La construcción de teoría política y su puesta en práctica requiere el máximo rigor analítico y una metodología científica, tanto en lo primero como en lo segundo.
Estas últimas semanas hemos asistido a un desbordamiento del irracionalismo en la evaluación de la realidad, y también a una distorsión totalmente acientífica de la metodología de trabajo entre aquellas fuerzas que se autodenominan progresistas en el Estado español. Es obvio que estamos en una época de expansión de la irracionalidad y de los diversos pensamientos mágicos, pero desde el movimiento comunero, desde el movimiento revolucionario en general, no podemos permitirnos esas licencias; nuestra única oportunidad para avanzar en la comprensión de la realidad e intervenir exitosamente en ella es la metodología científica en la construcción teórica y en el trabajo práctico.
Para articular la reflexión sobre estas cuestiones vamos a poner varios ejemplos de cómo se están haciendo las cosas por parte de las fuerzas que se sitúan en el -aparentemente- amplio espectro político que tenemos en el Estado español, pero que en la práctica son todas defensoras del Régimen del 78, aunque sea con diferentes perspectivas y tácticas.
Desde el Gobierno creen que la línea para su sostenimiento electoral (o, para los más optimistas, recuperación) es la “confrontación”, pero una que no vaya más allá de cuestiones puramente superficiales, cuando no decorativas. Esa línea les da unos ciertos resultados y cumple en alguna medida el objetivo de mantener la cohesión de ese bloque favorable al Gobierno entre algunos sectores sociales, incluyendo a una parte del activismo, aunque esto es cada vez más menguante.
Veamos el caso de la cuestión palestina. La declaración del alto el fuego, con muchísimas dificultades y debilidades, pero con más expectativas de continuidad de lo que algunos medios y organizaciones políticas en el Estado español pretenden, pilló con el pie cambiado a ese bloque de apoyo al “Gobierno de Progreso”. No se lo esperaban, porque en el fondo no han entendido aún los juegos del poder y sus relativos cambios en la actual situación política. Trump, aspirante a nuevo Führer del siglo XXI, se ha convertido, con la colaboración de su equipo, en el Emperador de facto del mundo occidental. Nadie con relevancia en ese mundo pone esto en cuestión. Para levantar una auténtica y eficiente línea de confrontación con el trumpismo se tiene que empezar por reflexionar sobre la naturaleza de su proyecto, que va mucho más allá de los aranceles o determinadas poses para el consumo de los medios de comunicación y la opinión pública. Cabe destacar que dentro del mundo occidental es en los propios EEUU en donde se está forjando -y existe ya en buena medida- un movimiento bastante lúcido y con gran capacidad de movilización contra Trump, tal como se ha demostrado el pasado fin de semana, con una participación de varios millones de ciudadanos/as en las convocatorias “No Kings”. No hay que infravalorar, sino todo lo contrario, al movimiento popular en los EEUU. Ese movimiento ha caracterizado muy correctamente al Gobierno de Trump como un exponente del ascenso del fascismo en el siglo XXI y, a su vez, Trump también ha dimensionado adecuadamente al movimiento antifascista, planteando su ilegalización al señalarlo como un movimiento terrorista. Nada nuevo bajo el Sol; en la historia reciente del Estado español hemos tenido casos que asumían esa misma perspectiva.
Vistas aéreas de las marchas de oposición a Trump en Boston (Massachusetts) y en la Gran Manzana neoyorkina el 18 de octubre.
En ese sentido, una clara muestra de hipocresía, diciendo una cosa y haciendo la contraria, la tenemos en la lucha contra el fascismo en el Estado español. El Gobierno pone en práctica una postura de tolerancia máxima hacia la actividad de las organizaciones fascistas, dificultando también al máximo la de los movimientos antifascistas, como se acaba de demostrar el pasado fin de semana en Vicálvaro. Pero esto ya se había visto antes de forma reiterada. Queremos recordar la manifestación convocada en Atocha ante el asesinato del compañero Carlos Palomino, pese a todas las trabas interpuestas por Rubalcaba y su Delegada del Gobierno en Madrid: pretendían engañar al impresionante número de antifascistas que se congregaron en Atocha con la intención de salir hacia Legazpi para colocar una placa conmemorativa del asesinato. La manifestación fue reprimida sin contemplaciones, pero desde el movimiento antifascista más consciente, estando seguros de que tal hipótesis iba a ocurrir, se había hecho una preparación alternativa de la marcha y se consiguió llegar hasta Legazpi para colocar la placa. Aquella fue una de las victorias más significativas del movimiento antifascista en Madrid en los últimos años.
