No me preocupa la Hungría del 56, sino la de 2016

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Dejad de preocuparos por la Hungría de 1956 y empezad a hacerlo por la de 2016 

 

De nuevo, al Ayuntamiento de Madrid –entiéndase con ello el Pleno al completo salvo las dos honrosas ausencias de Rommy Arce, Mauricio Valiente, Yolanda Rodríguez y Carlos Sánchez Mato– le ha picado el gusanillo de la política internacional. Primero fue votar mociones por los Derechos Humanos en Venezuela y ahora lleva a su Asamblea la graciosa idea de levantar una estatua In Memoriam de la mal llamada revolución de Hungría en 1956. Qué duda cabe de que esta estrategia busca deslegitimar de cara a la ciudadanía a las izquierdas que por fin alcanzaron la alcaldía, mientras exacerba las contradicciones internas en la propia izquierda, que de eso sabemos un rato, aunque no aprendamos demasiado. Caer en este juego, el de borrar la Historia, nuestro pasado, y reescribir sobre los borrones con la impunidad de la desmemoria y el olvido, es lo que no puede tolerarse. Y preocupa, perdónenme, bastante más que unas tetas arrepentidas en una capilla. 

 

 

 

Apuesto a que, si fuera con un micrófono en mano a la puerta del Consistorio, casi ningún edil sabría decir a priori el nombre del presidente de la Hungría de entonces, el número de supuestos muertos que dejó ese suceso, ni qué opinan de las probadas relaciones de la contrarrevolución húngara con los servicios de inteligencia euroatlánticos, el clero húngaro y la derecha derrotada que había sido cómplice del fascismo. Mucho menos contextualizar aquel suceso histórico en un contexto geopolítico global, mucho más complejo que las narrativas simplificadas de buenos y malos de la Guerra Fría. No digamos la ciudadanía de a pie, a la que, gracias a nuestro excelente sistema educativo, la Hungría del 56, la Guerra Fría y todo lo que esté más lejos de Disneyland París le suda un huevo. Las relaciones internacionales, tan denostadas, manipuladas y desdeñadas por la política doméstica, son ahora un arma arrojadiza, un instrumento para hacer propaganda vacía y sacar rédito al desconocimiento general, un desconocimiento programado y deliberado, porque olvidar la Historia es repetirla. 

 

Pero la geopolítica es esa desconocida, que siempre vuelve para vengarse, aunque nos cuenten que vivimos en un mundo global y sin fronteras y bla, bla, bla. Conocerla, y también desconocerla, interpretarla, o malinterpretarla, nos retrata en lo ideológico y lo político mucho más de lo que a muchos gustaría. 

 

Pero volvamos a Hungría: ¿Qué fue de la Hungría del 56? Situémonos en el frío Budapest de la Guerra Fría. Hungría, que tuvo un gobierno títere del fascismo alemán hasta que en la II Guerra Mundial fue invadida y masacrada, liberada del nazismo por las tropas soviéticas en 1945 y que desde 1947 contaba con un régimen socialista tras ganar las elecciones el Partido de Trabajadores Húngaro, coalición de comunistas y socialdemócratas. El Pacto de Varsovia y la influencia soviética habían llegado a las puertas de Europa, concretamente, de Berlín, y había que frenar aquella amenaza a la hegemonía capitalista, demonizarla y sustituirla por caras amables que desactivaran la amenaza de un mundo nuevo posible.  

