Mercedes Iglesias: Pizarrales, memoria de un esfuerzo

Mercedes Iglesias durante la entrevista / REP. GRÁFICO: CARMEN BORREGO
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“Pizarrales, que se llamaba así porque las casas eran de pizarra, se levantó ilegalmente en un terreno sin agua. Eran gente obrera muy activa en la República, hasta hubo alguien que lo llamó ‘Rusia La Chica’”

El Barrio del Oeste, colorido, comprometido, pleno de calle, es el mejor escenario para Mercedes Iglesias. Ella también es barrio, el suyo, el Pizarrales que evoca en una historia de esfuerzo y reconocimiento. Educadora de calle, generosa dedicación al otro, alegre batalladora, toda sonrisas, luminosa y colorida, Mercedes Iglesias.

Mercedes Iglesias: Empecé en el año 1985 mi trabajo asociativo en los Talleres Municipales de Teatro con Agustín Martín. No sé si os habéis dado cuenta, pero a veces pasa gente por nuestra vida que significa mucho, muchísimo. Yo venía de un barrio como Pizarrales, tenía 26 años, había trabajado en la frutería de mi padre y no tenía estudios. Pero Agustín Martín me enseñó que hay otras formas de aprender en la vida y nunca tendré palabras suficientes para agradecérselo. Toda la gente que estábamos en el Taller éramos gente del barrio, dejábamos nuestros trabajos y hacíamos teatro.

Charo Alonso: ¿Y cómo pasas del teatro al asociacionismo vecinal?

M. I.: A raíz de ahí empecé a trabajar en el Bus Cultural que se hacía en verano. En un autobús que había retirado el Ayuntamiento montaron un proyecto para descentralizar la cultura, porque todo se hacía en el centro y no para la gente de los barrios que estábamos dejados de la mano de Dios. Con ese autobús íbamos por las calles, montábamos una biblioteca, poníamos cine, hacíamos charlas… Se trataba de llevar la cultura a todos los barrios.

Ch.A.: ¿Por qué decías antes “un barrio como Pizarrales”?

M.I.: ¡Es que en Pizarrales todo lo tuvimos que hacer nosotros! No es que no hubiera cultura, por no haber, no había ni agua. Lo que sí había era barro, pero nada más, todo salió de los vecinos: El Centro de Salud, el de los ancianos, el Centro Cultural… Ahí hacíamos talleres artísticos en los bajos de la Caja de Ahorros, donde está ahora el consultorio, anteriormente ubicado donde tenéis vosotros el periódico. Eran los años 1977 o 78 y Pizarrales era un barrio donde la gente no estudiaba, no ‘bajaba’ a la universidad…

Ch.A.: ¿Decíais “bajar”?

M.I.: Sí, a Salamanca se bajaba o se subía de Salamanca a Pizarrales. Había una barrera física, el fielato. Después de la guerra, el fielato era el límite del barrio. Un barrio donde no había agua y la gente iba a los pilones o a las fuentes. El agua llegó en 1965 y fue un empeño de los vecinos que tuvieron que picar las carreteras, hacer las zanjas… Y quien no picaba tenía que poner dinero. Pizarrales es un barrio que se ha hecho a sí mismo, donde la gente ha vivido en la calle y para la calle. La vida se hacía afuera, en la solana, la gente sacaba la ropa a asolanar y luego, la silla baja para sentarse a coser o a hablar. Era el centro cívico la calle, y aunque ahí se hablaba de todo y todo se sabía, también se comentaba quién tenía trabajo y quién sufría necesidad, si el marido de María estaba en paro o si Maruja estaba embarazada.

Ch.A.: ¿Cuál es la historia del nacimiento de Pizarrales?

M.I.: El barrio se hace ilegalmente en el teso de la carretera que va a Villamayor. La gente llegaba como en el oeste, ocupaba la tierra, levantaba la casa y luego venían a echarles. Había una mujer, María La Canaria, que era una heroína, se subía a los tejados para evitar los desalojos, era muy valiente pero en la guerra la metieron presa, la represaliaron, le dieron a beber aceite de ricino…

Ch.A.: Estamos en unos tiempos en los que negamos la historia, por eso es tan importante recordar lo que nos estás contando.