La actitud de puro postureo del actual Presidente del Gobierno con respecto a las contribuciones económicas a la OTAN para los próximos años, plenamente justificadas (desde el punto de vista de la Alianza) por la política de preparación de la III Guerra Mundial, se contradicen plenamente con la firma del documento conjunto de aportaciones a la OTAN del 24 de junio de 2025 en La Haya, en el que se acepta la subida del gasto hasta el 5% del PIB, así como con las declaraciones de la Ministra de Defensa en esa misma dirección. Tal postureo ha llevado a una reacción por parte de Trump que ha llevado incluso a la amenaza -¡ojalá se materializara!- de expulsión de España de la OTAN. Enseguida los “listillos de turno” dijeron que eso era imposible, que no había ningún mecanismo en la OTAN para llevar adelante tal procedimiento. Santa simplicidad. Tenemos un ejemplo muy cercano en lo geográfico y no muy distante en el plano temporal: Portugal, durante la Revolución de los Claveles (1974), fue presionada hasta el límite, y esa amenaza se materializó en buena medida al ser excluida de algunos de los comités de mayor importancia de la Organización, como aquel en que se trataban los asuntos nucleares. Recomendamos a periodistas y políticos del Régimen que estudien ese episodio, porque les permitirá aprender lo que parecen ignorar: la OTAN tiene multiplicidad de mecanismos para presionar a sus Estados miembros y excluirlos de las estructuras más importantes de la Alianza militar y política.

Transcribimos unos extractos sobre una reunión mantenida en Bruselas en 1975 al respecto:
Como afirmó Gerald Ford en esta entrevista, no veía cómo podían existir elementos comunistas en una organización que se había reunido y formado con el propósito de impedir la propagación del comunismo oriental.
El periódico The Sun dedicó cuatro columnas al tema en su portada bajo el título “Ford cuestiona el papel de Portugal en la OTAN”.
Según Adam Clymer, del periódico The Sun, «el presidente no pidió la expulsión de Portugal de la OTAN, pero afirmó claramente que creía que con el régimen actual de Lisboa, Portugal no pertenecía a esa organización».
Dado el contexto político actual, varios líderes políticos discutieron la permanencia de Portugal en la OTAN, como Kissinger, Arthur Hartman, el presidente Gerald Ford y el embajador Frank Carlucci.
El presidente Ford reiteró que «no podría haber una OTAN fuerte, para los fines para los que fue creada, con comunistas en ella».
David Alexandre Pinto Martins Direito, “Relaçôes de Portugal com a NATO entre 1974 e 1976”, Instituto Universitario de Lisboa, 2017, pp. 63-65.
Ciertamente el problema de fondo en aquel entonces era muy diferente, y se refería a la presencia de ministros comunistas en el Gobierno provisional portugués después del 25 de abril de 1974. Pero es una evidencia de cómo se puede arrinconar y excluir a un país de la OTAN si los EEUU así lo desean.

