La revuelta incendia París

Un grupo de chalecos amarillos ondea una bandera francesa mientras al fondo un coche sucumbe a las llamas, ayer en el centro de París (Geoffroy Van Der Hasselt / AFP)
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La violencia se desbordó ayer de nuevo en París, con escenas de auténtica insurrección que no se recordaban en la capital francesa desde Mayo del 68. Las elegantes avenidas que confluyen en el Arco Triunfo fueron testigos de la quema de decenas de vehículos y la destrucción y el saqueo de comercios, con las fuerzas antidisturbios –4.000 efectivos– y los bomberos sobrepasados por la magnitud y la virulencia de la revuelta.

Los chalecos amarillos, ese movimiento que surgió para contestar la ecotasa de los carburantes y se ha convertido en catalizador de un profundo malestar social, habían anunciado “el tercer acto” de su protesta en París (el tercer sábado consecutivo). Como signo de distensión, el ministerio del Interior dijo que iba a tolerar esta vez que entraran en los Campos Elíseos, si bien se instalarían controles.

 

 

El ‘tercer acto’ de los ‘chalecos amarillos’ en la capital sobrepasa a policía y bomberos

El establecimiento del perímetro de seguridad tuvo efectos contraproducentes. Los manifestantes, entre los que se infiltraron los habituales casseurs –vándalos dispuestos a todo–, se dispersaron en pequeños grupos y desafiaron a las fuerzas del orden en diversos puntos, sobre todo en la plaza Charles de Gaulle, donde pronto hubo choques, cargas policiales, lanzamiento de gases lacrimógenos y uso de cañones de agua.

El Ministerio del Interior ha actualizado este domingo las cifras de los disturbios: 412 detenciones a nivel nacional y 133 heridos de los cuales 23 eran miembros de las fuerzas del orden. Los problemas no se circunscribieron a la capital. También hubo manifestaciones violentas en Marsella, Toulouse y Nantes. En esta última ciudad se intentó ocupar el aeropuerto.

Las elegantes avenidas que confluyen en el Arco de Triunfo sufren los peores destrozos

En París se vio afectado el Arco de Triunfo, un monumento nacional, un lugar casi sagrado, pues alberga la tumba del soldado desconocido y es escenario frecuente de ceremonias solemnes como la del pasado 11 de noviembre con motivo del centenario del final de la Primera Guerra Mundial. Hubo manifestantes que subieron al terrado del edificio. Otros realizaron pintadas en la fachada. “Los chalecos amarillos triunfarán”, decía una de ellas.

 

 

 

Los mayores destrozos se produjeron en avenidas como Kléber o Friedland. Los casseurs la emprendieron con vehículos, agencias bancarias, boutiques, restaurantes y supermercados. Rompieron cristales, causaron incendios y saquearon. A veces prendieron fuego a los árboles. Las algaradas se extendieron hasta cerca de la torre Eiffel, en el Jardín de las Tullerías y en la plaza de la Bastilla. Grandes almacenes como las Galerías Lafayette o Printemps, en el bulevar Haussmann, fueron evacuados. Los turistas estaban desconcertados. No sabían hacia dónde ir. Numerosas estaciones de metro fueron cerradas.

Desde Buenos Aires, donde participaba en la cumbre del G-20, el presidente Macron insistió en que nada justifica los desórdenes. “Los culpables de esta violencia no quieren cambio, no quieren ninguna mejora, quieren el caos –recalcó–. Traicionan la causa que pretenden servir y que manipulan. Serán identificados y responderán de sus actos ante la justicia”. “Siempre respetaré la contestación –agregó el presidente, que hizo una declaración y no admitió preguntas–. Escucharé siempre a la oposición, pero no aceptaré jamás la violencia”.

 

 

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