La culpa es de las abolas

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Decía ayer Gabriela Wiener en un artículo-exabrupto que la culpa de todo es de las abolas. Nunca dejará de sorprenderme la ira que se gastan algunas contra nosotras y que jamás vemos aflorar ante la noticia, casi cotidiana, de la policía rescatando a mujeres esclavizadas o ante las filas de puteros abriendo sus braguetas para que una mujer depauperada y con la mirada perdida les chupe la polla en una rotonda. Ni ante los negocios que se cierran en prostíbulos, ni ante los niñatos que acuden en manada a los puticlubs y que luego dejan en las páginas web sus calificaciones sobre las bocas y las vaginas de las “perras”, ni ante los políticos que se premian unos a otros con volquetes de putas, por no hablar de los países cuyas mujeres y niñas pobres literalmente no tienen más opción vital que ser prostitutas. Eso nunca genera la misma ira en las regulacionistas que la que generamos las abolicionistas. Es, como poco, extraño.

En su exabrupto, lleno además de inexactitudes, Gabriela Wiener descubre con pasión a la puta; a esa figura fantasmática que recorre la literatura y que tantos y tantos escritores y pensadores han descubierto antes que ella. La puta como esa figura romántica, libre, empoderada, destinada a derribar las barreras de la moral conservadora que todas las feministas denostamos. Esa figura mítica y consoladora (en todos los sentidos) destinada, en realidad, a servir de pantalla para ocultar a las verdaderas putas.

Siempre que alguien descubre a esa puta como epítome de alguna liberación no puedo dejar de sorprenderme de la fuerza propagandística de esa imagen. Siempre que alguien descubre la fuerza transgresora de la prostitución me sorprende su capacidad para ocultar la realidad, que no es otra que el hecho de que desde su origen la prostitución ha estado siempre institucionalizada, regulada, protegida e incentivada por todos los poderes conocidos (Iglesia, Estado y ahora industria global) y que sólo comienza a problematizarse cuando unas mujeres del siglo XIX, las sufragistas, se escandalizan y se rebelan ante las leyes británicas que pretendían obligar a las putas a pasar un humillante examen médico.

Aquellas que seguramente nunca se verían obligadas a someterse a dicho examen sintieron como propia la humillación de esas otras y rompieron así la separación patriarcal y de clase entre ellas y nosotras; estas feministas supieron entonces que para el patriarcado putas somos todas o podemos serlo y comenzó la lucha feminista por la abolición de la prostitución.

No, no somos nosotras las que dividimos a las mujeres en putas y santas; eso lo hace muy bien el patriarcado. Esa es, en realidad, una de las bases del patriarcado y del sistema prostitucional, y somos las feministas las que denunciamos y combatimos esa división. Nunca dejará de sorprenderme que se pueda escribir un artículo-exabrupto sobre prostitución sin mencionar, en realidad, ni la prostitución, ni a los puteros ni a la industria, la segunda mayor del mundo, sino sólo a las abolas.

El hecho de que una megaindustria global haya convertido a las mujeres pobres del planeta en materia prima muy barata, que no necesita costes de transformación y cuya plusvalía es una de de mayores posibles…eso no parece tener nada que ver con la prostitución ni con las políticas que se hacen alrededor de ella, ni con los discursos, ni con nada en realidad, sólo con las abolicionistas.

El hecho de que los gobiernos de los países pobres, incitados por el Banco Mundial y los poderes económicos hayan decidido que utilizar a millones de sus mujeres como materia prima les garantiza una subida de su PIB, eso tampoco merece un comentario… somos las abolas. Y el hecho, como bien explica Rita Segato, de que ante una desigualdad creciente causada por el neoliberalismo y ante los avances feministas cada vez más hombres estén utilizando la prostitución como uno de los espacios que les quedan de refuerzo de una subjetividad fragilizada y de una masculinidad basada en la desigualdad, eso no tiene nada que ver tampoco con la prostitución.

El sistema prostitucional se basa hoy en una industria que hace crecer la demanda cada vez más pero que se encuentra con el problema de que necesita cada vez más mujeres para cubrirla. Para eso necesita fabricar putas. Y lo hace. Lo hace de múltiples maneras, pero sobre todo utilizando su poder económico global para bloquear y desincentivar cualquier posibilidad que implique que las mujeres pobres puedan hacer otras elecciones.

