Nosotras, las abolicionistas

Manifestación frente a la Audiencia Nacional por la ilegalización del llamado sindicato de trabajadoras sexuales Otras. ATLAS
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Siempre que acudo a una conferencia, me presento así: “soy periodista feminista radical abolicionista”. Las cosas claras. A partir de entonces explico lo que yo defiendo, una comunicación abolicionista que esté comprometida desde la raíz con los derechos humanos de todas las mujeres.

Cuando me presento así lo digo sin miedo, a pesar de que durante un tiempo lo callaba por el qué dirán. Yo no nací abolicionista. Me hicieron abolicionista las mujeres prostituidas. Quizás lo que cuentan es tan duro, tan vomitivo, tan sangrante, que por eso no se escuchan. En los medios, sus testimonios no dan tanta audiencia ni clicks en comparación con el que casi siempre tiene espacio, el discurso de la prostitución como algo “empoderante” y “libre”. Escuchar a una mujer prostituida denunciar que ha sido penetrada 20 veces en el día, obligada a tragar semen, que han defecado encima de ella o la estrangulaban mientras la violaban y le daban bofetadas… eso hace cambiar de canal. ¿Y por que hacen eso con ellas? Porque el putero paga y quien paga exige de ellas todo hasta reventarlas si es preciso. Es la mayor forma de violencia sexual y la más normalizada de todas.

A menudo, se nos dice a las abolicionistas: “¡no escucháis a las putas!” No hay nada más falso que eso, porque si a algo hemos estado acostumbradas ha sido a escuchar el discurso de “soy prostituta porque quiero”. Quien lanza esa pregunta sabe que manipula desde el principio porque justo las mujeres prostituidas NO hablan. Son esclavas, están amenazadas, están atrapadas psicológicamente en el laberinto del miedo y la sumisión. Solo hablan cuando logran salir de la red y han sido respaldadas y apoyadas por redes de atención y protección. Así que dar voz solo a una parte de las prostitutas no es real, es ocultar y desinformar.

Casualmente yo devolvería la pregunta y les diría si ellas han escuchado a una mujer prostituida y víctima de trata porque entonces dudo, y mucho, el apoyo a un regulacionismo que las ataría de por vida y blanquearía su esclavitud. Pero demos un paso más allá. ¿Por qué en lugar de decirnos si hablamos con las prostitutas no cambiamos el foco de una vez? ¿Por qué nunca se dice que hablen los puteros y los proxenetas? Venga, que nos cuenten ellos mismos su concepto de mujer, qué piensan de nosotras, qué piensan hacer con las prostitutas, a qué se creen que tienen derecho, cómo explotan lo que ellos llaman “carne fresca”. Si estamos comprometidas con todas las mujeres, que nos expliquen ellos por qué la mayoría de las mujeres prostituidas son emigrantes, de Nigeria principalmente, o mujeres trans. Ellas se merecen otra realidad más que nadie y o las sacamos del pozo entre todas o puteros y proxenetas las dejarán ahí, expuestas a la explotación y al peligro de ser asesinadas.

Yo crecí en la televisión con los argumentos del regulacionismo y, al principio, me tragué el cuento. Lo vendieron en los medios como lo moderno, lo normal, lo liberal. Cómo olvidar aquellos debates de Moros y Cristianos y otros múltiples programas, cuando en verdad los propios proxenetas amenazaban a las familias de esas prostitutas si no acudían a los platós, obligadas a decir que “lo hacían porque querían”.

Luego, imposible olvidar esa izquierda que ve capitalismo en todo menos en el cuerpo de la mujer. Esa izquierda que no deja mercantilizar la sanidad ni la educación, pero sí que nuestros cuerpos sean “medio de producción”, la única “profesión” del mundo que lo tendría. La única izquierda que no sospecha que un patrón apoye a un sindicato de trabajadoras. La única izquierda que sabe que ese sindicato legitima como patrón a los proxenetas y el proxenetismo es delito. ¿Un poco raro, no? Yo fui engañada. Por los medios, por la sociedad, por el Estado que estigmatizaba a las putas pero no hacía ni una campaña contra los puteros y los proxenetas.

