¿Por qué, a pesar de que todos los previos no les salen bien, avanzan hacia la guerra global?

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¿Por qué, a pesar de que todos los previos no les salen bien, avanzan hacia la guerra global?

El proceso de globalización de la guerra no es sino el avance hacia la Tercera Guerra Mundial. Tiene unas causas profundas, estructurales, que vienen orientando al imperialismo desde hace años en esa dirección. Dicha necesidad estratégica no ha variado ni lo va a hacer, pero estamos asistiendo -como ya hemos comentado en alguna ocasión- a ciertos reajustes técnico-políticos por parte del imperialismo para seguir avanzando en esa guerra sin ser derrotados inmediata y clamorosamente.

La razón esencial de por qué el imperialismo no va a renunciar a la guerra pese a las serias dificultades que les supone es que, como también hemos señalado en editoriales anteriores, no tienen otra opción para salir de su profunda y larga crisis. En el libro de Lenin “El imperialismo, fase superior del capitalismo” (1916) se analiza con claridad ese asunto. Por aquel entonces se había entrado ya en la fase financiera del capitalismo, es decir, cuando el dinero pasa a ocupar el lugar hegemónico y dominante del Sistema, y cómo ello a su vez condiciona diversos elementos que inevitablemente conducen hacia la guerra. Así se explica la Primera Guerra Mundial y en buena medida también la Segunda, aunque en ésta última se incorporó un elemento nuevo que supuso una cierta división circunstancial en el seno del imperialismo capitalista: la aparición del nazifascismo, producto del desajuste entre la situación del capitalismo alemán -y de otros capitalismos europeos, como el italiano- y el capitalismo angloamericano. Similar cuestión, aunque con sus matices, ocurría en Extremo Oriente en relación con Japón, que, como es bien conocido, había invadido China y la tenía sometida a una situación colonial que anteriormente había sido impulsada por el Reino Unido y otras potencias occidentales. Es decir, la génesis de la Segunda Guerra Mundial fue compleja y se produjo en varios escenarios simultáneamente, aunque no bien coordinados en cuanto al campo de las fuerzas del Eje que la impulsaban.

La finalización de la Segunda Guerra Mundial, de igual forma que sus inicios, se realizó en diferentes procesos y fechas. La capitulación de los ejércitos nazis ante los ejércitos occidentales se produjo un día antes (el 7 de mayo de 1945) que ante los ejércitos soviéticos (el día 8), y no por casualidad. Los jerarcas nazis preferían firmar la rendición ante Occidente, con quienes al fin y al cabo compartían un mismo sistema socioeconómico (el capitalismo). En el Extremo Oriente, tanto la entrada de Japón en la guerra como su capitulación tuvo también fechas diferentes en lo que respecta a los EEUU y la URSS, con la que, aunque no se suele hablar mucho de ello, también se enfrentó militarmente. Sin olvidar, por supuesto, la guerra de China por la liberación del yugo japonés, y el posterior conflicto entre el Kuomintang (aliados del imperialismo angloamericano) y las fuerzas dirigidas por el Partido Comunista Chino, que vencieron e instauraron la República Popular en 1949.

Mapas del Imperio Japonés en 1942 y de la actual presencia militar estadounidense en el Pacífico alrededor de China.

Uno de los elementos que unificaba a las fuerzas del Eje (siendo Alemania, Italia y Japón las tres potencias más importantes, aunque había otros miembros en esa alianza) era su ideología claramente fascista, con matices fruto de las circunstancias de cada uno de esos territorios. El proyecto que logró un mayor desarrollo ideológico y orgánico fue el nacionalsocialismo alemán, especialmente criminal, seguido por el fascismo italiano y el japonés, inspirado por el General Tojo a través de la «Asociación de Apoyo al Régimen Imperial». Durante los juicios de Tokio (Tribunal Penal Militar Internacional para el Lejano Oriente), el General Tojo asumió además de sus propias responsabilidades criminales las del Emperador Hirohito, que como máxima autoridad de Japón tenía también la máxima responsabilidad sobre los crímenes de guerra llevados adelante en China y en los otros territorios asiáticos. Esto fue muy del agrado de los EEUU, porque la supervivencia del Emperador como persona y como figura político-religiosa era vital para su proyecto de futuro en ese país.

El Primer Ministro japonés Hideki Tojo se inclina ante el Emperador Hirohito

El final de la Segunda Guerra Mundial no supuso la derrota plena del nazifascismo, ni a nivel global, ni a nivel particular. No hay más que recordar el caso del Estado español, donde el fascismo español (el franquismo) sobrevivió varias décadas para, finalmente, con la muerte del General Franco, adoptar unas mínimas reformas que permitiesen la incorporación del Régimen al proyecto de la Unión Europea como eslabón en el continente del proyecto imperialista global, para mayor gloria de la burguesía española, en la que se integran la burguesía catalana y vasca.

Además de estas evidencias históricas indiscutibles, hay muchas otras cuestiones suficientemente documentadas, aunque se desconoce entre sectores significativos de la opinión pública, incluso entre los más politizados.

