Priorizar entre comida, hipoteca y medicinas, el dilema para 10 M de enfermos

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En España hay más de 19 millones de enfermos crónicos, de los cuales la mitad no supera los 1.500 euros mensuales de renta. De estos 10,6 millones de enfermos con bajos ingresos, el 6% no se puede permitir el fármaco que el médico les recetó en su momento.

El factor económico controla el estado de salud. La dieta, el ejercicio y el acceso a los medicamentos —ingredientes básicos para mantener una buena esperanza de vida— quedan directamente influidos por el colchón económico bajo cada techo. Una persona con una menor renta tendrá más probabilidades de enfermar que alguien que ingrese 43.000 euros al año en sus cuentas.

Incluso los tipos de enfermedades cambian. El Confidencial ha analizado los datos recopilados por el Instituto Nacional de Estadística en 2017 para saber qué enfermedades tienes más probabilidad de padecer según tu sexo, situación laboral y profesión, en caso de que estés trabajando.

El 5% de enfermos cobra más de 3.600 euros al mes

Jorge Carrillo fue diagnosticado en 2008 con un fallo en la segregación de la hormona del crecimiento. Le recetaron Norditropin Simplexx, un fármaco que sustituye a esta hormona y que debe inyectarse diariamente en los brazos o en las piernas.

Este fármaco cuesta entre 236 y 877 euros, dependiendo de las dosis, y su demanda es tan baja que solo está disponible en farmacias si se solicita por adelantado. Jorge tenía que renovar el paquete cada mes. Si el Tribunal Médico de la Seguridad Social no hubiera aprobado que su tratamiento quedara cubierto por la sanidad pública, sus padres no habrían podido afrontar un tratamiento así.

“Quedarme sin el fármaco habría significado quedarme con la altura de un chaval de 10 años durante toda mi vida”, cuenta Jorge. “Tuve suerte porque el médico pidió trato de favor por ser su último caso antes de la jubilación”.

La hermana de Irene, estudiante de máster, se rompió el tobillo cuando era pequeña. Para su familia, un fisioterapeuta privado no era una opción. Tuvieron que esperar a la cita de la Seguridad Social y la fractura no acabó recuperándose del todo. Ahora, su hermana solo puede ponerse zapatos planos.

Unos años más tarde, Irene fue diagnosticada con una bronquitis. El inhalador que le recetaron costaba 60 euros que sus padres no podían permitirse pagar cada mes. Cuenta que encontró uno más barato que sirvió para hacer desaparecer los síntomas, pero asegura que, “a pesar de pertenecer a la clase media“, ha habido casos en los que han tenido que priorizar entre “comida, medicamentos o hipoteca”.

Con una renta por debajo de los 1.050 euros, afrontar un gasto sanitario como el de Irene o el de Jorge significa inevitablemente buscar alternativas más baratas o abandonar. A la vez, sobrevivir con una renta así de baja augura una mayor probabilidad de enfermar: de los 19 millones de personas con una patología, cerca de seis millones ingresan menos de 1.050 euros al mes. Quedan enfrentados a la población con una renta superior a 3.600 euros, donde el porcentaje de enfermos se queda congelado en el 5%.

“Las condiciones y el tipo de empleo son determinantes en la salud porque entran en juego los riesgos físicos o el nivel de sometimiento al estrés”, explica Susana Gende, de Cruz Roja. “Una situación de precariedad mantenida en el tiempo es decisiva sobre la salud”.

Esta organización cuenta con un departamento que se encarga de analizar las situaciones personales de sus beneficiarios para encontrar soluciones a la pobreza, en todos sus perfiles. Ya en 2013, su ‘Boletín sobre vulnerabilidad social‘ relacionaba los “determinantes sociales” con el estado de salud en cada estrato social.

Las primeras pistas que salían a la luz contaban que las dificultades más comunes eran no tener dinero para pagar las medicinas, no poder pagar los honorarios del dentista o tener que hacer frente al copago de las medicinas. “Además, los enfermos presentaban una elevada tasa de desempleo y una elevada tasa de pobreza laboral [hogares que, aun trabajando, no superan el umbral de la pobreza]”, explica Susana Gende.

Dolencias de corazón en las clases bajas

Los datos obtenidos y categorizados por nivel de estudios hablan de que vivir desempleado implica una mayor incidencia de la tensión y colesterol. La ansiedad y la depresión también son más comunes que en otras situaciones laborales porque, tal y como explica Susana Gende, “la precariedad repercute indudablemente en el bienestar psicológico y emocional, derivando en situaciones de aislamiento o soledad”.

