¡Venezuela Vencerá!

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En los últimos tiempos se ha hablado mucho del Pacto de Múnich (1938) y cómo supuso ponerle una alfombra de terciopelo a Hitler y a su proyecto nazi para el avance de éste en Europa. En el caso del Estado español, la literalidad de ese pacto supuso que se impidiera apoyar al bando republicano en la guerra antifascista; ciertamente la URSS y la República de México siguieron ayudando, pero fueron los únicos Estados que lo hicieron, y con las dificultades que condicionaba ese Tratado. Se han hecho múltiples comparaciones con aquel episodio desde la actualidad, sin embargo, y a pesar de que lo más parecido desde el punto de vista histórico con aquello fueron los acuerdos impuestos por Trump a la UE en la reciente reunión en Escocia con los dirigentes de esta Alianza, en ningún medio se ha puesto en valor esta cuestión. Ese episodio sí que ha sido una actualización de los Pactos de Múnich, extendiéndole en este caso la alfombra de terciopelo a Trump y a su proyecto nazi-sionista global.

Es en el contexto de la construcción de un IV Reich, liderado en esta ocasión por Trump y Netanyahu, en el que hemos de analizar la intervención militar yanqui en Venezuela. Es muy importante recordar que, en paralelo a ese impulso del IV Reich, se está materializando una alianza global -cuyos impulsores iniciales fueron China y Rusia- que genera unas expectativas francamente positivas para el futuro de la humanidad, y a la que la reciente reunión celebrada en Tianjin de la Organización de Cooperación de Shánghai (OCS) entre el 31 de agosto y el 3 de septiembre ha dado un impulso de primera magnitud. El desfile celebrado por el 80 aniversario de la victoria de las fuerzas populares chinas en la guerra chino-japonesa ha sido un gran epílogo a ese encuentro y una demostración de madurez militar, pero sobre todo política.

El momento geopolítico: Reunión en la Cumbre de la OCS y Trump aleccionando a los líderes europeos

Contextualizar históricamente cualquier problema político es fundamental. No sabemos exactamente, es probable que aún esté por decidir en su totalidad, cuáles son los objetivos concretos de la actual intervención militar yanqui sobre Venezuela. La herramienta principal de esta operación, al menos por lo que se conoce hasta ahora, es una potente flota que incluye tres destructores con misiles guiados, un crucero con misiles guiados y un submarino de ataque, así como varios buques de asalto anfibio con capacidad para desembarcar a unos 4.000 marines estadounidenses. Esto obviamente no tiene nada que ver con la organización de una flota para luchar contra el narcotráfico. La “lucha contra el narcotráfico” es un señuelo que no puede argumentarse con un mínimo de rigor, tal como sucedió con la presencia de armas de destrucción masiva y la campaña que se hizo alrededor de ellas durante la preparación de la intervención yanqui/occidental en Irak. Estamos ante una situación similar, esta vez frente a un Estado, Venezuela, que tiene las mayores reservas conocidas de petróleo del mundo y de las más importantes de oro, gas y metales necesarios para la fabricación de tecnología moderna, incluyendo la militar. A nadie se le escapa que esa es la auténtica razón de los preparativos de invasión o intento de liquidación del actual Régimen de Venezuela, cuestión que por cierto llevan intentando desde que Hugo Chávez llegó al poder. El bombardeo de una lancha, con el resultado de once muertos por parte de la flota desplegada por los EEUU, y que según Trump estaba ocupada por narcotraficantes, nos da una pista de por dónde van las cosas. Sin renunciar al relato puesto en marcha sobre el narcotráfico, ya han empezado a matar a gente de forma indiscriminada.

Infografía sobre el despligue de la Armada estadounidense en el Caribe

Tras las elecciones de 1998, ganadas por Hugo Chávez con absoluta claridad, el imperialismo, con la complicidad muy activa de la reacción venezolana, no dejó de conspirar e intervenir por todos los medios a su alcance para intentar derrocar al Gobierno legítimo y democráticamente elegido, empezando por el propio Golpe de Estado contra Hugo Chávez, que fue derrotado por la movilización popular, confirmándose el apoyo a éste a través del referéndum revocatorio que se convocó el 15 de agosto de 2004.

Resultados del referéndum revocatorio: El voto negativo era el favorable a la continuidad de Chávez, mientras el positivo reflejaba a los partidarios de su revocación.