 

A nosotros, eso que llaman Occidente, nos frenaron «facilito»: o con dictaduras militares en el sur de Europa, o con Estados del Bienestar en el centro del continente que propugnaban un estado social y de derecho trufado de valores democráticos –la Francia de De Gaulle, sin ir más lejos-. Pero los países bajo influencia de Moscú eran harina de otro costal: muchos, tras largos siglos de dominio imperial, levantaban por fin la cabeza, se industrializaban, se desarrollaban a un ritmo trepidante. Claro, que esto no le convenía a todo el mundo. Especialmente a la clase social que vio amenazados muchos de sus privilegios: sus tierras, sus apellidos, sus fábricas, sus galones. Un descontento que optó en muchos casos por hacer las maletas rumbo a Estados Unidos, Canadá, o Europa, donde se crearon enormes comunidades en la “diáspora” patrocinadas por los gobiernos de acogida y con un importante poder económico. “Exiliados” de pret-à-porter que cocinaban la venganza animados por los regímenes democráticos, que vieron en ellos una excelente arma de propaganda.1 ¿Os suena? Antes podrían ser Brezinski o Albright. Nosotros tenemos a nuestra generación 3.0 de esa ralea, véase Liliana Tintori o las Damas de Blanco y sus viajes patrocinados por Europa. 

 

Mientras, en el juego de espionaje y contraespionaje de la época, se introdujeron agentes desestabilizadores que potenciaban el descontento social. Corrupción, falta de derechos civiles, aislamiento… fueron el acicate de las protestas. Cierto es que la corrupción en el seno de los regímenes socialistas, sumado a sus contradicciones internas, fueron enormes piedras en el camino, pero más cierto es que poco tenían que envidiar a ese occidente, ni al de entonces que permitió a la burguesía que financió al nazismo mantener sus fábricas en Alemania occidental, ni al de ahora que tirotea trabajadores migrantes en sus fronteras. La diferencia principal son las narrativas con las que se ha reinterpretado, señalando a unos y silenciando a otros, para construir verdades a la medida de los tiempos.  

 

Y así estalló Hungría primero, y luego vendría Polonia, donde la CIA y el Vaticano articularon un sindicato de maneras ultraderechistas a cargo de Lech Walesa –algo así como un Ghandi polaco- y luego colocaron un Papa en Roma. Jaque. Checoslovaquia, con Havel (ese gran amigo de Aznar y Sharom) tuvo un golpe a dos tiempos, relativamente pacífico, y sin embargo, se recuerda la Revolución de Terciopelo con esos disturbios en el centro de Praga, como una heroicidad civil. Mate. Si eso era violencia policial, pardiez, les invito a los checos a ver vídeos del 22-M de 2013 en Madrid. Asociaciones pro derechos civiles, colectivos de estudiantes y pseudointelectuales –con becas en Estados Unidos- artistas, activistas que surgían de la nada, y una enorme maquinaria de contrapropaganda, con Radio Europa Libre a la cabeza, fueron agentes principales para el derribe de estos regímenes. Rumanía, Bulgaria, los países bálticos; fueron cayendo uno a uno, ypara ello, el trabajo de intervencionismo exterior fue crucial. Casi todos estos estados son hoy fervientes socios de la OTAN y acérrimos atlantistas, colonizados por empresas alemanas, empobrecidos y dependientes de esos que piden más bombas para Ucrania, más fronteras para los inmigrantes, más mano dura con los rusos. 

 

Luego vinieron los países no alineados, -pero con simpatías hacia Moscú- que serían el siguiente objetivo a derribar, pues constituían la amenaza geopolítica en la periferia: se entró a sangre y fuego en África, que por fin levantaba la cabeza gracias a movimientos de liberación nacional de bases marxistas como el caso mozambiqueño, para hundirla de nuevo en el hambre y la muerte gracias a las guerrillas paramilitares. América Latina vio caer uno a uno a sus líderes revolucionarios, bien en curiosos accidentes aéreos, en la selva boliviana, obien acribillados a balas en el Palacio de La Moneda por una insurgencia armada desde Washington.  Y a finales de los 80, mientras Yeltsinliquidaba la Unión Soviética haciéndose muy gustosamente el harakiri para poder seguir bebiendo vodka en alguna buena finca patrocinio de los demócratas, llegó la fragmentación y destrucción de Yugoslavia, y las intervenciones en Oriente Medio. Si en Polonia sirvieron los sindicalistas, si en Praga los estudiantes, en Belgrado sólo hubo que alimentar a los nacionalistas, en Ruanda, construir una narrativa de odio étnico teledirigida desde las ex colonias, y en Afganistán se entró con los muyahidines –sí, esos tan amigos de Reagan y Bush padre, que hoy masacran Afganistán, y también Siria-.  