Los hogares mal acondicionados, con problemas de aislamiento o humedades, tienen un fuerte impacto sobre la salud. Precisamente los desempleados, incapacitados para trabajar y estudiantes son los que más casos de alergias registran: entre un 12 y un 20% de las patologías estuvieron relacionadas con rinitis, conjuntivitis y alergias.

En el trabajo, la salud de un enfermero y un repartidor no tiene nada que ver. La artrosis llegará antes al segundo que al primero. También lo harán la ansiedad y las migrañas, aunque el enfermero tendrá mayor probabilidad de sufrir una enfermedad del corazón que un director general de publicidad.

Álvaro Fernández, actor, desarrolló una dermatitis alérgica cuando ya había conseguido independizarse de su familia. Es una de las enfermedades más comunes en su gremio, aunque se diversifica a otros. El médico le recetó Protopic, una crema que en farmacia tiene un precio de 60 euros. “La seguridad social me dio otra crema para sustituirla, pero la que mejor me venía era la que no me pude permitir”, explica.

Más allá de las profesiones, los medicamentos consumidos también dibujan una fotografía fidedigna del estado de salud en cada punto de la sociedad. Entre las personas sin estudios y con estudios primarios, las pastillas para la tensión y el dolor son el pan de cada día.

Los fármacos para dormir y los tranquilizantes los toman, principalmente, las personas sin estudios y las que tienen un grado universitario. El consumo de antibióticos se dispara en las personas con estudios secundarios, aunque se repite en casi todos los estratos, menos entre los que no tienen estudios.

Los psicólogos, un lujo solo para altos ingresos

Además de los medicamentos con precios poco asequibles, los servicios que la sanidad pública no acostumbra a cubrir por completo también suponen una dificultad para las familias con las rentas más débiles.

La atención dental es el servicio al que más cuesta acceder. De hecho, es el único servicio que empieza a complicarse a partir de las rentas de 3.600 euros. No poder invertir en una ortodoncia o una limpieza dental es una decisión cada vez más común hasta alcanzar la renta más pequeña, donde dos millones de personas (la mitad del total) ven imposible permitírselo.

En el caso de la atención psicológica ocurre algo similar, a pesar de que más de 4,5 millones de personas consumieron antidepresivos y tranquilizantes en 2017. Solo los jóvenes entre 15 y 24 años con rentas altas han podido disfrutar un tratamiento adecuado a sus necesidades. El número de problemas de acceso crece otra vez, aunque de forma más constante, hacia los ingresos más débiles.

El caso de Jorge vuelve a ser un ejemplo de la realidad. Acudió al centro Joelle Guitart (Barcelona) tras ser diagnosticado con lateralidad cruzada, un trastorno psicológico que provoca que las señales del cerebro tarden mucho más de lo habitual en llegar a su cuerpo. Por eso, aunque siempre atendía en clase, no se concentraba a la hora de sentarse a estudiar.

A la vez que empezó a notar la mejoría, el coste empezó a ser demasiado difícil de asumir. Tuvo que abandonarlo y quedó en el limbo. “Lo que había conseguido decayó con el tiempo y volví a fallar en mis estudios de tal manera que ya no me saqué ni la ESO”, cuenta. “Desde entonces, fue imposible adaptarme al sistema de estudios”.

De las batas a las botas

El mantra se repite cada día en la calle Avena de Madrid. Hubo un momento en el que los profesionales médicos (psicólogos, ginecólogos y médicos, entre otros) decidieron tomar “una posición más cercana a la ciudadanía”, tal y como recuerda María Dolores, coordinadora del Programa de Promoción de Salud Mental del Centro Municipal de Salud Comunitaria. 

A media mañana de un miércoles, el centro está prácticamente vacío. De vez en cuando aparecen algunas personas de avanzada edad que vienen de hacer ejercicio en una de las aulas. Todo el recinto tiene forma de centro de salud, dividido por estancias (ginecología, psicología, trabajo social, vacunación) y salas de espera, pero nadie sale a llamar por lista.

No hay gente porque los profesionales trabajan fuera. Se han despojado de la bata para ponerse las botas y recorrer el barrio con campañas de relajación, dietas saludables, gestión del estrés o salud afectivo-sexual. El objetivo es atacar el problema antes de que empiece.

De esta forma, se fomenta en la población en riesgo de exclusión —con más probabilidad de sufrir enfermedades— la prevención para evitar su entrada en el círculo vicioso de la precariedad y la enfermedad. “Nuestro objetivo no es que venga mucha gente al centro, aunque a veces atendemos ciertos casos, sino ser un espacio del barrio que sea utilizado por los propios vecinos”, explica la coordinadora.

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