Las grandes compañías que forman parte del IBEX 35 volverán a dejar huella este año: todo apunta a que cerrarán 2025 con un reparto de dividendos cercano a los 40.000 millones de euros, revelando una de las campañas más generosas jamás vistas en la bolsa española.
Si se cumplen las estimaciones menos conservadoras, la lluvia de dividendos de 2025 podría alcanzar los 45.000 millones de euros —un volumen que marcaría un nuevo máximo histórico para la Bolsa española.
Las empresas cotizadas alcanzaron en 2024 unos beneficios consolidados de 62.724 millones de euros, y las previsiones para el cierre de 2025 —aunque aún provisionales— superan los 65.000 millones, traduciéndose en dividendos abundantes: ya hasta septiembre de 2025 se han repartido más de 29.200 millones, un 10,5 % más que en el mismo periodo del año anterior.
Para expertos en gobierno corporativo como Rubén Juste, el índice español destaca hoy por ofrecer “una de las rentabilidades por dividendo más altas del mundo”, con medias cercanas al 4 %, y en muchos casos —especialmente bancos— hasta del 7 % u 8 %: solo las entidades financieras repartirán unos 18.000 millones de euros este año.
La euforia inversora contrasta con las críticas de quienes alertan sobre la creciente desigualdad: según analistas como Julen Bollain, aunque los dividendos y los beneficios se disparan, los sueldos de los trabajadores no crecen al mismo ritmo. El resultado: grandes beneficios para quienes poseen acciones, y una sensación de desconexión entre los resultados empresariales y la realidad de muchos empleados.
La paradoja es evidente. España tiene algunas de las empresas más rentables de Europa… y, al mismo tiempo, una de las distribuciones de renta más desequilibradas. Mientras los ejecutivos reparten champán en las juntas, millones de trabajadores sobreviven como pueden: bajos salarios con crecimiento estancado, contratos precarios, despido fácil y largas jornadas laborales, tasa de explotación creciente…
La bolsa española se vende al mundo como un refugio seguro y rentable. Y lo es. Rentable para quien tiene capital. Segura para quien vive de los dividendos. Pero para quienes trabajan en los sectores dominados por estas empresas —energía, banca, telecomunicaciones— la realidad es otra: tarifas que suben sin piedad, comisiones bancarias que no dejan de multiplicarse, beneficios récord en empresas que se desentienden del impacto social de sus prácticas.
Economistas críticos advierten que este modelo es insostenible a largo plazo: una economía que concentra riqueza sin redistribuirla termina erosionando su propio crecimiento, alimentando malestar social y debilitando la cohesión.