Mujeres en lucha contra las macrogranjas

Manifestación contra las macrogranjas en Retamoso de la Jara
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Este movimiento, que para aquellas acostumbradas a relacionarse en la enormidad y anonimato de la ciudad pueda parecernos sencillo, se vuelve extremadamente sensible en una comunidad de doscientas personas. Transmitir la gravedad del asunto sin que esto sea recibido como un movimiento hacia intereses personales y hacerlo de tal manera que salve las distancias derecha-izquierda es una tarea delicada que solo pueden hacer aquellas acostumbradas a tejer redes y alianzas desde lo más sutil y cotidiano de las mismas.

 

Retamoso de la Jara es un pueblo cualquiera de Castilla-La Mancha, a los pies de los montes de Toledo. Poco más de cien personas viven en él de manera regular y otras tantas lo hacen esporádicamente, en formato fin de semana o vacaciones estivales. Lo suficiente para mantener abierto su ayuntamiento y huir, hasta el momento, de transformarse en una pedanía de Talavera de la Reina.

Independientemente de la relación más o menos cotidiana que los retamosanos tengan con el pueblo, lo cierto es que el vínculo existente con el mismo es fuerte. El máximo exponente de esta relación íntima lo protagonizan las vecinas, ellas, especialmente las que se acercan a la edad de jubilación, la generación de mujeres que crecieron en plena dictadura y se casaron durante la Transición. Las que decidieron criar a sus hijas en el pueblo, entre el reguero y las eras altas, en las calles que antaño las vieron crecer. Las que apostaron sin aspavientos por formar a sus hijas en la escuela unitaria que cerró en 1.995. Las que bebieron de las redes de apoyo que de manera orgánica formaron sus madres con otras madres del pueblo, pero que perdieron cuando emigraron a la ciudad. Las que han mantenido vivas hasta la fecha muchas de las prácticas y saberes más tradicionales de esta región en un ejercicio de orgullo, amor y reconocimiento de su propia historia.

El pasado febrero se filtró la noticia de la inminente construcción de dos macrogranjas para 10.000 cerdos en el término municipal de Retamoso. El desembarco de estas fábricas cárnicas por toda Castilla-La Mancha responde a un movimiento orquestado entre Junta, Diputaciones y la propia industria porcina que no encuentra por lo general resistencia en los pueblos de la España vacía. La noticia se recibió con la habitual prudencia que acompaña a las dinámicas de estos pueblos pequeños con relaciones e intereses cruzados. A la primera reunión que se convocó acudieron una decena de personas, en su mayoría mujeres: madres, hijas y nietas. Tenían claro el primer movimiento: informar a los vecinos y vecinas de la magnitud de las consecuencias medioambientales y para la salud que acarrea la implantación de una granja de producción intensiva a tan sólo kilómetro y medio de sus casas, huertas y pozos. Este movimiento, que para aquellas acostumbradas a relacionarse en la enormidad y anonimato de la ciudad pueda parecernos sencillo, se vuelve extremadamente sensible en una comunidad de doscientas personas. Transmitir la gravedad del asunto sin que esto sea recibido como un movimiento hacia intereses personales y hacerlo de tal manera que salve las distancias dEl salatoerecha-izquierda es una tarea delicada que solo pueden hacer aquellas acostumbradas a tejer redes y alianzas desde lo más sutil y cotidiano de las mismas.

Este pequeño grupo de mujeres, muchas de ellas participantes activas de la Asociación de Mujeres del pueblo, tomaron los mandos en la difusión de los efectos de esta industria. Un trabajo de pedagogía para ellas mismas y para sus vecinas. Y fue en este tête à tête donde consiguieron lo que de cualquier otra manera habría sido imposible: generar y asentar un imaginario común que dijera “No” a las macrogranjas. Fue este trabajo invisible el que propició que a la primera asamblea convocada por la recién creada Plataforma Retamoso SoStenible acudieran más de cincuenta vecinos de la localidad. Una plataforma que consiguió más de 150 firmas en contra de la instalación porcina gracias a la delicada labor de persuasión realizada por la guerrilla de mujeres. No fue fácil. Cuando la Plataforma instaló una mesa para recogerlas, pocos fueron los que se atrevieron a mostrar públicamente su malestar ante el proyecto. Fue en los encuentros casuales al comprar el pan, en la distribución clandestina de hojas de firmas o en los cuchicheos a la salida de la tienda donde se rellenaron las casillas.

 

Si hay una conclusión a la que han llegado las comunidades afectadas por este tipo de industria es que esta guerra es de largo recorrido, una guerra de desgaste, un juego de fuerzas con distintas batallas a nivel jurídico, político, mediático y social. Estas batallas obligan a una escalada del conflicto donde el conocimiento del propio territorio a defender -conocimiento en su expresión más amplia- y el entendimiento de cuáles y cómo son las fuerzas que lo componen son las claves indispensables para elaborar una estrategia de éxito. Esta sabiduría popular es incompatible con un análisis sesudo y obliga a situarse necesariamente en un lugar de empatía extrema, de práctica de lo comunitario desde la cotidianidad, de entendimiento y cuidados de y en las redes, siendo precisamente ellas las que lo practican y sostienen.

Esto llevó a que en los meses de julio y agosto, momento de máxima concurrencia del pueblo, y a pesar de haber conseguido forzar al consistorio a una suspensión cautelar de la construcción de las macrogranjas, la Plataforma decidió dar un paso más. Y fue de nuevo el papel activo y creativo de las mujeres de Retamoso y del vecino pueblo de Torrecilla de la Jara, también afectado, el que propició un nuevo formato: una marcha de denuncia, una romería por el antiguo camino que unía ambos pueblos hasta que una instalación porcina se interpuso entre ellos (los cimientos de una de ellas están construidos sobre el mismo trazado de este). Los días previos a la convocatoria, después de dejar cena en la mesa, nietos acostados y abuelas atendidas, engalanaron el pueblo con pancartas que lejos de estéticas oscuras se llenaron de flores y colores. “Sí a las jaras, no al purín”. Y continuaron su concienzudo trabajo, boca a boca, convenciendo a cada persona que se cruzaba en su camino de la importancia de marchar juntas contra el proyecto porcino.

 

El 9 de septiembre a las 9 de la mañana iniciaron la marcha, ellas a la cabeza. Entre risas y bocadillos, entonando jotas reescritas para la ocasión, recorrieron el camino viejo que abandona el pueblo por Los Corralones. “Page qué estás haciendo / que no nos quieres oir / si nos pones los gorrinos / la tierra se va a morir”. A las puertas de las instalaciones porcinas se congregaron más de doscientas personas de sendos pueblos que durante hora y media corearon juntas. “No a las macrogranjas. Queremos pueblos vivos”. Muchas de estas personas no estaban allí por una firme convicción política sino por la insistencia y poder de convicción de las mujeres de la Plataforma -algunas sus esposas o hijas- que ganaban así la fuerza necesaria para ser escuchadas por medios de comunicación, por el alcalde y hasta por la Junta. Y tras finalizar el acto regresaron a sus casas, cansadas y satisfechas, vuelta a los fogones, para celebrar en familia.

Queda aún camino para ganar la guerra contra las macrogranjas pero la receta para conseguirlo ya está en marcha: la revuelta popular cocinada a fuego lento al ritmo de las relaciones del día a día. La revolución será cotidiana o no será.

La defensa de esta humilde tierra que es Castilla no sería posible sin ellas, que la sostienen.

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