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Opiáceos, la otra guerra de Trump PDF Imprimir E-mail
Escrito por La Vanguardia   
Martes, 29 de Agosto de 2017 11:19

Donald Trump dijo: “Gané en New Hampshire porque New Hampshire es una guarida infestada de drogadictos”. Así consta en la transcripción de la conversación telefónica que mantuvo con su homólogo mexicano, Enrique Peña Nieto, el pasado enero, al poco de tomar posesión.

Hay que hacer matices.Trump logró en ese estado su primera victoria en las primarias republicanas. Sin embargo, en las elecciones perdió frente a Hillary Clinton.

Habrá que ver qué aprendió de ese asunto que certificó en Nuevo Hampshire. Entre su provocación bélica del “fuego y furia” que le dedicó a Corea del Norte y su complacencia con los neonazis tras la tragedia de Charlottesville, el presidente Trump también declaró este agosto el estado de emergencia nacional por la epidemia del uso de opiáceos y los muertos que se registran por sobredosis.

Las muertes por heroína y fármacos derivados superan cualquier otra causa

Estados Unidos se halla inmerso en una descomunal crisis de salud pública cuando, impulsados por el presidente, los legisladores tratan de sacar adelante una reforma sanitaria que destrone al llamado Obamacare y, como daño colateral, rebaje las partidas que se podrían destinar a esta situación de emergencia. Precisamente, el estado de emergencia supone destinar más recursos e introducir medidas de atención a los enfermos.

Las cifras son de alama. El informe de la comisión nombrada por la Casa Blanca para combatir la drogadicción y la crisis de los opiáceos resulta estremecedor. Después de subrayar que “nuestra nación está en shock”, el documento retrata la magnitud del desastre.

“A partir de los datos más recientes, se estima que 142 personas fallecen a diario por sobredosis. Nuestros ciudadanos están muriendo. Debemos actuar con valentía. La epidemia del opio carece de paralelismo”. Esa cifra significa que, cada tres semanas, el peaje de víctimas mortales es equivalente a un nuevo 11-S, ilustra el estudio.

Prosigue en el estremecimiento. “Los ciudadanos medios se quedarán asombrados al saber que esta circunstancia causa ahora más defunciones que los homicidios con pistolas y los accidentes de coche, combinados”. Recuerda que, entre 1999 y 2015, se registraron más de 560.000 fallecidos por sobredosis, que “es más que toda la población de Atlanta”.

Cada día mueren 142 personas por opiáceos en Estados Unidos, el país que más consume

En el 2015 se contaron 52.000 defunciones, mientras que en el 2016 se produjo un incremento de entorno al 20% para situarse en la barrera de las 60.000. Otra instantánea. Sólo el pasado año se contaron tantas bajas en Estados Unidos como en toda la guerra de Vietnam.

“En el 2015 –señala el informe– dos terceras partes de las sobredosis se vinculan a opiáceos como Percocet, OxyContin, heroína y fentanilo. Esta es una epidemia que afrontamos por una siniestra realidad. Los americanos consumen más opiáceos que ningún otro país en el mundo. En el 2015, la cantidad de prescripciones en EE.UU. fue suficientes para que cada ciudadano fuera medicado las veinticuatro horas durante tres semanas”.

Bajo el concepto opiáceo, según el National Institute of Drugs Abuse de EE.UU. se incluye la heroína ilegal, drogas sintéticas como el fentanilo o analgésicos para el dolor disponibles por prescripción como oxicodona, morfina, codeína y otros fármacos.

Ahí reside una de las principales razones que han llevado a esta situación. Ha habido un masivo incremento en las prescripciones médicas, a pesar de que los análisis demuestran que no se ha producido un cambio al alza en el “dolor” que dicen sufrir los ciudadanos.

La comisión señala que desde 1999 se han cuadriplicado las recetas para atenuar el daño durante el mismo periodo en que las sobredosis se han disparado. Aunque algunas de estas prescripciones puedan ser fraudulentas, la mayoría no lo son. Existen estadísticas en las que se vaticina que habrá 650.000 muertos en el país por esta causa en los próximos diez años.

