La importancia vital de controlar el relato

Comparte este artículo:

Ahora mismo asistimos a la fase de lucha por el relato de lo que está ocurriendo en Europa Oriental y, por tanto, también de lo que ha ocurrido en los últimos años. Trump, lo hemos dicho en reiteradas ocasiones, no es un pacifista; muy al contrario, es un nazi-sionista y, por tanto, un guerrerista, pero tiene una clara priorización sobre cuáles son en estos momentos las guerras que le interesan, en función de si las puede ganar en un proceso más o menos rápido, o no. La guerra que se desarrolla en Ucrania entre la OTAN y Rusia no es la guerra de Trump, no está en su agenda. En ella están las guerras en Próximo Oriente y, más a medio plazo, en Extremo Oriente contra China. En alguna ocasión comentamos que Trump y/o sus asesores han estudiado en profundidad la evolución del proyecto hitleriano e intentan evitar cometer algunos de los errores en que los nazis cayeron, como abrir varios frentes de guerra, una de las causas de su derrota. Aunque mucha gente ahora esté impregnada por la idea de que la derrota del nazi-fascismo en los años 40 era inevitable, nada más lejos de la realidad; de hecho, estuvieron a punto de ganar.

La entrevista en el Despacho Oval de la Casa Blanca entre Zelensky y cía y la Administración yanqui no versaba sobre la cuestión de las “tierras raras” (ese fue un señuelo –recurso al que Trump es muy aficionado- para que los participantes externos y los medios de comunicación vinculados a éstos acudiesen con su atención puesta ahí). El objetivo principal de esa reunión era cambiar el relato sobre lo que está ocurriendo en Ucrania y el proceso que ha conducido hasta la situación actual. Las principales intervenciones de Trump y Vance durante el encuentro fueron precisamente en esa dirección.

En los vídeos publicados sobre esa reunión se escucha reiteradamente decir a los representantes de la Administración yanqui que Ucrania va perdiendo la guerra y que no tiene ninguna posibilidad de ganarla, aun menos sin el apoyo de los EEUU. Se repite que la única oportunidad que tienen de salir de esa situación con una cierta compostura es acogiéndose a la alternativa que la Administración actual de los EEUU ofrece, que consiste en lo fundamental en alcanzar lo más rápidamente posible una tregua y, a partir de ella, negociar un cierto tratado de paz, o al menos un armisticio permanente (tal como ocurre en Corea), que supondrá inevitablemente que Ucrania ceda a Rusia los territorios que ésta ha conquistado en los últimos años. Ciertamente los EEUU han dejado de ser, como decíamos en uno de nuestros últimos editoriales, el “Primo de Zumosol” de Europa. Ahora bien, EEUU no puede abandonar ese escenario militar sin impulsar un relato que lo justifique; eso es lo que se expresó en la ya más que famosa reunión en el Despacho Oval de la Casa Blanca.

No vamos a entrar a evaluar los aspectos de la vestimenta de Zelensky, al margen de señalar la conveniencia de presentarse con la más adecuada en cada ocasión -algo que nos parece de importancia secundaria, pero que es una parte del protocolo que a su vez tiene su relevancia en la diplomacia, en la que obviamente los ucranianos no están muy duchos-. La actitud altanera, totalmente inadecuada en casa ajena -más cuando se va a pedir favores-, no ha sido precisamente una expresión de habilidad diplomática.

Es obvio desde hace semanas que la Administración Trump no comparte el relato que se venía haciendo sobre el conflicto que se desarrolla en territorio ucraniano. El actual Presidente de los EEUU lo ha reiterado en numerosas ocasiones y no debería haber cogido a nadie por sorpresa. La denominada “Operación de desnazificación” lanzada por Rusia tiene sus orígenes en la falta de cumplimiento de los compromisos adquiridos por Occidente cuando se produjo la desarticulación de la URSS, tal como Merkel o Clinton reconocieron en diversas ocasiones, y más recientemente en la llamada Revolución del Maidán de 2013/14: un auténtico golpe contra el Gobierno legítimo de Ucrania, en ese momento presidido por Yanukóvich, y que fue auspiciado por la Administración Demócrata de los EEUU y en general la OTAN. Ese golpe conllevó la intensificación del movimiento de resistencia en la región del Donbás entre la población rusófila, violentamente reprimido, y condicionó una primera reacción rusa con la toma de la Península de Crimea, en la que por cierto no hubo ni un solo disparo ni oposición entre el personal militar o civil, acabando por consolidarse mediante reférendum con una práctica unanimidad favorable a la integración en Rusia.

Ucrania, que siempre gozó de representación propia ante la ONU (no estaba subsumida en la delegación de la URSS), se encontraba entre las Repúblicas federadas en la que había una mayor resistencia política y social a pertenecer a la Unión Soviética dado que su población estaba muy dividida: una parte combatió con heroísmo y coherencia a la invasión nazi, pero otra fue cómplice de ella; uno de los líderes de esa corriente colaboracionista fue S. Bandera, homenajeado de forma sistemática en la Ucrania actual, otorgándole el título de luchador por la libertad de Ucrania. Esa fracción pronazi, alimentada adecuadamente por la CIA y otras fuerzas proimperialistas una vez hubo finalizado la II Guerra Mundial, hacía que Ucrania fuera un espacio de cierta inestabilidad. La cesión de la Península de Crimea a Ucrania en 1954 -hasta ese momento llevaba 300 años incorporada a Rusia- fue un intento por parte de Kruschev y su equipo de amortiguar las contradicciones y dar satisfacción a quienes dirigían entonces ese país. Es bueno entender que la URSS no era monolítica, como es natural, y que en su seno había múltiples contradicciones, aunque quizás ninguna de la importancia cualitativa y cuantitativa como la representada por Ucrania.