M.I.: A veces olvidamos de dónde venimos y estamos condenados a repetir lo que no recordamos. Cuando llega la democracia, en Pizarrales estaba todo por hacer y los vecinos lo hicieron: los jardines, por ejemplo. Un barrio con mala fama aunque es verdad que el tema del sida y de la droga arrasó. Había que hacer algo, desde dentro, con sentido común porque así hay que hacer el voluntariado, con sentido común, fruto de la gente que creíamos en la causa y queríamos transformar el barrio, el entorno ¡Entonces éramos muy puros! Hacíamos talleres de jardinería, pusimos en marcha una biblioteca, leíamos cuentos… En aquellos tiempos no sabíamos lo que era la animación a la lectura, pero bien que lo hacíamos. Fue una época en la que se juntaron muchas cosas: empezábamos una democracia, teníamos todo por hacer… Pero cosas básicas como, por ejemplo, que no subía el autobús a Pizarrales porque los políticos nos habían dejado a un lado.

Ch.A.: ¿Ese olvido de las autoridades venía de lejos?

M.I.: Pizarrales, que se llamaba así porque las casas eran de pizarra, se levantó ilegalmente en un terreno sin agua. Eran gente obrera muy activa en la República, hasta hubo alguien que lo llamó ‘Rusia La Chica’. Fue un barrio muy represaliado tras la guerra, con muchos muertos, mucha gente en la cárcel. Eso lo he vivido yo porque mi abuelo llegó al barrio muy pronto, era muy batallador, era ferroviario de los que organizaron el Grupo Popular Instructivo de Obreros Republicanos, un espacio donde los niños que no sabían leer aprendían y todos recibían charlas. Yo esto lo he sabido después, porque él estuvo en la cárcel y desde entonces, se calló la boca. Mi abuela hablaba más, pero mi abuelo se calló. Ellos vivían bien, tenían su salario y de repente ella pasó a tener el marido en la cárcel y a ponerse a servir.

Ch.A.: En el edificio de mis padres limpiaba una señora maravillosa que se llamaba Isabel. Su hija era modista y mi madre, que cosía muy bien, le encargó algún vestido para mi hermana y para mí. Mi madre contaba que vinieron a buscar una noche a su marido y se lo llevaron. Yo era una niña y me impresionaba aquel pueblito de casas bajas…

M.I.: Ya sé quién dices, Isabel La Lechera. Mujeres con esa historia hubo muchas en Pizarrales. Es tal lo que tuvieron que pasar… porque pasaban hambre, menos mal que tenían una olla común donde cada uno ponía lo que podía y compartían. La gente no lo contaba abiertamente, pero te das cuenta de que todo lo que tenemos ahora ha sido fruto de eso, y lo hemos olvidado. La olla común, el Comedor Social, la escuela de las monjas, el trabajo del médico Alfonso Sánchez Montero… La posguerra fue durísima en Pizarrales.

Ch.A.: Pero la gente seguía siendo peleona, dices que consiguieron seguir adelante.

M.I.: Claro, y cuando todo eso, lo básico, se consiguió, cosas como el agua, las casas que se construyeron en el barrio de El Carmen, el asfalto, el autobús, el centro de salud…  había que reivindicar la cultura. Es que hay que pelearse. Tendríamos ahora que estar en la calle reivindicando cosas como la mejora de la Sanidad Pública. Desde los despachos se ve todo muy bien, hay que bajar a la calle para darse cuenta de cómo lo está pasando la gente de verdad, y ahora, no te hablo de antes, se vive muy mal.

Ch.A.: Eres educadora en la asociación ASECAL a la que hemos dedicado hace bien poco un artículo. En realidad esa ha sido siempre tu tarea, trabajar para la gente.

M.I.: Yo soy educadora aunque no tengo titulación. A mí me fueron a buscar porque había trabajado siempre en Talleres Municipales y formaba parte del Colectivo Valhondo y de la Asociación de Mujeres Luna de Abril. Las dos de Pizarrales, allí trabajaba en el voluntariado de barrio.

Ch.A.: ¿Qué significa Valhondo? ¿Cómo trabajabais?

