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Editorial
Juzgando a la víctima
Martes, 21 de Noviembre de 2017 12:22

 En todo el procedimiento que estos días está en su fase de juicio oral sobre el caso de la joven madrileña de 18 años que en los Sanfermines de 2016 sufrió una violación grupal por la autodenominada “Manada”, se están poniendo de manifiesto una buena parte de los sesgos existentes en el aparato judicial en relación con la violencia de género, sesgos también existentes en otros muchos temas; la incapacidad de la mayoría de los medios de comunicación para abordar, desde una óptica civilizada, esta problemática; y, por supuesto, el embrutecimiento de una parte de la población que no asume el derecho a decidir de las mujeres, como tampoco entienden otras dimensiones del derecho a decidir. No son matemáticamente los mismos, pero salen todos de ese núcleo social reaccionario, sin respeto alguno por los derechos civiles y políticos.

 

Existe también, y con gran fuerza, un amplio sector social conformado y dirigido especialmente por las mujeres, cada vez más empoderado, que exige en la calle y en todos los ámbitos todos los derechos; entre ellos, el derecho a decidir sobre sí mismas.


 Cuando ocurrieron los hechos en julio de 2016 parecía que estaba todo claro: había sido una violación grupal, con todo lo de brutalidad física y moral que conlleva. Y además grabada a través de los móviles de los propios agresores para ser distribuida posteriormente en su grupo de WhatsApp. Exactamente igual que en una cacería, que al fin y al cabo es de lo que se trataba. O de una agresión de bandas nazis, que siguen similares procedimientos.


Han pasado unos cuantos meses, suficientes para que las defensas de los cinco acusados -entre los que hay un guardia civil y un soldado profesional- desarrollaran la clásica idea de que no hay mejor defensa que un ataque. El objetivo de ello es dinamitar una de las líneas que delimitan lo que es una violación de una relación consentida. Dice la defensa de los acusados que no hubo rechazo explícito a la violación grupal. ¿Cómo se puede ser tan anormal? Imaginemos que una persona que ha sido torturada en un cuartelillo o en una comisaría, al denunciar estas torturas se le achaca que no expresó su rechazo u opuso resistencia a tales prácticas. ¿Qué resistencia puede ofrecer una chica de 18 años ante un grupo de cinco hombres entre 25 y 30, previamente organizados para tal fin y entre los que había un guardia civil y un soldado profesional?

 

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