Otro asunto que les ha pillado con el pie cambiado, y sobre el que no han sabido reorientar su táctica, aunque teóricamente parece sencillo, es todo lo relacionado con la “pseudosolidaridad”, electoralmente interesada, con el movimiento de liberación nacional palestino. Cuando se hace un diagnóstico inicial equivocado es muy difícil salir de él e interpretar los hechos sucesivos correctamente, reincidiendo mientras el tiempo lo permite en posiciones erróneas. Hemos denunciando el genocidio al que se ha sometido al pueblo palestino en Gaza, y que posiblemente volverá a reiniciarse, pero lo enmarcamos en lo que es una guerra impuesta por el imperialismo occidental, sosteniendo que, aunque parezca difícil a primera vista (esta es una razón más para no tener el conocimiento empírico como vía principal), el pueblo palestino tiene posibilidades de vencer, y vencerá. Aquellos sectores que se han limitado a hacer una política de solidaridad interesada en base a criterios electoralistas se han quedado colgados, sin saber cómo reaccionar ni cuáles son los pasos que hay que dar a continuación. En estos momentos, además de colaborar en una política asistencial real, que por supuesto ni el Gobierno español ni ningún otro de la UE está haciendo, se trataría de exigir, tal como hacen las fuerzas de la Resistencia palestina, desde Hamás hasta el FPLP, que esta tregua se mantenga el mayor tiempo posible; es lo único que permite aliviar en estos momentos el sufrimiento del pueblo palestino, y de alguna manera su reorganización; y, además, intentar avanzar en la solución política al conflicto, sobre la base de los “dos Estados”.
Desde nuestro punto de vista, la solución táctica, a medio plazo, pasa por los dos Estados. Hay sectores dentro del activismo que desprecian esta fórmula porque les parece que es hacer una concesión inaceptable al Estado de Israel; tal posición no tiene presencia real en los movimientos reales de la Resistencia palestina, sino que está sobre todo presente en algunos movimientos de solidaridad en el Estado español y otros países europeos. La política, y por supuesto la política revolucionaria, no se construye sobre criterios idealistas, que solo llevan a la derrota; se construye sobre criterios que tengan un rigor en el análisis material y en el razonamiento. Hoy por hoy, la constitución de un Estado palestino, aunque durante un tiempo permanezca el Estado sionista, sería una situación mucho más favorable que la actual.

Aquellas fuerzas que dicen estar contra la política de Trump deberían denunciar los claros movimientos hacia la más que hipotética invasión de Venezuela, un eslabón más en esa estrategia política de globalización de la guerra. Colombia parece que últimamente también se incluye en ese objetivo. Ante esta realidad, lo único que vemos por parte del Gobierno español son las declaraciones del Ministro de Transportes denunciando al Régimen venezolano como una dictadura, y contribuyendo por tanto a crear un clima favorable a su invasión e intento de liquidación. No podía esperarse otra cosa, porque la rentabilidad electoral de la defensa de la soberanía de Venezuela o de cualquiera de los países limítrofes no tiene el rendimiento electoral con el que cuenta Gaza, pero demuestra muy claramente la falta de principios y de arraigo real en la defensa de los valores democráticos y del derecho de los pueblos a construir los proyectos políticos que consideren más útiles. Y además, de hacerlo en paz.

Finalmente, queremos hacer algunas consideraciones en cuanto al proceso de conocimiento, que desgraciadamente cada vez se utiliza menos, incluso en aquellas disciplinas donde tendría que ser insustituible. Como hemos dicho al inicio de este editorial, estamos en el tiempo de la expansión de la irracionalidad y del pensamiento mágico y acientífico. El conocimiento intuitivo o empírico no es en absoluto una parte sustancial del conocimiento científico; puede tener un valor accesorio, pero no puede ser la base para la elaboración de teoría científica ni para la práctica revolucionaria. El conocimiento se tiene que adquirir mediante métodos cuantificables, demostrables e intercambiables, ese es el único camino para su avance.
La construcción de una teoría política que sirva para impulsar la lucha popular obviamente tiene que ser de un rigor absoluto. Las ensoñaciones en que con tanta frecuencia caen los sectores de la autoconsiderada izquierda transformadora se ponen de manifiesto, por ejemplo, en la evaluación de las movilizaciones, donde los números de asistencia se multiplican a gusto del relator sin el menor rubor. Cuando por ejemplo en Madrid y otras ciudades se infla la asistencia a ciertas movilizaciones, no se le está haciendo ningún favor al avance de la lucha popular, sino al narcisismo individual y colectivo de los convocantes, generando expectativas que la realidad luego se encarga de frustrar.
Izquierda Castellana, 21 de octubre de 2025