La victoria electoral de Hugo Chávez, confirmada en el referéndum revocatorio, no fue fruto de la casualidad, sino la consecuencia del apoyo a un proyecto que no solamente prometía, sino que construía en la práctica, unas condiciones de vida muy diferentes a las que hasta ese momento tenía la sociedad venezolana.

La bajada internacional del precio del petróleo en los años 80 tuvo una repercusión especialmente dramática en el país, que había convertido la extracción y exportación del petróleo en una actividad prácticamente única dentro del Estado venezolano, es decir, una “economía de monocultivo”, tal como actualmente ocurre en alguna medida con el turismo en el Estado español. Los Gobiernos que defendían los intereses de la oligarquía venezolana y del imperialismo yanqui sólo buscaban hacer caja, sin preocuparse de crear una economía con otros ejes de desarrollo más allá de los relacionados con el petróleo. Con la bajada significativa de los precios de este producto, intentaron repercutir sobre las clases populares el déficit de ingresos que habían dejado de obtener mediante un generalizado y enorme incremento de los precios de los alimentos, el transporte público, la gasolina… Como consecuencia, se produjo una reacción popular tan amplia e intensa que desconcertó al Estado, a la oligarquía venezolana y al imperialismo. El Caracazo, que se inició el 27 de febrero de 1989 y que afectó a la capital de Venezuela, pero también a otras muchas ciudades, llevó a que el Gobierno de Carlos Andrés Pérez decretara el Estado de Sitio, suspendiera las garantías constitucionales e impulsara una represión sin freno que supuso la muerte de miles de personas a manos de las fuerzas policiales y del ejército (aunque sólo se reconocieron oficialmente unos cuantos cientos, todas las investigaciones resolvieron que los asesinados fueron varios miles).

Unas instantáneas del Caracazo

El 4 de febrero de 1992, el comandante Chávez llevó a cabo un pronunciamiento militar, que no golpe, que sirvió para dejar claro que un sector del Ejército no compartía las posiciones políticas del Estado en aquel momento, y que lo impulsó a un liderazgo que le permitiría posteriormente alcanzar a través de las elecciones la Presidencia de Venezuela. El Presidente Rafael Caldera, que sucedió al criminal Carlos Andrés Pérez, amnistió a Hugo Chávez -que estaba encarcelado- debido a la presión popular y también a la internacional; eso permitió que pudiera presentarse a los comicios presidenciales de 1998, que tal como hemos dicho, ganó de forma absolutamente nítida.

Desde el momento cero, la oligarquía venezolana, con el apoyo del imperialismo yanqui y otros, no ha cejado en sus intentos de tumbar ese proyecto popular y antiimperialista que representaba y representa el chavismo, haciendo todo lo que estaba a su alcance para tratar de liquidar a ese Régimen, incluyendo el primer intento de Golpe de Estado contra el Gobierno de Chávez en 2002, en el que además de la oligarquía se implicó una fracción del Ejército; en un episodio lleno de confusión, y después de una teórica “renuncia” de Chávez que nunca pudieron confirmar, los golpistas nombraron como nuevo Presidente a Pedro Carmona, jefe de la patronal, quien de forma inmediata puso en marcha una serie de decretos que anulaban las conquistas democráticas y sociales que se consiguieron durante los primeros años de la revolución chavista (La Constitución de 1999 y las 49 Leyes, entre otras). Como no podía ser de otra manera, el Gobierno español, presidido en aquel momento por Aznar, fue uno de los más rápidos apoyos internacionales que consiguió Carmona. En esta ocasión fue el pueblo de Venezuela con sus movilizaciones masivas en la calle, especialmente en Caracas, el que frenó el golpe y restituyó en la Presidencia al Comandante Hugo Chávez.

