PABLO
ABSOLUCIÓN
Hoy, 6 de junio de 2022, tiene lugar en Valladolid el juicio político más importante de los últimos tiempos en esta ciudad. Pablo, un joven de 22 años, se enfrenta a una petición fiscal de cinco años y tres meses de cárcel, inhabilitación de siete años para ejercer el oficio docente y una sanción de varios miles de euros. Su presunto delito: arrojar pintura sobre la estatua de Colón el 12 de octubre de 2019.
Se da la circunstancia de que a tan solo cien metros del lugar en el que Pablo es juzgado hoy, en la Audiencia Provincial, se encuentra el Colegio de San Gregorio, donde tuvo lugar uno de los debates filosóficos más significativos de la historia: nos referimos a la importantísima -aunque poco conocida y divulgada- Controversia de Valladolid, acontecida en 1550-51, en la que un grupo de teólogos dominicos trató de alcanzar una conclusión sobre si los habitantes de la América colonizada por la Monarquía Hispánica gozaban de libertades y derechos civiles ante al proceso conquistador y evangelizador que había comenzado sesenta años antes, inmediatamente después de la llegada de Cristóbal Colón a tierras caribeñas.
En esa Controversia sobre el estatus legal de “los indios”, también denominada como “polémica de los naturales”, se enfrentaron dos corrientes de pensamiento irreconciliables: una encabezada por fray Bartolomé de las Casas, buen conocedor de las prácticas de los encomenderos y de la brutalidad con que se desarrolló el proceso colonizador, erigiéndose como defensor de un trato humano y justo para los nativos; la otra, liderada por Juan Ginés de Sepúlveda, partidario de la guerra, la cristianización forzosa y el sometimiento de los pueblos americanos a los conquistadores. El cardenal Roncieri presidió el tribunal y dirigió el debate en representación del Vaticano, contienda que se saldó con una victoria parcial de las posiciones de Bartolomé de la Casas. Durante aquellas décadas, en las que se estaban sentando las bases de un primer capitalismo global, ningún debate jurídico, político o antropológico de semejante altura tuvo lugar en las otras potencias europeas que colonizaron los territorios africanos, asiáticos y americanos.
La Fiscalía dice literalmente en su escrito que la acción realizada en la estatua de Cristóbal Colón e imputada a Pablo venía motivada “no sólo por la voluntad de ocasionar desperfectos en el Monumento, sino también, en una fecha en que se celebraba el Día de la Hispanidad, por la de denostar públicamente y generar una predisposición contra los valores históricos que el conjunto escultural representa y, especialmente, contra los ciudadanos que pudieran sentirse identificados con los mismos, o albergar sentimientos de patriotismo por el país al que pertenecen, estigmatizando a quienes pudieran exteriorizar esos sentimientos”. A juzgar por el escrito presentado y la petición de varios años de cárcel, si la Fiscal hubiera estado presente en la Controversia de Valladolid tal vez hubiera solicitado la imputación del mismísimo fray Bartolomé de las Casas por un delito de odio.
Nos parecía conveniente rememorar el rico legado de pensamiento y práctica política progresista en Castilla. Parece ser que había más capacidad y valentía para reflexionar críticamente sobre la conquista desde un punto de vista jurídico, filosófico e ideológico entre la intelectualidad del siglo XVI que en nuestros días, en que el discurso sobre la colonización, el racismo o el imperialismo queda monopolizado por la reacción más incivilizada. Sucede que el relato ahora lo orienta casi en exclusiva una derecha chauvinista que demuestra su profundo desconocimiento de la historia, pero que no desaprovecha ninguna oportunidad para usarla a su beneficio, agitando las bajas pasiones de los sectores más embrutecidos de la sociedad. Hay que reconocer que la izquierda, en buena medida, se ha visto seducida por lecturas sobre la colonización tan pobres y llenas de clichés como las que maneja la derecha.
Hoy, el aspecto fundamental no pasa por solicitar disculpas por acontecimientos que tuvieron lugar hace cuatro o cinco siglos, aunque es notorio que se mantiene abierta la herida colonial -esto es, las consecuencias sociales, económicas, políticas y culturales de aquel proceso histórico- y que algún gesto institucional en ese sentido sería acogido con gratitud. Lo cierto es que existe un camino reparador desde el punto de vista moral y útil para el futuro, pero el Estado español no manifiesta ninguna voluntad de transitarlo: el chauvinismo español hegemónico renuncia a mostrar su sensibilidad ante el sentir de los pueblos americanos, encerrándose en posturas ensimismadas y altaneras; renuncia a construir un relato basado en la verdad histórica y en asumir su responsabilidad sobre el hecho colonial; pero sobre todo, renuncia a impulsar un verdadero espacio internacional de entendimiento y cooperación con estos países hermanos, regido por el respeto a su soberanía. A lo que no renuncia, a través de su Administración de Justicia, es a solicitar un castigo ejemplarizante e inédito para el presunto autor de una acción simbólica en la estatua de Cristóbal Colón. Y con esa rencorosa sobreactuación, la Fiscalía no hace sino evidenciar su verdadera naturaleza.
Ningún lugar en Valladolid recuerda la Controversia, ni a fray Bartolomé de las Casas, ni la contribución que tal debate tuvo sobre la dilatada e inconclusa tarea de configurar y garantizar los derechos humanos. El espacio público y el callejero no son neutrales y se mantienen en nuestro país consagrados a las gestas militares y a la exaltación de la grandeza del Imperio. La memoria es selectiva y la historia puede operar como herramienta para la consecución de sociedades más justas y libres, o simplemente como instrumento con el que apuntalar las narrativas y dinámicas del poder.
Para concluir, podemos adelantar que recorreremos todo el camino hasta conseguir la absolución de Pablo. Como juicio político que es, políticamente lo afrontamos. Si la Administración española de Justicia finalmente lo condena, veremos qué tiene que decir al respecto la Justicia europea.