Tres mil mujeres han recibido en Valladolid asistencia por malos tratos y agresiones

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Rocío usa un nombre falso. Hace veinte años inauguró la Casa de Acogida para Mujeres Maltratadas de Valladolid, pero todavía prefiere no revelar su identidad. Su marido la rompió la pierna, la pateó, la destrozó el estómago, la humilló y la obligó a abortar un hijo que deseaba, entre otras brutalidades. Las heridas físicas hace tiempo que sanaron y cicatrizaron, pero las morales, no. Hace tres años acudió a la Asociación de Ayuda a las Víctimas de Agresiones Sexuales y Malos Tratos de Valladolid (Adavasymt) para ofrecerse como voluntaria. Pero cuando la trabajadora social la escuchó, prefirió incluirla en sus programas de atención psicológica. «Yo no era consciente, pero ellas se dieron cuenta de que estaba hecha polvo», recuerda. «Me dijeron: Espera un poco que tú todavía necesitas más ayuda que otras». Hoy, más recuperada, sí colabora como voluntaria, y acude a colegios a dar charlas y conferencias. Pero aún hoy afloran las vivencias, las lágrimas y una infinita rabia. Concentración contra los malos tratos en Fuente Dorada. .

Rocío es una de las 2.766 mujeres que Adavasymt ha atendido en sus 21 años de historia, desde que en 1994 surgió al calor de la indignación por los asesinatos de Leticia Lebrato y Olga Sangrador. Rocío lo tiene claro: «El maltrato psicológico es el que de verdad cuenta. Es lo más importante. Los golpes, las piernas rotas y las palizas se me curaron, pero lo que aún tengo dentro es lo otro. Han pasado 20 años y de vez en cuando mis recuerdos vuelven y me rompo. Todavía estoy aprendiendo a vivir con aquello», asegura esta extremeña de 58 años.

Los daños psíquicos, los abusos, las humillaciones y vejaciones morales… son el mínimo común denominador de las situaciones de maltrato. Luego, además, puede darse la agresión física, más o menos grave, pero lo otro está siempre presente. Lo explica Patricia Velasco, trabajadora social de la asociación, quien aclara que solo el 30% de las mujeres atendidas lo son por situaciones que incluyen agresiones físicas.

Los daños psicológicos están reconocidos como violencia de género por la ley, pero conseguir condenas para ese tipo de comportamientos no resulta sencillo. En ausencia de una prueba objetiva de agresión, los jueces tienden a desestimar las denuncias por la dificultad de acreditar su veracidad. Probablemente no ayude la amplísima casuística de situaciones que la propia ley recoge como maltrato psíquico –el insulto a la mujer ya se reconoce como tal– ni la dificultad de diferenciar, con testimonios contrapuestos, entre una situación de violencia machista y las trifulcas propias de una convivencia deteriorada.

La psicóloga Maribel Barrero, colaboradora de Adavasymt, cree que sí es posible discernir, que es una cuestión de voluntad y trabajo. «No es tan difícil. Se pueden realizar muchas pruebas periciales. Solo hay que poner interés y entender qué ocurre. No es justo que por ir con un moratón una denuncia judicial vaya adelante y, en cambio, otra de una mujer que lleva veinte años anulada por su pareja no prospere», lamenta.

Situación y contexto

Barrero reconoce que hay situaciones que pueden inducir a confusión, pero cree que las fronteras que separan el maltrato psíquico de otro tipo de conflictos son claras. «La diferencia entre una mala relación y una situación de maltrato es que en el primer caso los insultos y la desvalorización del otro se producen de igual a igual, mientras que en el segundo hay una posición de superioridad de una parte sobre la otra», explica. «Un insulto por sí solo no es prueba de maltrato. Hay que ver la situación y el contexto», añade. Y aporta algunos indicios: que el marido no deje relacionarse a su pareja con otras personas, que le controle los gastos, que utilice el chantaje emocional para obligarla a actuar conforme a sus deseos y contra su voluntad, que la mujer tenga una baja autoestima y una gran dependencia emocional…

Pero no siempre debe ser tan sencillo de discernir, como la propia historia personal de Rocío acredita. Ella, que llegaba a acuerdos con los tenderos para sisarle dinero a su marido «con el fin de poder comprarle zapatos a mis hijos, porque no me daba nada», ha tenido que asumir que ellos tomaran partido por el padre. De hecho, con dos aún hoy no se habla. «Los hijos veían en casa que el que se quejaba y lloraba era él. Era la víctima».

Una de cada siete víctimas son menores de 25 años

Adavasymt atendió el año pasado a 207 mujeres, de las que el 89% eran de nacionalidad española y la mayoría, el 29%, se situaban entre los 35 y los 44 años. Pero si algo llama la atención del trabajo de la asociación es que una de cada siete víctimas eran menores de 25 años. En este sentido, la presidenta de Adavasymt, Conchi Minayo, explica que «cada vez son más» las adolescentes que acuden a sus charlas y la trabajadora social Patricia Velasco aclara que «suelen ser chicas que afrontan su primera relación de pareja y que interpretan el afán de control de ellos –horarios, uso de las redes sociales…– como un signo de amor».

 

Algo menos brutal fue la experiencia de Alicia, una vallisoletana de 40 años y con una niña pequeña a su cargo. Hace nueve se separó de su pareja y afrontó con el apoyo del colectivo el reto de recomponerse de las heridas psíquicas sufridas. Alicia nunca denunció el maltrato psicológico que le infringió su pareja, pero su relato no deja lugar a dudas. La insultaba, la menospreciaba, boicoteaba sus relaciones sociales, vigilaba sus conversaciones telefónicas… «Me aisló como persona», recuerda. «Incluso dudé en separarme porque llegué a pensar que ninguna otra persona iba a querer estar conmigo».

Autoestima

La ayuda a Alicia consistió, sobre todo, en devolverla la autoestima y en capacitarla para que pudiera valerse por sí misma. «Te enseñan a decir que no, y a saber defenderte, porque llega un momento en el que no sabes ni quién eres, ni qué es lo que aspiras a hacer con tu vida».

Y es que el problema de estas mujeres no se limita a sus parejas, sino que, al final, «repercute en el resto de sus relaciones», explica Maribel Barrero. En Adavasymt las ayudan a adquirir fuerza personal para tomar sus decisiones. «Siempre respetamos lo que las mujeres deciden, independientemente de que opten por denunciar, separarse o continuar viviendo con sus parejas».

Con todo, Barrero advierte que no siempre es suficiente con separarse. «Es muy habitual que, como mínimo el primer año, tras la separación las mujeres sean víctimas de acoso por parte de sus ex parejas». Eso sí, en contra de lo que pudiera pensarse, «que la expareja rehaga su vida con otra mujer no es ninguna garantía de que cese el acoso». El sentido de posesión es lo que tiene; no se conforma con nada.

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