La coyuntura política deja al desnudo las tremendas debilidades del actual “proyecto España”

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El bloque dominante español y su régimen, el Régimen del 78, gozaron durante varias décadas de una total impunidad. Es muy cierto que desde el mismo inicio de la Transición hubo sectores sociales significativos en el conjunto del Estado, y en particular en algunos pueblos bajo jurisdicción de este, que rechazaron el proceso de reforma del franquismo que supuso la Transición, pero también es cierto que amplios sectores sociales se amoldaron a lo que ese proceso ofrecía, más por resignación que por convicción.

Las estructuras de poder que forman el Régimen conformado por la herencia de la institucionalidad franquista se nutrieron con las nuevas incorporaciones que la propia Transición generó, especialmente en forma de “esa nueva clase política” que se constituye para ocupar todo el entramado institucional, y cuya finalidad principal es precisamente articular un auténtico ejército de estómagos agradecidos, de mercenarios del poder, pero que pagamos entre tod@s y que constituyen uno de los lastres principales para un auténtico proceso de cambio democrático.

Ese entramado es la principal vía en este país de acceso a unas condiciones de vida de privilegio para un sector social absolutamente mediocre, cuando no directamente tarado, pero que bajo el amparo de los partidos institucionales tiene una vía de ascenso social absolutamente inalcanzable en un proceso, digamos, “normal” de progreso en el estatus social, basado en criterios de mérito, esfuerzo y capacidad.

El bloque dominante español, en base a un control casi absoluto del aparato mediático y de las instituciones, consiguió en buena medida durante décadas que sus mentiras, a base de repetirlas, aparecieran casi como verdades: la Transición española fue modélica; aquí el republicanismo es una cuestión marginal; Juan Carlos es un gran líder, el motor del cambio y un ejemplo de Jefe de Estado en todos los sentidos; los niveles de libertad y los estándares democráticos de las instituciones españolas no tiene nada que envidiar a otros estados de Europa occidental…

Pero no se puede engañar a todo el mundo durante todo el tiempo. A estas alturas esas “supremas verdades” señaladas se sabe que no son sino tremendas mentiras.

Juan Carlos es un auténtico golfo corrupto. La Transición española no tuvo nada de ejemplar. El sentimiento republicano está extendido entre amplísimos sectores de la población, y los estándares democráticos de las instituciones españolas, empezando por la administración de justicia, no resisten la menor comparación.

Pero si esto es así en la política interior, en la política exterior la coyuntura también deja al desnudo al actual proyecto español. La única apuesta, ciega e imprudente, es por la UE. Esta apuesta, que desde los años ochenta del pasado siglo orienta la política exterior del Estado español, además de ser absolutamente servil está demostrando cada vez más sus repercusiones negativas para los Pueblos del Estado español. Desde el inicio mismo de la negociación para la incorporación a la UE, se fue de desastre en desastre, para la agricultura, para la ganadería, para la industria…

Los cambios de hegemonía y alianzas a nivel internacional se aceleran, pero el Estado español no solo es incapaz de comprenderlos y por tanto de adaptarse a ellos, sino que es incapaz de entender lo que otros estados hacen. El sentido de vasallaje hacia la UE, el complejo de inferioridad del bloque dominante español, el pensamiento estructuralista y doctrinario importado de Francia con los Borbones… refuerzan nuestro camino al desastre.

Los procesos constituyentes y la construcción de repúblicas no es solo una necesidad democrática, es una cuestión de supervivencia y patriotismo

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