“Tenemos un enorme problema que a menudo no se inicia en la esquina de una calle, sino que empieza en la consulta de un médico o en los hospitales en cada estado de nuestro país”, subraya el informe.

Esta circunstancia ha derivado en una cuadratura del círculo. Sigue las pautas inversas a lo que se estableció para la lucha contra el tabaco. En Nueva York, por ejemplo, los cigarrillos se encarecieron al subirse los impuestos y se prohibió fumar en espacios públicos, incluidos los parques. A su vez, se hicieron más accesibles las alternativas, como los parches de nicotina o los chicles.

Con los opiáceos ha sucedido todo lo contrario. Desde los años noventa, el sistema sanitario, impulsado por las farmacéuticas, se ha inundado de analgésicos para el dolor. A su vez, el mercado ilegal se ha llenado de heroína, en buena parte debido a que mucha gente, convertida a la adicción dentro del sistema, ha ido en busca de ese producto alternativo al no recibir más recetas médicas o ir a experimentar con sustancias más fuertes.

Mientras tanto, ha habido más bien poca atención para inscribir a los enganchados en terapias de desintoxicación. Según un informe oficial del Departamento de Sanidad, sólo un 10% de los que abusan de las drogas consiguieron un tratamiento especial en el 2016. Ese informe atribuye el bajo porcentaje en la atención sanitaria a que, con muchas áreas del país que no disponen de opciones asequibles, esto puede originar largos periodos de espera, incluso meses, para recibir ayuda.

Al presidente no parece preocuparle esta senda, o nada más que la mitad de la ecuación. Cuando anunció la emergencia nacional, Donald Trump centró el problema en una cuestión de “ley y orden” que tanto le entusiasma. “Trabajamos con las fuerzas de seguridad para proteger a ciudadanos inocentes de los traficantes que envenenan nuestras comunidades”, afirmó.

Por supuesto, los malos son los chinos, por fabricar drogas sintéticas, “la frontera del sur”. Su otra línea argumental consistió en aconsejar. “La mejor manera de prevenir el consumo y la sobredosis es prevenir sobre ese consumo. Si la gente no empieza, no habrá problemas. Una vez que entra, entonces es difícil sacarla”, razonó.

Diversos expertos inciden en que este consejo parece un tanto inapropiado, al menos a la luz de lo que concluye la comisión que él propició, ya que, dada la epidemiología de esta crisis, a la primera persona que muchos adictos deberían decirle no es al propio proveedor del cuidado sanitario.

Fiscales generales de no pocos estados (equivalentes al ministro o consejero de justicia), entre los que figuran algunos republicanos, han planteado que los fabricantes de opiáceos deberían ser demandados, a la manera que se hizo contra las tabaqueras, como culpables legales de parte de esta crisis.

De hecho, como remarcó Tom Price, secretario del Departamento de Sanidad y Recursos Humanos, están en marcha un par de demandas. “En la administración no hemos tomado una posición respecto a estas demandas, pero claramente han captado la atención de las compañías farmacéuticas”, apostilló.

Los sectores médicos que trabajan en la prevención y cuidado de las sobredosis aportan otras sugerencias. “Una amplia mayoría de muertes por opiáceos pueden ser evitadas si la personas que padecen el espasmo recibe naloxona (antagonista de los receptores opioides), que es segura, fácil, relativamente barata y que ha tenido éxito al revertir miles de sobredosis”, sugirieron Megan Mclemore, de Human Rigths Watch, y Corey Davis, abogada de la National Health Law Program, en un artículo en The New York Times.

El epidemiólogo Alex Kral, uno de los dirigentes de RTI Internacional, organización sin ánimo de lucro, apuesta por la implantación de lo que en Barcelona se conocen como narcosalas. “Los lugares de inyección supervisada son una evidente estrategia de reducción de daños que se debería considerar introducir en Estados Unidos”, afirmó.

Como escribió Chris McGreal en The Guardian, “la crisis americana de los opiáceos está causada por rapaces compañías farmacéuticas, políticos que se confabularon con los reguladores, quienes aprobaron una pastilla detrás de otra”. Y concluyó: no culpes al drogadicto.

 
 

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