Vivimos tiempos complejos, de incertidumbres, de intensificación de la ofensiva del ultraneoliberalismo asociada en muy buena medida al neonazismo que, paradójicamente, al menos a primera vista pero no tanto si se profundiza en la cuestión, va de la mano del sionismo. El sionismo se ha convertido en la referencia ideológica y por supuesto práctica de esa ofensiva ultra reaccionaria.
Asistimos a actitudes y prácticas que hace unos años nos parecerían increíbles para esta fase de la historia de la civilización. El intento de aniquilación sistemática de la población palestina, muy especialmente la de niñas y niños por el ejército sionista, es absolutamente brutal; los crímenes del nazi-fascismo no tienen nada que envidiar a los del sionismo. Pero aún peor que esto, desde el punto de vista civilizatorio, es la justificación que portavoces de las estructuras políticas y de la sociedad civil israelí dan a estos asesinatos sistemáticos y planificados.
En el caso de Ucrania, la transferencia del proceso a la opinión pública internacional desde sus inicios estuvo severamente manipulada, una actividad a la que los gobiernos del mundo occidental y por supuesto sus “medios de comunicación” se entregaron en cuerpo y alma con unos resultados, al menos inicialmente, bastante favorables a su falso relato. La dirigencia en el mundo occidental tiene una larga e intensa experiencia en la manipulación de la realidad y en la construcción mediática de falsos relatos alternativos.
Consiguieron vender la intervención de Rusia en Ucrania no como la consecuencia del incumplimiento sistemático de los compromisos adquiridos por la OTAN con ese país, que en síntesis suponían que ésta alianza militar no se extedería hacia el Este, es decir, en dirección a Rusia; y por supuesto como reacción a los ataques sistemáticos hacia la población del Donbás, especialmente a partir del golpe de Estado impulsado por la OTAN en 2014 -el llamado Maidán-, que supuso el asesinato de miles de ciudadanos de lengua y cultura rusa en ese territorio.
A esa manipulación de origen se añadió la creación de unas expectativas ante la opinión pública de que inevitablemente Rusia iba a perder no solo en el plano militar, sino en el político y en el económico. Según esas previsiones, Rusia tendría que estar actualmente al borde de la implosión. Es precisamente la imposibilidad de ocultar que la realidad nada tiene que ver con ese relato lo que ha permitido que cada vez más sectores sociales se cuestionan no solo la evolución de ese conflicto y la legitimidad de apoyarlo desde occidente a costa de graves problemas sociales para la población de los países que apoyan la guerra con recursos económicos, entre otros, que son sustraídos de los presupuestos para los servicios públicos de esos estados, con el consiguiente deterioro de estos. La ficción no se puede sostener indefinidamente, y ese relato, el que compró tan groseramente Pedro Sánchez, como había hecho antes con Guaidó en Venezuela, comparando nada menos que al neonazismo ucraniano con la resistencia antifascista de la II República en el Estado español, ha empezado primero a fisurarse y posteriormente, en lo que estamos en la actualidad, a resquebrajarse.



Hemos puesto de título a este editorial “Las responsabilidades actuales del movimiento comunero” porque consideramos que estas son tareas fundamentales que tenemos que asumir plenamente. Hemos comentado en numerosas ocasiones que el papel del movimiento popular en las Castillas y León es de principal importancia para el avance del proyecto comunero del siglo XXI. 500 años después del inicio del movimiento comunero, los objetivos de aquella revolución integral siguen pendientes en lo fundamental, pero el contexto es muy diferente. Aquel proceso se dio en el marco de un capitalismo que estaba impulsando un proyecto imperialista en su fase inicial de capitalismo mercantil y que supuso la liquidación de Castilla como sujeto soberano a manos de los Habsburgo y sus aliados autóctonos. Hoy estamos en una fase terminal del imperialismo, pero la memoria colectiva de aquel proceso de lucha en defensa de los intereses de nuestra tierra sigue vivo y enraizado en la memoria colectiva de nuestro pueblo. No es infrecuente escuchar la frase “Ay si los comuneros hubieran ganado, la cosa sería de otra manera”. En sí mismo esto es algo extraordinario, expresión de la importancia social y política de la Revolución Comunera que 500 años después se sigue recordando y añorando. Pero el enemigo también recuerda aquella efemérides y sus réplicas a través de la historia en un sentido completamente contrario, y es por ello que no solo han hecho todo lo posible para vaciar nuestra geografía de seres humanos, sino que han pretendido vaciar y hacer olvidar nuestra historia propia. Si algún pueblo ha sufrido un saqueo total ese ha sido Castilla, pero no vamos a hacer victimismo porque no es nuestro estilo; vamos a contribuir con todas nuestras fuerzas para forjar un movimiento comunero del siglo XXI que sea capaz de articular una Castilla soberana, próspera y justa que, conjuntamente con el resto de pueblos del mundo, logremos impulsar el movimiento internacional antiimperialista y antifascista que sin duda alguna ya está en una exitosa marcha hacia adelante.