A las órdenes de Franco en el Najerilla

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«Los bajitos tenían que estar prohibidos», escribió en una de sus desternillantes novelas Camilo José Cela, el del Nobel. Y aunque salta a la vista que se trata de una humorada, de una provocación chistosa, de haberse llevado a la práctica tal prohibición los españoles nos habríamos librado de la figura de Francisco Franco, aquel ferrolano rompetallas que combatía su complejo métrico con grandes obras, con obras megalómanas, faraónicas, obras como la del Valle de los Caídos, donde reposan sus restos mortales (o inmortales) bajo brillantes mármoles y claveles frescos (rojos y gualdas, cómo no) y de donde lo quiere desalojar Pedro Sánchez para que continúe su postvida en un lugar menos chirriante a los ojos de la decencia y del sentido común.Canal de la margen izquierda del Najerilla a su paso por Badarán.

Con el mismo afán construyó paradores a tutiplé, paradores muchas veces alojados en lo que habían sido fastuosos castillos medievales con almenas, torre del homenaje y toda la pesca. Y pantanos. Sí, sí, pantanos. También pantanos.

Aquel señor canijo y que se hacía llamar el Generalísimo (con ese punto de exageración dramática) puso España perdida de pantanos para combatir la «pertinaz sequía», que se decía entonces. Tantos, que se ganó el apodo de Paquito Pantanos. Uno de ellos, tan publicitados en los No-Do de entonces, es el de Mansilla, que regula en cabecera el truchero río Najerilla y que alberga bajo sus disciplinadas aguas (cuando las hay) las casas ahogadas del antiguo pueblo serrano que da nombre al embalse.

 

El pantano de Mansilla fue excavado en su mayoría por presos comunes en lo que era el casco urbano, ya que aunque la República tenía previsto construirlo aguas abajo del pueblo, Franco, para ahorrar costes, dijo que nanay; de modo que cuentan las crónicas que «el domingo de Ramos de 1960, con el agua por los tobillos y con la Guardia Civil mosquetón en mano, los habitantes del Viejo Mansilla abandonaron atropelladamente sus casas para ir a un nuevo pueblo, donde aún no había luz eléctrica, las calles no estaban terminadas de asfaltar y no existía un solo pajar donde cobijar el ganado».

Flor, Manuel y sus hijos Saray y Saúl, en su casa de Badarán.

Y de inmediato, para brindarle utilidad agrícola al embalse, Franco se empeñó en construir el canal de riego que nace en Bobadilla y muere en el Río Tirón, en las inmediaciones de Sajazarra, después de haber fertilizado términos tan felizmente vinateros como los de Badarán, Cordovín, Alesanco y Hormilla, entre otros. Y para tales menesteres, Franco volvió a pensar en los presos, la mano de obra más barata en aquellos años de penuria.

Un pasado común

80 personas fueron sacadas de las cárceles, donde cumplían condenas de poca monta, y llevadas a Badarán. Era el 24 de marzo de 1964, según relata un vecino del pueblo. Y una vez allí, las alojaron en una sala de baile que lucía el pomposo nombre de Ciudad Jardín y que ahora se le conoce como lo de los Cacholas. De su vigilancia se encargaban 3 militares que estaban todo el rato de un lado para otro a lomos de sus motitos Lambretas.

Y allí camiones de la empresa concesionaria de las obras los recogían por la mañana y los devolvían por la tarde, después de haber trabajado de sol a sol (junto a obreros asalariados) en la construcción del canal de la margen izquierda del Najerilla, levantando pequeños acueductos y horadando túneles para salvar los desniveles a fin de que el agua del pantano de Mansilla no encontrara obstáculos a la hora de convertir en regadíos esas tierras hasta entonces de secano y tan llenas de grajos y de tortuosos caminos.

Eran reclusos llegados de todos los puntos de España, a los que, según evoca un vecino de Badarán, les rebajaban un día la pena de cárcel por cada jornada trabajada. Y, tras finalizar las obras del canal y quedar en paz con la Justicia, seis de ellos se quedaron a vivir en Badarán y allí se casaron (los que no lo estaban ya) y siguieron trabajando (ya a cambio de un sueldo) y tuvieron hijos y nietos. Se llamaban, apellidaban o motejaban Pulido, Modesto Roade, Santiago (que regentó durante un tiempo el bar El Cordobés), El Imponente, Antonio Gómez y Diego.

«Eran personas extraordinarias. No han dado ni un problema nunca; ni chiquito ni grande», dice satisfecho un vecino de Badarán. Ahora, todos ellos han muerto.

Quedan hijos y nietos

Flor es hija del gallego Modesto Roade, que durante la construcción del canal era encofrador y que posteriormente se reveló como un virtuoso de las restauraciones artísticas, con intervenciones dignas de admiración en el santuario de Valvanera y en la iglesia de Badarán, que la dejó como nueva, toda resplandeciente de luz y color.

Por su parte, Manuel es hijo de Antonio Gómez, que estuvo de dinamitero cuando el canal y que se trajo a la mujer de su pueblo natal, Alhambra, en Ciudad Real.Antiguo salón de baile Ciudad Jardín, donde fueron alojados os presos durante su estancia en Badarán.

De modo y manera que Flor y Manuel están unidos por un pasado común, pero están unidos sobre todo por un presente y por un futuro de vida compartida en Badarán, ya que tras coincidir en la escuela, en los bailes de las fiestas y en tantos y tantos sitios y durante tantas y tantas horas, Flor y Manuel se enamoraron y se casaron (en 1999) y tuvieron hijos. Dos.

Un chico y una chica: Saray, de 15 años, y Saúl, de 11, dos chavales joviales, listos y guapos que algún día, cuando conozcan al detalle las andanzas de sus abuelos Modesto y Antonio seguro que se sienten orgullosos de ellos. Muy, muy orgullosos.

Y es que Modesto y Antonio (fallecidos en 1999 y en el 2005, respectivamente), a diferencia de Paquito Pantanos, no emplearon la dinamita para demoler edificios ni democracias ni sueños de libertad, sino que la utilizaron para abrir túneles y zanjas por las que comenzó a fluir ese agua que, como una mujer fértil, ha hecho crecer durante años y años el cereal, los trigos, los centenos y las cebadas, los viñedos y las alfalfas y las remolachas y el lino y los guisantes… En fin, todo ese derroche de verdor que no es sino el mejor síntoma cromático de la prosperidad de una región y de sus gentes y el deseo de mirar al frente. Cuanto más lejos mejor.

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