Se me vino el mundo encima cuando empecé a conocer la verdad ocultada y la tremenda red de cómplices. Esa sobre la que no hay cifras oficiales porque a las propias mafias no les conviene registrar a su cantidad de esclavas para la explotación sexual. Las esclavas a las que violan en la frontera de Melilla antes de asegurarse que cruzan la frontera para que la “carne llegue fresca” a los puticlubs. Las refugiadas a las que violan en videos para la industria pornográfica. No hay puta para tanto putero.

Así que leí, leí mucho. Necesitaba referentes más allá del regulacionismo. Busqué y ahí estaban esperándome, todas, para hablarme. Ahí estaba toda la historia del feminismo.  A veces pienso que todas seríamos abolicionistas si no nos hubieran robado nuestra propia historia. También pienso que, quizás, por eso, nos la han ocultado. Para que todo se mantuviera igual que pretende el patriarcado. Si nos enseñaran historia feminista desde la escuela, si hubiésemos tenido como referentes a todas aquellas mujeres que desde el inicio del feminismo denunciaban una institución patriarcal como la prostitución, no estaríamos defendiendo la abolición en pleno siglo XXI porque estaría asumida en una sociedad democrática.

Yo, tan admiradora de la República, comprobé que se declaró abolicionista y que aquellas compañeras de Mujeres Libres combatían el mensaje de la prostitución en voz alta, señalando la raíz  y el aumento de desigualdad que provocaría su regularización. Y me convencí de que nos robaron la historia y que tenemos que recoger el testigo de aquellas mujeres que allanaron el camino para continuar su trabajo, que el franquismo sepultó.

Así empecé a quitarme ese estigma que el regulacionismo difunde. Cuando hemos callado porque íbamos a parecer las “castas”, las “puritanas”, que no éramos las “modernas”. En cambio, no hay nada más moderno que defender cada día los derechos humanos y hacer lo contrario de lo que desea el patriarcado. Y no hay nada más antiguo que replicar la misma defensa que puteros y proxenetas. Y porque no hay nada transgresor en prostituir el concepto de “libertad”, porque esta solo existe cuando se parte de condiciones totales de igualdad.

Leer la historia feminista también hace despojarte de esas falsas ideas de puritanismo porque, si realmente sabemos de placer y de sexualidad, se lo debemos a las feministas radicales que, sin tapujos, reclamaban una vida sexual lejos de violencias y nos descubrieron una anatomía que había sido ignorada y ocultada. No hay nadie más sexual que las propias feministas. Han estado hablando toda la vida de ello. Otra cosa es que no hayan querido escucharlas. De la misma manera que todas las feministas hemos luchado para que la violencia de género se reconozca como tal, tenemos que conseguir que la prostitución se considere violencia sexual y ayudar a identificarla a quienes aún no lo ven.

Quede aquí este manifiesto como una reivindicación. Sabemos de dónde venimos, y por eso el estigma ya no está sobre las abolicionistas. El estigma debe estar en el patriarcado, en los prostituyentes, en los puteros, en los proxenetas. Quede aquí este manifiesto, que firmo, como el punto de partida, para que todas digamos en alto, cada vez más, que la abolición (que no prohibición) es la única alternativa para dar una salida digna y justa a las mujeres y para cambiar la mentalidad de los hombres, si es que queremos una educación igualitaria en el futuro.

El feminismo abolicionista es el único que tiene su propio discurso. Discurso que jamás coincide, en ninguna palabra, con el patriarcado. Por eso el abolicionismo es revolucionario. La batalla no está contra las prostitutas, jamás. La batalla está en el lenguaje y en las ideas. Porque ese día nos alejará a todas de ser consideradas cuerpos para ser consideradas personas. Porque ese día habremos llegado tarde para las mujeres prostituidas, asesinadas o suicidadas, pero habremos llegado a tiempo para las nuevas generaciones de mujeres. Ese día gritaremos que nosotras, las abolicionistas, lo hemos conseguido. Y ese día seremos todas libres.

 

Ana Bernal-Triviño

Periodista

 

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