyendo lo que hoy se denomina Latinoamérica. Conviene recordar nuevamente que de forma simultánea a la conquista de México, las tropas imperiales conquistaban Castilla.
Las movilizaciones contra los Decretos de Nueva Planta, cuando los Borbones llegaron a controlar la Corona española, se produjeron fundamentalmente en Cataluña y Aragón, aunque también en algunos territorios de la Corona de Castilla. También se saldaron con la correspondiente derrota, que se conmemora el 11 de septiembre de cada año, en un sentido similar al que tiene el 23 de abril en Castilla.
En el siglo XIX, y en relación con la invasión napoleónica, se generó de nuevo un amplio e importantísimo movimiento de resistencia popular, con su expresión jurídico-política más importante en la Constitución de Cádiz de 1812, que el Felón Fernando VII -trastatarabuelo de Juan Carlos I y pentabuelo de Felipe VI- derogó en cuanto recuperó el trono; la importante rebelión popular se sustanciaría en el Trienio Liberal (1820-1823), que acabaría siendo aplastado con la colaboración de los 100.000 hijos de San Luis, las tropas monárquicas francesas. Los borbones no dudaron en volver a traer al ejército francés cuando vieron en peligro su estatus jurídico-político. También en el siglo XIX el movimiento popular pudo proclamar la I República en 1873, igualmente liquidada por un golpe militar.

La llamada Transición política a la muerte del general Franco fue una traición a la lucha popular, y una cesión ante el Régimen franquista, impuesto en los años 30 por el nazifascismo internacional y la reacción española encabezada por el ejército y la Iglesia de la época. Esto no fue una casualidad histórica: las potencias europeas, todas sin excepción salvo el caso de la URSS, se posicionaron más o menos abierta y explícitamente a favor del levantamiento militar fascista de 1936. Como ya dijimos, la España republicana era temida por los regímenes burgueses del conjunto del continente. Esa era la Europa real, y no la que han pretendido contarnos en los últimos tiempos, y esto es algo que hoy puede volverse a comprobar sin mayores disimulos.
En el Estado español tenemos pendiente, desde un punto de vista estricto, llevar adelante la revolución democrática para acabar con el Régimen oligárquico y la autocracia monárquica que se rodea de amplios sectores de lacayos y chupatintas. Es cierto, como hemos escrito someramente, que en ese sentido se han hecho muchos intentos, que no han conseguido plenamente sus objetivos, aunque en sí mismos demuestran la voluntad del pueblo de avanzar en ese camino. El Régimen del 78 tiene claros indicadores de desgaste, cercanos a la claudicación, tal como ocurre con su infraestructura. Pero ciertamente un Régimen político no se cae por sí solo, hay que tumbarlo, y esa es la tarea que seguimos teniendo pendiente en el Estado español. La coyuntura internacional es más favorable que en otros momentos históricos, aunque la clave está en que los Pueblos del Estado consigamos una correlación favorable para esa tarea. Estamos convencidos/as de que es posible, y por tanto no hay que perder ni un solo minuto. Hay que retomar la lucha por el impulso a un auténtico proceso constituyente, cosa que por supuesto no hubo en la Transición y que sigue siendo una asignatura clave pendiente. “Lo llaman democracia y no lo es”, tal como se decía en las movilizaciones en la calle hace unos años, algo que hay que retomar.
Para finalizar, estos días hemos vuelto a ver al “Gobierno de Progreso” en su tarea estructural principal: intentar liquidar cualquier expresión sana y desde la base del movimiento popular, haciendo de rompehuelgas. Quizás en esta ocasión lo han logrado parcialmente, pero las grietas (tanto en su infraestructura como en su superestructura jurídico-política) cada día son más difíciles de taponar. Nuestra tarea es ensanchar cada vez más esas grietas y conseguir que sectores más amplios de la sociedad confronten con esta autocracia.
Izquierda Castellana, 10 de febrero de 2026
