‘Quieren imponernos el silencio’

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Un convoy de coches de Policía vigila cada día el Centro Social Juvenil Atalaya. Han pasado tres meses desde que unos chicos de Vallecas okuparon el antiguo IES Magerit, un instituto que llevaba diez años abandonado y que había sufrido toda clase de agresiones vandálicas.

«Hemos levantado de la nada un gimnasio, un taller de teatro, un estudio de grabación de música, una cafetería, una sala de asambleas, un salón de actos y una biblioteca», presumen los jóvenes.

Desde que el proyecto cobró vida, la presión policial no ha dejado de crecer. Hace unos días, un par de trabajadores del Ivima se presentaron en el centro para anunciarles que el proceso de desahucio estaba en marcha. «No lo comprendemos, pero si nos echan y hay que asumir algún tipo de medida represiva, la asumiremos, porque lo que hacemos aquí es bonito y estamos orgullosos», afirma Íker, de 26 años.

Bajo la atenta mirada de la Policía, estos jóvenes han levantado un centro de ocio de entre las cenizas. La alfombra de cristales y escombros que cubría el edificio ha desaparecido y cada día cerca de unos 60 jóvenes acuden al CSJ Atalaya para «disfrutar de un ocio sano».

Están cansados de que su única opción para pasar el tiempo libre sea «emborracharse o ir a discotecas», por eso ponen todas sus energías en dar forma a este «espacio de reflexión y debate».

Su próximo objetivo es negociar en la asamblea un plan revolucionario: que por cada clase que reciban los chicos en el gimnasio sea obligatorio pasar una hora en la biblioteca. «Queremos generar una cultura educativa distinta», insisten.

Los vallecanos han nutrido la biblioteca con miles de libros. «Recibir clases particulares es caro y algunos no pueden permitírselo. Mi hermana es profesora titulada y va a venir aquí a dar clases de forma altruista», apunta orgulloso Daniel, de 20, que dedica cada minuto que le deja libre el trabajo a poner ladrillos en el CSJ Atalaya.

Para dar a conocer el proyecto, la gente del barrio organizó una paellada en el patio a la que acudieron jóvenes y familias emocionadas con el proyecto. «Este es un espacio para romper las barreras intergeneracionales, aunque las decisiones las tomamos los jóvenes», dice Íker, «queremos iniciar un proceso de empoderamiento juvenil». En las asambleas, chicos y chicas de menos de 30 años discuten sobre cuáles serán las próximas charlas o qué necesita el nuevo estudio de música. «Hemos recibido a compañeros que nos han hablado del Kurdistán o a Madres contra las drogas», explica Daniel.

«Hacía falta un sitio como éste en Vallecas. El sentir del barrio es que hay que mantener el proyecto, pero desde fuera se nos quiere imponer que esto debe permanecer en silencio y en la oscuridad», medita Íker, «prefieren un espacio lleno de vandalismo en vez de uno lleno de entusiasmo, uno donde se generan relaciones entre los vecinos y donde la gente joven empieza a ser la dueña de su destino».

Los chicos no saben qué ocurrirá con el desalojo. La Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) y varias asambleas de Vallecas han prometido ayudarles en caso de que se procediera al desahucio del centro. Mientras, siguen construyendo, aunque siempre con un ojo puesto en los coches de Policía que amenazan con echar por tierra tantos días de trabajo.

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