Introducción
En este quinto capítulo, Marx hace un análisis de las diferentes etapas de la organización de la resistencia guerrillera contra los ejércitos napoleónicos y de la relación de estas etapas con la evolución de la dirección política de la resistencia a la invasión.
Marx a diferencia de Engels no era un gran analista militar, quizás es por ello que sin dejar de describir la importancia del movimiento guerrillero en la resistencia militar y política a la invasión, acentúa excesivamente los aspectos negativos de las fases últimas de la guerrilla.
Sin embargo señala con mucho acierto las tendencias futuras del ejército regular español.
Luis Ocampo
Castilla a 20 de diciembre de 2005
Karl Marx
New York Daily Tribune, 30 de octubre de 1854
La Junta Central fracasó en la defensa de su país porque fracasó en su misión revolucionaria. Consciente como era de su propia debilidad, de la inestable sustancia de su poder y de su extrema impopularidad, ¿cómo podía intentar resolver las rivalidades, envidias y arrogantes pretensiones de sus generales, fenómenos comunes a todas las épocas revolucionarias, sino por medio de trucos indignos y de mezquitas intrigas? Paralizada como estuvo por constantes temor y sospechas respecto de sus propios jefes militares, podemos prestar fe al testimonio de Wellington, que escribía a su hermano, el marqués de Wellesley, con fecha de 1 de septiembre de 1809:
Tengo mucho temor por lo que he visto en los procedimientos de la Junta Central, pues en la distribución de sus fuerzas no considera tanto la defensa y las operaciones militares cuanto la intriga política y la consecución de triviales objetivos políticos.
En tiempos revolucionarios, cuando se relajan todos los lazos de la subordinación, la disciplina militar no puede ser restablecida sino por el severo peso de la disciplina sobre los generales. Al no poder la Junta Central, por su incongruente naturaleza, realizar nunca con éxito la supervisión de sus generales, los generales fracasaron a su vez en el intento de conseguir la obediencia de sus soldados y la guerra terminó sin que el ejército español llegara a conseguir un grado aceptable de disciplina y subordinación. Esa insubordinación era además agudizada por la falta de víveres, ropas y la demás cosas materialmente necesitadas por un ejército – pues la moral de un ejército, para usar la expresión de Napoleón, depende siempre de su situación material-. La Junta Central fue incapaz de proveer con regularidad al ejército, pues para ello no bastaban los manifiesto del pobre poeta Quintana; por otra parte, para dar fuerza coactiva a sus disposiciones la Junta habría tenido que recurrir a las mismas medidas revolucionarias que había condenado en las provincias. Pero el alistamiento general sin respetar privilegios ni exenciones y la posibilidad garantizada a todos los españoles de obtener cualquier grado en el ejercito fueron obra de las juntas provinciales y no de la Junta Central. Ahora bien, si las derrotas de los ejércitos españoles fueron así provocadas por las nulidades contrarrevolucionarias de la Junta Central, esos desastres a su vez deprimieron todavía más al gobierno, y al hacerle objeto del desprecio y las sospechas populares aumentaron su dependencia respecto de jefes militares presuntuosos e incapaces.
El ejército regular español, por más que derrotado en todas partes, seguía no obstante presentándose también en todas. Disperso más de veinte veces, fue siempre capaz de volver a hacer frente al enemigo, y reapareció a menudo después de una derrota con más efectivos que antes. Era completamente inútil derrotarlo, porque gracias a su rápida huida su pérdida en hombres era generalmente reducida y la pérdida de terreno no le desanimaba en absoluto. Retirándose desordenadamente a las sierras, estaba seguro de volver a reunirse y reaparecer cuando menos esperado fuera, robustecido con nuevos refuerzos y capaz, si no de resistir a los ejércitos franceses, si por lo menos de envolverlos en un continuo movimiento y de obligarlos a dividir sus fuerzas. Más afortunados que los rusos, los españoles no se vieron obligados a morir para intentar escapar de la muerte. La desastrosa batalla de Ocaña, el 19 de noviembre de 1809, fue la ultima gran batalla en campo abierto librada por los españoles; desde ese momento se limitaron a la guerra de guerrillas. El mero hecho de ese abandono de la guerra regular prueba la desaparición del gobierno nacional ante los centros de gobierno local. Cuando los desastres del ejército regular se repitieron, se generalizó el paso a la guerrilla, y la masa del pueblo, deprimida por las derrotas nacionales, se entusiasmó con los éxitos locales de sus héroes. En este punto por lo menos la Junta Central compartió las ilusiones populares : la Gaceta dio información más completa de cualquier hecho de guerrilla que de la batalla de Ocaña.
Igual que don Quijote protestaba con su lanza contra las armas de fuego, así se enfrentaron las guerrillas con Napoleón, pero con otro resultado. Esas guerrillas, dice el Diario Militar Austríaco (vol.1, 1821), llevan sus bases de operaciones consigo mismas, y toda operación contra ellas termina con la desaparición del objetivo Hay que distinguir tres períodos, en la historia de la guerrilla. En el primer período tomó las armas la población de provincias enteras y se lanzó a la guerrilla como en Galicia y en Asturias. En el segundo período guerrillas constituidas por los restos de los ejércitos españoles, por desertores españoles de los ejércitos franceses, contrabandistas, etc., continuaron la guerra como asunto propio, independientemente de toda ajena disciplina y en función de su inmediato interés. Hechos y circunstancias afortunados colocaron frecuentemente regiones enteras bajo su poder. Mientras las guerrillas fueron de este tipo no tuvieron nunca una envergadura temible ni verdadera compacidad, pero fueron sin embargo peligrosísimas para los franceses. Fueron además la base para que el pueblo se armara. Tan pronto como se ofrecía la oportunidad de una captura importante o se planeaba una empresa de envergadura, la parte más activa y audaz del pueblo se sumaba a las guerrillas. Caían sobre su presa con la mayor rapidez o se colocaban en orden de batalla, segun la naturaleza de su empresa. No era infrecuente verlos inmóviles un día entero a la vista del vigilante enemigo para interceptar un correo o capturar víveres. Así capturó el joven Mina al virrey de Navarra nombrado por José Bonaparte, y el guerrillero Julián al comandante de Ciudad Rodrigo. Tan pronto concluía la empresa, cada cual tomaba su propio camino, y pronto se encontraban hombres armados en todas direcciones; los campesinos asociados a las guerrillas volvían tranquilamente a su ocupación habitual apenas había sido denunciada su ausencia. Estaban cortadas las comunicaciones por todas las carreteras. Miles de enemigos estaban acecho sin que ni uno solo pudiera ser descubierto. No se despachaba un correo que no fuera capturado, ni se enviaban suministros que no fueran interceptados; en pocas palabras, cualquier movimiento era espiado por cientos de ojos. Al mismo tiempo, no existían medios para combatir radicalmente ese tipo de resistencia. Los franceses se veían obligados a estar constantemente armados contra un enemigo que en cada momento huía y reaparecía, presente en todas partes y siempre invisible tras el telón de las montañas. No fueron – dice el abbe de Pradt- batallas ni choques lo que agotó al ejército francés, sino el continuo acoso de un enemigo invisible que al ser perseguido desaparecía disolviéndose en el pueblo, para reaparecer inmediatamente con renovada energía. el león atormentado hasta la muerte por el mosquito de la fábula proporciona un buen cuadro de la situación del ejército francés
En su tercer período las guerrillas afectaron la organización de un ejército regular, hincharon sus unidades hasta los 3.000 – 6.000 hombres y dejaron de ser asunto de la población entera para caer en manos de unos cuantos caudillos que las utilizaron segun convino a sus propios intereses. Esta modificación del sistema guerrillero dio al francés grandes ventajas en la lucha. Imposibilitadas ahora por sus considerables efectivos de hacer lo que habían practicado antes -esconderse y desaparecer subitamente sin verse obligados a entablar batalla abierta- los guerrilleros fueron frecuentemente alcanzados y fijados, derrotados, dispersos e imposibilitados de actuar durante cierto tiempo.
Comparando los tres períodos de la guerrilla con la historia política de España, se descubre que se corresponden con los respectivos grados en que el espíritu contrarrevolucionario del gobierno consiguió enfriar el estado de ánimo del pueblo. Empezada con el levantamiento de poblaciones enteras, la guerra guerrillera fue luego realizada por bandas cuya reserva estaba constituida por aquellas mismas poblaciones, y terminó siéndolo por corps francs siempre a punto de atrofiarse en partidas de bandidos o de hundirse hasta el nivel de regimientos regulares.
Lejanía del gobierno, relajamiento de la disciplina, desastres continuos y constante formación, descomposición y reconstrucción de los cuadros durante seis años tienen por fuerza que haber impreso en el cuerpo del ejército español el carácter del pretorianismo, haciéndolo indiferentemente capaz de convertirse en instrumento o en látigo de sus jefes. Por lo que hace a los mismos generales, su situación consistió necesariamente en una de éstas: ser miembros de la Junta Central, querellarse con ella o conspirar contra ella; y constantemente lanzaron a la balanza política el peso de su espada. Así por ejemplo, Cuesta, que parece haber conquistado más tarde la confianza de la Junta Central en la medida en que perdía batallas, empezó conspirando con el Consejo Real y arrestando a los diputados de León a la Junta Central. También el general Morla, miembro de la Junta Central, se pasó al campo bonapartista después de haber entregado Madrid a los franceses. El mequetrefe del marqués de romerías, miembro también de la Junta, conspiró contra ella con el fatuo Francisco Palafox, el miserable Montijo y la turbulenta Junta de Sevilla. Los generales Castaños, Blake, La Bisbal (O’Donell) figuraron e intrigaron como regentes en tiempos de las Cortes, y el capitán general de Valencia, don Javier Elío, entregó finalmente España a merced de Fernando VII. El elemento pretoriano estaba sin duda más desarrollado entre los generales que entre sus tropas.
Por otra parte, el ejército y los guerrilleros -que durante la guerra recibieron parte de sus jefes, como Porlier, Lacy, Eroles y Villacampa, de las filas de la oficialidad de línea más distinguida, mientras las unidades de línea recibían más tarde jefes guerrilleros, como Mina, el Empecinado, etc.- eran el sector más revolucionarios de la sociedad española, reclutado de todas las clases sociales, incorporando en si toda la juventud patriótica, valerosa y llena de aspiraciones, y cerrándose inaccesiblemente a la soporífera influencia del gobierno central; ambos grupos se habían emancipado de las trabas del gobierno central, y algunos de sus elementos, como Riego, volvían a España después de años de cautiverio en Francia. No debe pues sorprendernos la influencia ejercida por el ejército español en ulteriores conmociones, tanto tomando la iniciativa revolucionaria cuanto echando a perder la revolución con su pretorianismo.
Por lo que hace a las guerrillas, es evidente que, tras haber figurado varios años en el escenario de aquellas sangrientas luchas, adquirido sus hábitos de vagabundeo, libremente entregadas a todas sus pasiones de odios, venganza y bandidismo, tienen que constituir en tiempo de paz un peligrosísimo elemento, siempre dispuesto a pronunciarse a la menor indicación, en nombre de un partido o principio, a echarse adelante al servicio de quien sea capaz de garantizar buena paga o de ofrecer un pretexto de incursiones y saqueos