Mapa que muestra la adhesión de territorios a Ucrania a lo largo del tiempo, siendo la incorporación más reciente la de Crimea, en 1954.

Ahora pretenden que nos olvidemos de la actitud auténticamente paranoica de la campaña antirrusa puesta en marcha desde febrero de 2022, que incluía el intento de “borrar” la música, la literatura, el teatro o el ballet ruso, entre otras expresiones culturales o artísticas. Muchas actividades previstas en Occidente fueron simplemente canceladas, además de excluir a Rusia de las Olimpiadas y de otros acontecimientos internacionales, como Eurovisión. En ningún momento se ha planteado cuestión semejante con respecto al Estado de Israel. Se pusieron en marcha draconianas medidas económicas y sociales con la pretensión de arruinar al Estado ruso, y a través de ello generar un malestar social que, con el oportuno acompañamiento de las ONGs vinculadas a USAID y otras estructuras financiadas por Soros y compañía, condujeran a la caída del Régimen ruso. Nada de eso ha ocurrido, al menos en la medida que pretendían. La carta de Navalny, el «gran líder» de la oposición con capacidad de derrotar a Putin, según Occidente, no pasó de ser un fiasco.

Ciertamente la Administración Trump consiguió en bastante medida su objetivo, el de cambiar el relato, aunque hay que reconocer que Zelensky se defendió como gato panza arriba. Esto dejó en evidencia sus formas y el engreimiento alimentado durante muchos años por Occidente, especialmente por Biden. Como es habitual, iría puesto de cocaína hasta las cejas. Seguramente a posteriori, como se deduce de algunas de sus últimas declaraciones, haya tomado consciencia de que metió la pata hasta las ingles. Parece ser que en EEUU esa imagen ha quedado puesta de manifiesto; en Europa Occidental, como ocurre con los toros, hay división de opiniones. Con el paso del tiempo, y con la inevitable necesidad de contar con el apoyo yanqui para continuar con la confrontación contra Rusia, las cosas acabarán por recolocarse en su sitio. En cualquier caso, la UE ha quedado claramente tocada, y la reunión en Londres, encabezada por el Premier británico, es buena muestra de ello.

Sánchez abraza a Zelensky durante la Cumbre de Londres del domingo 2 de marzo

¿Por qué están dispuestos a forzar la situación, incluso con el riesgo de impulsar la III Guerra Mundial? Un conocimiento generalizado de la realidad por parte de la opinión pública, muy alejado de la narrativa que han estado vendiendo durante estos últimos años (que concluía que Putin tendría que estar defenestrado y la economía rusa por los suelos, cuando su peso específico internacional es bastante mayor que el de hace 4 o 5 años, su economía progresa razonablemente y el proyecto de los BRICS al que está vinculada tampoco va mal), llevaría inevitablemente a la desnudez de quienes apostaban por el falso relato. Esto tendría un altísimo coste en la opinión pública, que no están dispuestos a asumir bajo ningún concepto. Si aun manteniendo el relato que sostienen las cosas electoralmente cada día se les ponen más complicadas en Europa, imaginemos qué ocurriría si la gente conociese con cierto rigor la realidad.

Hace unos años Juan Carlos I fue defenestrado desde el propio Régimen porque entendieron que el conocimiento de sus fechorías, ya imposibles de ocultar, ponía en riesgo la propia supervivencia de la Monarquía. Optaron por un recambio del personaje que no generase problemas significativos a la institución. Estamos en una situación con ciertos paralelismos, pero a nivel europeo. La supervivencia de la UE, al menos tal y como la hemos conocido en los últimos años, es más que cuestionable. El Reino Unido, que está fuera de esa estructura desde el Brexit -medida que tantos en el Estado español consideraron un “suicidio”-, es el Estado con mayor capacidad, aun con muchas dificultades, para resituarse en el actual escenario.

Starmer, Macron y Zelensky en un momento durante la Cumbre de Londres del 2 de marzo

El oficio de los políticos profesionales, en Europa y desde luego en el Estado español, es el que exigiendo una menor preparación previa da acceso a mayores privilegios económicos y sociales, siempre y cuando se prescinda de cualquier tipo de ética o de servicio a la humanidad. Salvo muy raras excepciones, ese conjunto de políticos/as que viven de las instituciones a cuerpo de rey, aunque sea en sociedades republicanas, no está dispuesto a perder esos privilegios y se resiste con uñas y dientes al cambio de relato sobre la guerra en Europa Oriental, aunque esté inspirado por el mismísimo Presidente de los EEUU, debido a la repercusión que obviamente tendría en las futuras consultas electorales.

Es más que probable que después de seguir haciendo algunos intentos por recomponer su relación con los EEUU sin ceder formalmente en el relato (las conclusiones de la reunión de Londres del 2 de marzo han ido en ese sentido) se irán acercando -es lo que parece más posible- a lo que Trump exige. Será un camino tortuoso y lleno de resistencia por aquellos a los que nada les importa la muerte de miles de personas en el frente europeo actual. Han llegado a una conclusión unánime: la necesidad de incrementar los presupuestos militares de forma abusiva a costa de los recortes en el gasto social y el endeudamiento, que inevitablemente tendrá también una repercusión en las condiciones de vida de la clase trabajadora.

Acabamos como empezamos: Trump no es un pacifista, pero él y su Administración tienen claro que la guerra en Ucrania es un desastre para sus intereses y por eso quieren finalizarla, y cuanto más rápido mejor. Veremos como sin tardar mucho impulsan la guerra-genocidio en Oriente Medio y cómo irán dando pasos para preparar la guerra contra China.

Izquierda Castellana, 3 de marzo de 2025

Comparte este artículo: