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Reconocemos el abuso cuando lo vemos, a menos que sean las mujeres las maltratadas PDF Imprimir E-mail
Escrito por tribuna feminista   
Jueves, 11 de Mayo de 2017 12:38


Todo el mundo quedó horrorizado por el modo en que se trató a David Dao en el vuelo 3411 de United. ¿Cuándo reaccionarán frente al abuso de las mujeres en la pornografía?

David Dao tuvo una conmoción cerebral, una fractura de nariz y perdió dos dientes tras ser echado violentamente del vuelo de United 3411.

Recientemente, noté que mucha gente compartía por Facebook la respuesta de Andrea Dworkin a la pregunta: “¿Puede explicar por qué se opone tanto a la pornografía?” Y su respuesta fue la siguiente: “Me resulta extraño que eso requiera una explicación. Los hombres crearon toda una industria con imágenes, tanto en movimiento como fijas, que retratan la tortura a las mujeres”.

Se comparte aún más el horrible vídeo del Dr. David Dao siendo agredido y tratado brutalmente, mientras lo echan de un vuelo de United, con sangre en la boca, gritando: “Mátenme de una vez”. El CEO de United empeoró todavía más la pesadilla para los encargados de relaciones públicas con su disculpa inicial, en la que explicaba que había tenido que “reubicar a los clientes”.

Haciendo uso del mecanismo humano básico de la empatía, hubo personas de todas partes que acudieron a las redes sociales para expresar su indignación por las imágenes de la violencia que padeció ese hombre y por el modo en que United trató de hacerlo pasar por un incidente desafortunado ocasionado por una sobreventa de pasajes. Tengamos en cuenta que no fue necesario contar con cientos de estudios académicos revisados ni se tuvo que realizar ningún estudio por encargo del gobierno que nos explicara que lo que le sucedió a Dao fue violento, traumático e inhumano.

La gente vio el vídeo, se puso a sí misma en el lugar de Dao y llegó a la sensata conclusión de que lo que veía era un acto de brutalidad desalmada que es inaceptable en la sociedad civil.

La gente vio el vídeo, se puso a sí misma en el lugar de Dao y llegó a la sensata conclusión de que lo que veía era un acto de brutalidad desalmada que es inaceptable en la sociedad civil. A Andrea Dworkin no le habría resultado extraña nuestra empatía porque, a pesar de su tristeza e ira ante la crueldad en el mundo, ella siempre tuvo fe en la capacidad de las personas para hacer lo correcto.

Lo que sí es extraño, sin embargo, es que no haya ninguna protesta pública hacia la pornografía. Si uno ingresa la palabra “pornografía” en Google, en 10 segundos aparecerán imágenes que son tan violentas, tan brutales, tan deshumanizantes que lo dejan a uno sin aliento. Aparecen personas siendo violadas, torturadas, estranguladas, golpeadas, electrocutadas y destruidas físicamente al punto tal que muchas deben estar pensando: “Mátenme de una vez”.

¿Por qué no se les exige a las compañías que producen esa brutalidad que se disculpen? Porque esas personas son mujeres y cuando las mujeres reciben un trato brutal en nombre del sexo, la violencia se vuelve invisible.

¿Por qué no hay indignación? ¿Por qué no se les exige a las compañías que producen esa brutalidad que se disculpen? Porque esas personas son mujeres y cuando las mujeres reciben un trato brutal en nombre del sexo, la violencia se vuelve invisible. Mientras sea semen, no sangre, lo que chorree por su boca (y en general también por todos los demás orificios) y ella diga “penétrame” mientras hace una mueca, llore y a veces grite de dolor, pareciera, según señala Dworkin, que la gente necesita una explicación respecto de por qué esta brutalidad en particular no es aceptable.

Entonces las feministas radicales comenzaron a explicar, en un lenguaje muy claro, por qué la pornografía es violencia contra las mujeres. Hablaron de los modos en que las mujeres eran degradadas y desvalorizadas en la pornografía. Hablaron de cómo la pornografía, de hecho, era una documentación de la tortura y, por lo tanto, una violación a los derechos civiles de las mujeres.

Entonces las feministas radicales comenzaron a explicar, en un lenguaje muy claro, cómo la pornografía, de hecho, era una documentación de la tortura y, por lo tanto, una violación a los derechos civiles de las mujeres.

Yo comenzaba a aprender sobre el feminismo en la década de 1980 y vi la primera presentación contra la pornografía en esos años. Ver esas imágenes fue un punto de quiebre en mi vida. No podía creer lo que veía. ¿Cómo era posible que los hombres les hicieran eso a las mujeres y que les resultara excitante? ¿Cómo podía suceder eso en una sociedad civil? ¿Cómo era posible que eso fuera una industria multimillonaria? ¡¿Cómo?! Al irme de la presentación, me sentí asqueada, enfurecida y desesperanzada. Algo similar sentí cuando vi cómo arrastraban al Dr. Dao para sacarlo del avión.

Mientras escribo esto, sigo las noticias sobre lo que todos sabemos que probablemente se convertirá en una demanda multimillonaria contra United y espero ver a cuántos altos ejecutivos de United los obligarán a renunciar. Espero que el Dr. Dao termine enriqueciéndose con esto, no sólo porque se lo merece, sino porque ése sería un modo de expresar, en una economía capitalista, que el dolor sí importa.

Tendremos que esperar mucho tiempo más para una demanda multimillonaria contra la industria de la pornografía porque creemos, como sociedad, que el dolor de la mujer no importa.

Tendremos que esperar mucho tiempo más para una demanda multimillonaria contra la industria de la pornografía porque creemos, como sociedad, que el dolor de la mujer no importa. De hecho, en la pornografía, el dolor de la mujer hace que las erecciones sean más grandes y duras.

Actualmente, la pornografía predominante en Internet -hoy una industria que pasó de ser multimillonaria a multibillonaria- hace que la pornografía que vi en la década de 1980 sea blanda. El nivel de violencia que padece una mujer en el set de un film pornográfico es similar a lo que eufemísticamente se llamó “técnicas mejoradas de interrogación”. Si eso le sucediera a los hombres, se lo vería por lo que es y nos preguntaríamos: “¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible que una industria global construida sobre la tortura a los seres humanos sea calificada como ‘positiva para el sexo’, ‘empoderadora’ y como ‘fantasía inofensiva’?”

La respuesta, por supuesto, es que una mujer no es vista como un ser humano completo. Una mujer es, como dijo Simone de Beauvoir, “sexo… sexo de un modo absoluto, nada menos”. Y ciertamente, nada más. Es por eso que cuando vemos imágenes de un hombre tratado de manera brutal, vemos la brutalidad. Cuando vemos imágenes de mujeres en la pornografía tratadas de manera brutal, la cultura ve sexo. No importa cuántos miles de estudios haya, cuántos volúmenes de testimonios de mujeres sobre los daños de la pornografía o cuántas millones de imágenes que documenten la tortura.

Cuando vemos imágenes de un hombre tratado de manera brutal, vemos la brutalidad. Cuando vemos imágenes de mujeres en la pornografía tratadas de manera brutal, la cultura ve sexo.

Sólo cuando las mujeres sean vistas como seres humanos completos resultará extraño que alguien necesite una explicación respecto de por qué las feministas están en contra de la pornografía. Hasta que eso suceda, debemos organizarnos contra esta industria, ser osadas en nuestro activismo y firmes en nuestro compromiso con el hecho de que las mujeres importan. No descansaremos hasta que los pornógrafos paguen por el dolor que les causaron a las mujeres.

 
 

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