 

¿He dicho Siria? Sí. Porque al final todo está conectado. Las guerras, como dice Nazarin Armanian, son, además de asesinas de la verdad, un enorme negocio: eso antes que nada. ¿Qué es sino el capitalismo? un sistema basado en acaparar vorazmente toda riqueza, ya sea natural, económica, social o humana.  

 

Las narrativas históricas de los vencedores han construido un discurso en torno a una Europa del Este castigada por el socialismo y rescatada por las democracias, una historia ideologizada que busca perpetuar el dominio de los que se reúnen cada año en Davos a decidir los designios de la Tierra. Son esas mismas narrativas las que nos hablan de la Guerra Civil española como una guerra “de hermanos contra hermanos” y no como un ataque fascista y genocida a un régimen político de progreso social, la República, que fue clave en la Historia europea y en la época. Cuidémonos de la Historia y de la Geografía, amigos concejales de la izquierda, cuidémonos del todo vale y del discurso de las heridas cerradas, cuidémonos ceder ante los que quieren reescribir la historia dejándonos en los márgenes. Cuidémonos de gobernar para la derecha. 

 

 

Porque los Derechos Humanos en Hungría no son un problema que se solucione con una de esas horribles estatuas de figuras moribundas, que abundan en Praga y Budapest, apelando a no sé qué caídos por la libertad de hace 70 años que a nadie sentado en ese pleno le importaron nunca. Los Derechos Humanos no se conquistan con monumentos, sino visibilizando y actuando contra la injusticia social.

 

Me preocupan más, perdónenme, no las víctimas del 56, sino las de ahora, las que sufrieron las agresiones de grupos de ultraderecha húngaros cuando buscaban asilo en Europa, los que zancadillearon en la frontera. 

 

Me preocupa más el parlamento Húngaro, con una cámara que ha tenido holgada mayoría de derecha y extrema derecha, si es que hubiera diferencia entre ambas. No deja de ser curioso que en la declaración de la Embajada húngara se agradezca al Régimen franquista haber sido la única potencia que ofreció apoyo militar al golpe del 56, con su patético intento de montar una especie de nueva División Azul y que no pudo enviar finalmente por falta de medios técnicos. No hace falta sino un paseíto por Budapest para comprobar que allí los ultras brotan como champiñones, y muy altos, por cierto.  

 

Me preocupa más que un miembro de la UE como Hungría –o Eslovaquia, o Polonia– se pase por el forro todo el acervo legislativo comunitario y eche a patadas a los refugiados de una guerra como la que ellos sufrieron en carnes 70 años atrás.  

 

Me preocupa que uno de esos exiliados de buena familia, el señor George Soros, financie y controle todo el tejido universitario y estudiantil de la élite académica del país, siendo un patrocinador ideológico del libre mercado y el neoliberalismo y anticomunismo más visceral, y también paganini del Maidán ucraniano o las revueltas de colores teledirigidas en el espacio postsoviético y con consencuencias que al final, ha pagado el pueblo.

 

Me preocupa la altísima cifra de mujeres tratadas y víctimas de violencia contra la mujer en Hungría, el retroceso enorme en sus derechos, el papel de la mujer en la sociedad húngara. 

 

Me preocupa la violencia contra la población romaní, la quema de aldeas, las palizas, la organización civil en torno a ideologías xenófobas alentadas por el poder. 

 

Todo eso me preocupa, fíjense, más que una estatua en una ciudad a 2570 kilómetros de Budapest. Cuídense, amigas y amigos concejales, de bailar el agua a la desmemoria y rebajar los discursos políticos hasta la vacuidad. Porque al final cualquier tiempo pasado va a parecernos mejor. 

 

 

 

 

 

 

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