Restitución de Hugo Chávez, 13 de abril de 2002

La Venezuela anterior a la llegada de Chávez al Gobierno estaba marcada por unas desigualdades de clase absolutamente brutales. El clasismo y el racismo estaban tan enraizados que a los ciudadanos de color ni siquiera se les consideraba venezolanos. No había nada que se pudiera considerar parecido a un sistema sanitario o de educación público, ni tampoco agua potable en la mayoría de barrios populares. Algunas de las obras públicas, como la autopista que unía Caracas y el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, estaban fuera de servicio por el deterioro sufrido; lo mismo ocurría con el teleférico que iba de Caracas al parque nacional de El Ávila, que también había dejado de funcionar por falta de mantenimiento. La malnutrición, con todas sus secuelas de salud, especialmente en la infancia, era una cuestión bien conocida y se reflejaba en las calles de las grandes ciudades, especialmente de Caracas, a través de lo que entonces se denominaba “niños panzudos”. Sin embargo, la oligarquía venezolana competía con las grandes fortunas del mundo por su inmensa riqueza y la ostentación de ésta, algo que tiene su continuidad hoy en día, tal como se puede comprobar en las compras de pisos del mayor lujo en Madrid o en la adquisición de entidades financieras en el conjunto del Estado español. Es normal que ese sector de la sociedad -no sólo completamente desconectado de la mayoría social, sino con odio hacia ésta debido a su racismo y clasismo- intentase poner fin al proyecto chavista desde el primer momento, viendo que se ponían en cuestión sus privilegios.

Como decíamos, los intentos de Golpe de Estado y/o conspiraciones han sido una constante a través de los más de 25 años de Régimen chavista. Siempre salieron derrotados. El penúltimo intento fue en 2019, con la instrumentalización del autoproclamado Presidente Guaidó, de triste recuerdo, y coincidió con el anterior mandato de Trump (2016-2020). Para el imperialismo yanqui, pero especialmente para Trump, el control del petróleo venezolano ha sido y sigue siendo una cuestión prioritaria. Y esa es la base fundamental de la expedición político-militar y mediática que han puesto en marcha.

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Los diferentes intentos de liquidación del chavismo fueron derrotados por el pueblo trabajador venezolano; de una forma progresiva, pero cada vez más coherente, las propias instituciones del Estado también han jugado y juegan un papel de primer nivel en la resistencia contra esos intentos que no tienen otra finalidad que servir a la oligarquía venezolana y al imperialismo. El Ejército -que durante el primer Golpe de Estado de 2002 jugó un papel de cierta significación, y que ya en el último intento bajo el mandato de Trump en 2019 quedó reducido a una cuestión puramente marginal a pesar de las grandes esperanzas que los golpistas habían puesto en él- es cada vez más patriótico en su sentido positivo, no de postureo. Lo mismo podríamos decir del conjunto de las instituciones del Estado. Una intervención militar de los EEUU en Venezuela, con el apoyo de otros países occidentales (parece que Francia ya se ha apuntado a la aventura), enfrentará la respuesta del pueblo, pero también de sus instituciones. Si el Ejército yanqui interviene con una buena parte de su potencial, la resistencia no lo tendrá fácil, pero ni mucho menos imposible. Desde antes del fallecimiento de Chávez, el Estado venezolano se ha preocupado por hacerse con un amplio arsenal de drones de todo tipo y que potencialmente serían de gran efectividad si se produce una agresión militar. Aun en el caso de que consiguieran vencer esa primera línea de resistencia, Venezuela es un país extenso y con una población significativa, con potencialidad para convertirse en el nuevo Vietnam latinoamericano.

Pueblo venezolano durante un acto político del chavismo

La solidaridad ante las amenazas de intervención militar en Venezuela es una necesidad de primera línea entre los movimientos progresistas y antiimperialistas. En Castilla nos hemos puesto ya manos a la obra. Cuando se produjo la invasión de Irak, algunos agentes políticos y sociales recurrieron a la imagen de Hussein para intentar dificultar la lucha contra aquel proyecto del imperialismo. Seguramente intentarán hacer lo mismo con la figura de Maduro, aunque obviamente son casos muy diferentes. No podemos caer en esa trampa: la solidaridad con la República Bolivariana de Venezuela tiene como eje principal la defensa de la soberanía de los pueblos y su derecho a decidir cómo quieren organizar su sociedad, economía y relaciones internacionales. Y en este caso, aún por encima, tiene dos elementos que le dan una especial cualificación: se trata de aportar todo lo que esté en nuestras manos en la lucha contra el proyecto nazisionista del IV Reich, y también aportar todo lo que sea posible a la construcción de un sistema de justicia social, antiimperialista y de soberanía para Venezuela y el conjunto de países de Latinoamérica, con los que nos unen tantos lazos culturales y lingüísticos.

Venezuela triunfará y el imperialismo será derrotado de nuevo.

Izquierda Castellana, 3 de septiembre de 2025.

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