M.I.: Valhondo es una zona de Pizarrales. Antes os he dicho que hacíamos cosas culturales pero también pensábamos: vamos a hacer algo por la gente. Montábamos talleres ocupacionales, por ejemplo, de restauración, acabábamos y mostrábamos el trabajo para venderlo y sacar algo de dinero. Dábamos charlas en el centro de salud hablando de prevención, de planificación familiar… Los talleres los organizábamos así, mira Carmen, si sabes pintar, ven y nos das clase, ponemos algo de dinero y te pagamos, que tu trabajo también lo merece. Así actuábamos en el colectivo y en la asociación de mujeres donde también teníamos chicos en la junta directiva. Nos poníamos en torno a la mesa camilla y de ahí sacábamos los proyectos.

Carmen Borrego: Nosotros también teníamos iniciativas así en el barrio de San Isidro… Y tenían buena acogida los talleres.

M.I.: Todo era a base de ensayo y error, trabajábamos con gente mayor ¡Teníamos un set de televisión y los abuelos llegaban, contaban un cuento, un chascarrillo, cantaban y eso lo enseñábamos a los más jóvenes!  Teníamos una revista “Pizarral” que llegó a sacar 5.000 ejemplares que buzoneábamos. Fueron seis años, desde el 1990, de revista… ¡Cómo nos ayudaba la Caja de Ahorros! Rafael Sierra siempre nos apoyaba y el libro que recoge la historia del barrio lo subvencionaron ellos, junto con el Ayuntamiento, en 1997. En la revista empezamos un álbum, pidiendo fotos a los vecinos para recorrer la historia de un barrio de muy mala fama, que parecía que los medios de comunicación sólo se fijaban en lo malo, todo lo malo pasaba en Pizarrales, como dice la canción:

Somos de los Pizarrales
Con la chaqueta al revés
No nos metemos con nadie
Y nadie nos puede ver.

Ch.A.: Es verdad que tenía mala fama Pizarrales. ¿Ya no hay este empeño asociativo? ¡Aunque estamos en el barrio del Oeste, que es un ejemplo!

M.I.: Qué envidia me da este barrio, tienen ese poder de quienes han estudiado. Nosotros éramos muy creativos y los de ZOES eran más técnicos. Lo que han hecho en el barrio del Oeste es fantástico, admirable. Mirad, en el mundo del asociacionismo no ha habido un relevo, no se puede estar a cierta edad tirando del carro, a las asociaciones les hace falta gente nueva, joven. Pero en esta ciudad, la Universidad vive de espaldas a la calle   y no está pensada para pensar, es un mundo competitivo e individualista. Nosotros éramos generosos en el esfuerzo, ahora el universitario que debería estar cambiando el mundo piensa sólo en sí mismo.

“Parece que nos pagan por jugar al futbolín, pero resulta que mientras juegas, llegas al chaval 

Ch.A.: ¿Echas de menos esa época? Esa en la que decías que erais muy puros… Ahora somos de un individualismo terrible.

M.I.: No, yo soy optimista, me gusta ver el lado bueno de las personas, confío mucho en la gente y disfruto todo lo que hago. Mi trabajo es muy duro, pero me compensa la gente, hacer por ejemplo un campamento con chicos de buen nivel social y otros que no tienen nada y ver que los padres te dan las gracias porque su hijo ha entendido que hay otra realidad. Me gusta ver cómo el muchacho que crees que es una bala perdida y que parece que acabará en Zambrana, al final hace algo y te cuenta que ha encontrado trabajo. Eso hace que tu labor tenga sentido: colaboramos con los colegios, los institutos, damos apoyo escolar, combatimos el absentismo escolar, ayudamos a la gente a hacer el papeleo o les derivamos a los trabajadores sociales. Trabajamos en el barrio Vidal que, como tiene muchas casas antiguas sin calefacción y sin ascensor, se alquilan a bajo precio a inmigrantes, y hay que hacer actividades en las que todos se integren en los cambios, los que llegan y los que están.

Ch.A.: ¿Cómo se inicia el trabajo de un educador de calle con los más jóvenes?