En la propia URSS no se produjo una desnazificación completa. En Ucrania las fuerzas fascistas lideradas por Stepan Bandera, que habían actuado de forma muy activa en alianza con los ejércitos nazis para incorporar sus territorios al III Reich, siguieron funcionando con cierta holgura. La situación de la URSS en aquellos tiempos no era fácil, y consideraron preferible buscar ciertos equilibrios en vez de reforzar la ofensiva antifascista en ese territorio. En este contexto es en el que se explica el traspaso de la Península de Crimea a la República Soviética de Ucrania en 1954, que no tenía justificación histórica ni política alguna, más que la que acabamos de señalar. Esta operación se sustanció bajo la dirección de Kruschev, el encargado de llevar adelante la “desestalinización” de la Unión Soviética. Hay que recordar también que Ucrania tenía representación propia en la ONU, al margen de la representación a través de la URSS.

En el caso de los EEUU, la cosa fue inmediata y mucho más descarada. Los EEUU, incluso desde antes que la guerra finalizase, se dedicaron a contactar con todos aquellos jerarcas y cuadros del Régimen nacionalsocialista que podían tener alguna utilidad para el proyecto imperialista global, que inmediatamente iba a confrontar con la URSS. Hay que recordar que el presidente estadounidense T. Roosevelt falleció en abril de 1945 y quien le sustituyó, en contra de los deseos de éste, fue H. Truman, un tremendo reaccionario que impulsó la operación de reciclaje del aparato nazi para mejorar las capacidades científicas, represivas y militares de los EEUU. En el campo científico se pueden citar numerosos ejemplos, siendo el más conocido el de Wernher von Braun, miembro del Partido Nazi y de las SS, brillante científico en lo relacionado con la tecnología aeroespacial, y diseñador de los V2, los cohetes alemanes que se lanzaron contra Londres en las últimas fases de la Guerra Mundial. Arthur Rudolph, otro de los ingenieros principales de la cohetería nazi, acabó trabajando en la NASA, mientras que destacados químicos, como el inventor del gas sarín Otto Ambros, fueron recolocados en Departamentos estadounidenses. Empresas armamentísticas como Lockheed Martin, o aeronáuticas como North American Aviation, se vieron particularmente beneficiadas de ese proceso de captación de ingenieros y científicos alemanes, que se estiman en alrededor de 1.600. Algunos pasarían posteriormente a jugar un papel importante en la OTAN, como es el caso de Reinhard Gehlen, jefe de la contrainteligencia nazi en el frente ruso.

Científicos alemanes «reciclados» por la Operación Paperclip

En el campo militar se llevó adelante una operación similar, siendo tal vez el caso más destacado el del General Franz Halder, quien diseñó, mano a mano con Hitler, la Operación Barbarroja con la que se configuró el proceso de invasión de la URSS. Halder fue el Jefe del Estado Mayor General del Alto Mando del Ejército en la Alemania nazi desde 1939 hasta septiembre de 1942. Dirigió la planificación y ejecución de la Operación Barbarroja y jugó un papel protagónico en el genocidio en el frente Oriental, especialmente a través de dos órdenes firmadas por él: el “Decreto Barbarroja” del 31 de marzo de 1941 (en el que se especificaba que la invasión de la URSS era una guerra de exterminio y mediante el que se eximía a los alemanes de cualquier responsabilidad penal sobre las ejecuciones sin juicio y otros crímenes) y la “Orden de los Comisarios” del 6 de junio de 1941 (según la cuál todos aquellos prisioneros que fueran identificados como “profundamente bolchevizados o como representantes activos de la ideología bolchevique” debían ser ejecutados). Después de la II Guerra Mundial Halder fue un elemento clave en el staff militar estadounidense, trabajando como consultor principal de la División histórica de los Ejércitos de EEUU, y llegó a ser condecorado con el Premio al Servicio Civil Meritorio, siendo el único dirigente militar nazi que fue condecorado por Hitler y por los EEUU.

Sobre este conjunto de cuestiones hay una abundante literatura y producciones audiovisuales, naturalmente poco promocionadas. Un texto destacable es “Operación Paperclip” (2014) de Annie Jacobsen, quien narra a lo largo de 600 páginas el reclutamiento de cientos de nazis por parte de los EEUU, obra por supuesto no traducida al castellano. En síntesis, y por no alargar excesivamente el editorial, hemos señalado algunos de los elementos no indiciarios, sino concluyentes, del reciclaje de un número significativo de personajes clave del nazismo por parte del imperialismo occidental.

Por otro lado, hay que señalar que la mayoría de los criminales nazis que fueron juzgados en Núremberg y tribunales similares fueron puestos en libertad de forma casi siempre inmediata por la República Federal Alemana y reciclados para su propio aparato de Estado, construido en buena medida sobre este tipo de escoria.