Lo que las abolicionistas defendemos es un derecho que en muchos lugares del mundo ya no existe, y es el derecho a no ser prostituidas, usadas como mercancía, como materia prima al servicio de un sistema económico y patriarcal depredador que funciona, además, con las mismas lógicas y los mismos mecanismos que las industrias extractivistas globales.

No, no queremos putas sin derechos; queremos mujeres con todos los derechos pero combatimos un monstruo que crea falsos sindicatos de prostitutas para legalizarse como industria normalizada y legal. Lo ha hecho en todo el mundo ¿No te lo crees? Pues lee a las prostitutas anti regulación, cuyo discurso no llega a los medios con la misma facilidad que el otro, pero que existe. Se puede estar o no de acuerdo con las abolicionistas pero detrás de nosotras no hay nadie más que nosotras mismas.

¿Quién podría estar interesado en el abolicionismo sino las abolicionistas? La prostitución es una industria millonaria con ramificaciones en muchas otras industrias y negocios; da inmensos beneficios a los países y a muchos sectores económicos relacionados indirectamente con ella; la prostitución tiene millones de “clientes” interesados en que no desaparezca, clientes que pertenecen a todas las clases sociales y a todas las instituciones, que son jueces, policías, curas, políticos, médicos, obreros, taxistas, funcionarios….votantes, en definitiva. Y hombres, muchos de ellos con poder.

Y esa maraña inmensa de dinero e intereses obviamente presiona incentivando hasta el infinito la demanda, comprando voluntades, generando discursos legitimadores, comprando medios de comunicación… En el mejor de los casos esta industria hace lo mismo que haría cualquier industria de este tamaño.

Yo no digo nunca que todas las regulacionistas sean proxenetas, en absoluto; sabemos de sobra que hay regulacionistas a las que sólo mueve el ánimo de mejorar las condiciones de vida de las mujeres en prostitución. Con estas seguimos debatiendo y tenemos muchas cosas en común puesto que todas queremos combatir el patriarcado y mejorar las condiciones de vida de las mujeres en prostitución.

Pero como con Wiener está claro que no se puede debatir le diría que para construir un pensamiento independiente hay que leer a gente que no te da la razón. Le recomiendo a Wiener que lea, no ya a abolicionistas no vaya a salirle un sarpullido, pero sí a algunas activistas de la prostitución con discurso autónomo que explican de manera muy clara por qué las regulaciones estatales, todas, lo que hacen es perjudicarlas y no beneficiarlas. Una cosa es la despenalización (en España ser prostituta no es ilegal; Wiener parece ignorarlo también) y otra la regulación de la actividad como actividad laboral para terceros que, inevitablemente, se hace siempre en beneficio de los empresarios y que empeora, y mucho, las condiciones de la mayoría, especialmente de las más vulnerables. No sólo lo dicen muchas de ellas, sino que ya tenemos experiencias de sobra para comparar.

No, no queremos impedir que las prostitutas se asocien y, de hecho, están asociadas hace mucho tiempo sin problemas y también forman parte de algunas secciones sindicales. Me pregunto por qué Wiener no ha hablado con aquellas prostitutas que están en contra de este llamado sindicato. Es posible que dado el nivel de su ira concentrada contra las abolicionistas, la posibilidad de complejizar su discurso hablando con prostitutas que piensan otras cosas, o con abolicionistas con discursos diferentes a los que ella supone, la sumiría en una perplejidad irresoluble.

Lo que ha ocurrido es que después de muchos años de lucha si hay una ola que recorre el mundo (y para liberarlo) es la del feminismo. Y lo que ha ocurrido también es que esa Ola feminista, que ha puesto el foco no sólo en las consecuencias de la desigualdad sino también en cómo se construye la misma, no podía dejar de ver la prostitución como una de las grandes instituciones generadoras de desigualdad. Y ha estallado. Y el abolicionismo se ha llenado de jóvenes que no están dispuestas a pasar por alto esa estructura que se alza contra nosotras desde hace miles de años para reforzar y reconstruir permanentemente la desigualdad y un sistema de opresión que condena a millones de mujeres a ponerse al servicio de uno de los privilegios masculinos intocados e intocables desde hace miles de años, el de eyacular, cuando a ellos les apetezca, en una mujer. Va a ser que no.

Beatriz Gimeno

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