M.I.: Un educador de calle tiene que observar, ver dónde se reúnen los chicos, organizar un punto de encuentro. Nosotros tenemos uno y, cuando parece que nos pagan ‘por jugar al futbolín’, resulta que mientras juegas llegas al chaval, te va contando cosas y te enteras de las carencias afectivas y económicas que tiene. Es una labor que no se ve, lo que se ve es la semana de fiestas en la calle donde todos participan en talleres o juegos.

Carmen Borrego: Cuando llevas toda la vida peleando por tu barrio, por la gente, cuando ves que ahora las cosas ya no son así, te desengañas.

M.I.: Lo hacíamos todo desde la militancia sin ser militante, con deseo de transformar. En los primeros años creías en eso e ibas a por todas. Lo malo es que mucha gente se subió al carro para medrar, eso sí desengaña. Ahora sin embargo, la participación actual es nula, si tienes un problema lo solucionas tú. Pizarrales con sus casas bajas era otra cosa, todos se conocían, sabían lo que hacía cada uno. ¡Que a veces era una cosa mala! Pero también de los problemas se enteraba todo el mundo. Mi abuela se bajaba a Salamanca y le decía a la vecina: Maruja, dejo cociendo los garbanzos, échame agua de vez en cuando. Ahora hay una indiferencia feroz, salvaje y esto no puede seguir así, algo tiene que pasar.

Ch.A.: Antes eran pobres pero tenían esa riqueza de la solidaridad, sin embargo no siento que eches de menos esa vida.

M.I.: Echo de menos la calle, los niños no saben jugar en la calle, no saben lo que es la socialización en la calle. Aquellas noches al fresco, con la gente hablando y los niños corriendo por ahí. Los niños no tienen infancia, pero están infantilizados.

Carmen Borrego: Después de una época difícil para ti has vuelto al teatro. ¿Qué has encontrado?

M.I.: He regresado al teatro con los Talleres de La Malhablada y ahí sí veo gente joven con ganas, abierta. Yo echo de menos poder hablar, hasta discrepar, ahora si hablas de inmigrantes, te dicen que te los lleves a tu casa, si hablas de la mujer ya eres una feminazi. Es todo un problema de educación, no sabemos discrepar, falta esa cultura. Y el teatro es cultura. El teatro te tiene que remover las vísceras, para bien o para mal te tiene que hacer pensar. El teatro debía ser obligatorio en las escuelas porque lo engloba todo. Te empuja a leer ¡Yo no leía y ahora lo leo todo! Te acerca a la plástica, a la fotografía, a la inventiva. En él tienen cabida todas las artes.

Ch.A.: No es la primera vez que oímos eso, Pilar Fernández Labrador nos dijo lo mismo cuando la entrevistamos.

M.I.: Es que ella es cultísima, sabe de lo que habla. Es una mujer increíble, hablas con ella y te transmite cosas. Pilar Fernández Labrador era de los políticos que sabían, no como tantos otros. Y fue actriz, sabe de lo que habla. El teatro es como la vida, al principio te dirigen y luego ya tienes que navegar solito, eso nos hacía trabajar Agustín Martín y eso nos ha hecho ahora Marieta Monedero. Hay mucha gente buena de teatro en Salamanca, y antes también, me acuerdo de la Escuela Municipal de Teatro, de aquella revista, Casa Grande que tanto reivindicaba la cultura a pie de calle… porque eso es lo importante, que la cultura, que el teatro salga a la calle. Como sale a la calle la gente para manifestarse ¡Qué buena la manifestación del 8 de Marzo! Creo en las mujeres, la mujer al lado del hombre. Porque fueron las mujeres las que levantaron Pizarrales cuando los hombres estaban en las cárceles. Ellas tiraron del carro en los tiempos duros.

Memoria de esfuerzo y de tolerancia, de abrazo y de trabajo. Mercedes Iglesias tiene la energía y la alegría de quienes creen en lo que hacen. En ella y en su compañero de vida, Miguel Borrego Bermejo, está el empeño de contar la historia de un barrio que supo sobreponerse, alzarse sobre el teso seco y pelado de la esperanza. Casas abiertas, niños en la calle, historia épica del deseo tenaz de salir adelante: el de aquellos que nunca se rindieron.

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