Cuando Putin habla de “la necesidad de desnazificar Ucrania” no se trata de una estupidez. La pervivencia del fascismo no solo afecta a Ucrania, sino a otros ámbitos europeos, como es el caso español, que, tal como decíamos antes, no fue “desfascistizado” en absoluto, salvo que se considere como tal el traslado de los restos del General Franco del cementerio de Cuelgamuros al de El Pardo. Aquella operación fue un gesto de cara a la galería, un intento de parecer lo que no se es. “Desfascistizar” el Estado español supone abrir un proceso constituyente que implique el desmantelamiento de la monarquía borbónica impuesta por Franco y la depuración de todos los aparatos del Estado que tienen su origen en aquel Régimen. Lo demás es pura fanfarria para engañar a quienes se dejen.

Exhumación de los restos de Franco

Cuando decimos que la actual coyuntura internacional potencialmente puede favorecer la lucha por la ruptura democrática que no se hizo en su momento en el Estado español, nos estamos refiriendo a la necesidad de incorporarnos a ese proceso de lucha antiimperialista y antifascista global y de auténtica desnazificación que está ocurriendo en algunos entornos del espacio europeo y más allá.

Igual que en el pasado, hoy la lucha contra el nazifascismo y la lucha antiimperialista se dan la mano. Si el nazifascismo no hubiera sido parcialmente derrotado en su momento, el modo de civilización que se hubiera impuesto en Europa tendría muchos elementos de similitud con lo que se impuso circunstancialmente en los países conquistados, muy especialmente en su zona oriental. La existencia de la URSS durante varias décadas supuso un factor de equilibrio para que el nazifascismo no pudiera lanzar de nuevo una ofensiva global. El debilitamiento de ese proyecto y su posterior caída le dio al imperialismo la oportunidad de llevar adelante esa estrategia, progresivamente forzada por sus propias debilidades estructurales internas, que solo encuentran salida finalmente a través de la guerra. Ni los golpes de Estado ni la imposición de dictaduras (Chile, Argentina, Paraguay, Brasil, Indonesia…) han sido suficientes para que pudieran recuperarse y salir de su crisis.

El avance hacia la Tercera Guerra Mundial, que al menos en la etapa actual no les va como querrían, es de alguna manera la continuación de la Segunda Guerra Mundial, en forma similar a como ésta lo fue de la Primera, muy especialmente porque la ideología que sustenta a ese avance está basada en la recuperación del nazifascismo, como descaradamente se puede ver en la guerra contra el pueblo palestino.

Podría decirse que circunstancialmente están perdiendo en el terreno militar, y desde luego, en el plano político y reputacional. Hoy ya les es muy difícil sostener un discurso similar al que hacían al inicio del proceso de la intervención rusa en Ucrania, por ejemplo cuando Pedro Sánchez comparó a Zelensky y sus aliados con la resistencia de la República en el Estado español. Por esas consideraciones algún día tendrá que dar explicaciones. Sí que hay ciertos paralelismos con aquel momento histórico, pero precisamente en el sentido contrario al que expuso Sánchez: Zelensky y la oligarquía ucraniana que lo apoya, aparte del imperialismo occidental, son una reproducción de las fuerzas del nazifascismo europeo de los años 30; que se lo pregunten a las clases populares de Ucrania o que se analice el comportamiento de las tropas militares que siguen la estela de Stepan Bandera.

Mapas de Europa durante la II Guerra Mundial y durante el conflicto presente entre la OTAN y Rusia en Ucrania

Si para las fuerzas antifascistas y democráticas ganar la Segunda Guerra Mundial era una necesidad, es aún mucho más necesario ganar la Tercera, en la que estamos entrando. Vencerlos no es ni mucho menos pan comido, pero las posibilidades de triunfo de las fuerzas populares y antiimperialistas son claras. Hay que hacer un gran esfuerzo de inteligencia, coraje y compromiso militante, que no es ni más ni menos que el compromiso con el futuro de la humanidad, basado en la justicia social, la soberanía de los pueblos y el desarrollo del pensamiento igualitario y racional.

Unas últimas consideraciones sobre el proceso electoral en marcha en los EEUU. A lo largo de la campaña se está manifestando de manera obvia la profunda crisis por la que atraviesa el imperialismo yanqui. En cuanto a las posiciones político-militares de los principales candidatos, cabe señalar que Trump -y ahora también su potencial vicepresidente- declara de forma reiterada que su objetivo es acabar con la guerra en Ucrania de forma inmediata y acortar lo más posible la guerra en Palestina; es decir, parece que plantean un repliegue del proceso de guerra global y que optan por intensificar el combate económico contra China, tal como hizo durante su primera presidencia (2016-2020). Es posible e incluso probable que el tándem Trump-Vance gane las próximas elecciones presidenciales en EEUU, pero no es creíble que sus promesas de acabar las guerras en marcha vayan a ser reales, al margen de que se crean estas promesas en mayor o menor medida. Johnson se presentó a las elecciones de 1964 con la promesa de retirar todas las tropas yanquis de Vietnam y de acabar con esa guerra, pero hizo justamente todo lo contrario: llevarla a su cénit, tanto en cuanto a la presencia de tropas (se llegaron a desplegar hasta 536.000 soldados en 1968) como al recrudecimiento de la guerra, que al final perdieron.

En nuestras manos está vencer y derrotar al enemigo.

Izquierda Castellana, 16 de julio de 2024

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