El campamento de Coca-Cola cumple un año: contra el ERE a las puertas de la fábrica

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El asentamiento es el punto de reunión de la plantilla de Fuenlabrada afectada por el despido colectivo.

Los trabajadores hacen turnos durante todo el día para vigilar la factoría y evitar su desmantelamiento.

VÍDEO | Cinco historias tras un año del ERE de Coca-Cola.

 

“Campamento de la dignidad”. El letrero cuelga sobre la puerta de una caseta hecha con tablas, chapas y neumáticos y que se ha erigido como el centro del campamento que los trabajadores de la planta de Coca-Cola en Fuenlabrada comenzaron a levantar hace ahora un año. Dentro, varias personas se calientan alrededor de una estufa y Juan Carlos Asenjo, el portavoz de la plantilla, revisa papeles, hace llamadas, consulta el ordenador. “Estoy muy liado”, dice.

Hace solo dos días que la Audiencia Nacional ha vuelto a pronunciarse sobre el ERE que la empresa presentó a comienzos de 2014, en esta ocasión para  declarar irregulares las incorporaciones que Coca-Cola ha ofrecido a los trabajadores afectados. Asenjo, sus colaboradores y los abogados de CCOO trabajan ahora para subsanar las decenas de errores que han encontrado en la información que incluía el auto.

En la caseta, sofás, mesas, televisión y hasta una pequeña cocina imitan un modesto salón comedor que sirve de punto de encuentro. No es la única pieza del campamento: al lado, una despensa hecha también con maderas, una tienda de campaña y un pequeño gallinero completan la instalación. El asentamiento está situado en una de las puertas de entrada a la factoría de Coca-Cola en Fuenlabrada. Desde que los trabajadores levantaron el campamento no ha vuelto a usarse: más allá de la verja apenas hay movimiento, tan solo los pasos lejanos de algún vigilante jurado.

Es por otras puertas por donde los trabajadores han visto entrar en varias ocasiones a furgonetas que transportan mano de obra externa para desmontar la fábrica. Por eso, hacen turnos para que el campamento nunca quede solo y para mantener la vigilancia alrededor de la factoría. El grupo se coordina a través de grupos de ‘whatsapp’. “Hay turnos de mañana, tarde y noche. Desde que vimos entrar gente para desmantelar los hemos doblado, ahora nos toca cada cinco días más o menos”, dice un trabajador. Si hay algún incidente, la información corre a través de los móviles, y la plantilla y el sindicato deciden qué hacer. Cuando el frío aprieta, los coches sirven de refugio y algunos acuden a la caseta principal a calentarse en la estufa.

Fue el 13 de junio de 2014  cuando la Audiencia Nacional declaró nulo el ERE que Coca-Cola había presentado y que supuso 821 despidos. La sentencia cuelga impresa al lado de la entrada a la caseta. Desde aquel día de junio, cada decisión judicial se ha recibido con una mezcla de satisfacción e indignación, la que les da saber que los tribunales les respaldan mientras el conflicto se alarga y los puestos de trabajo en Fuenlabrada no llegan. “Nos imaginábamos que la empresa no lo pondría fácil”, comentan resignados algunos.

 

A las doce del mediodía hay asamblea. Los trabajadores se arremolinan en torno a Juan Carlos, que desgrana las implicaciones de la decisión de la Audiencia, explica qué puede suceder ahora, planea estrategias y pide constantemente unidad. “Nosotros vamos y venimos, pero él y otras tres o cuatro personas están constantemente por aquí, han hecho mucho por mantener la unidad y la pelea”, señala Marcelino Gómez, uno de los trabajadores afectados por el ERE después de pasar toda su vida en la planta de Fuenlabrada.

Varios niños corretean entre las maderas que sirven como combustible para la estufa. Uno de ellos es el hijo de Daniel Campos, otro de los afectados y parte de una plantilla históricamente muy movilizada y reivindicativa. “Tenemos el mejor convenio colectivo de todas las plantas de España porque somos los que más hemos luchado”, subraya. Por eso, cuentan varios empleados, cuando algunos directivos supieron que en los planes de Coca-Cola estaba el cierre de Fuenlabrada advirtieron a la empresa: “Os vais a enterar de lo que es Madrid”, les dijeron.

Un año después, el campamento se ha hecho fuerte. Muchos curiosos se paran a echar un vistazo, algunos pitan cuando su coche pasa cerca, otros donan desde comida hasta estufas calefactoras. La voluntad de los trabajadores es permanecer hasta que la sentencia se ejecute. La empresa tiene ahora que cumplir con la última decisión dictada por la Audiencia y el Tribunal Supremo tendrá que pronunciarse sobre el ERE tras el recurso interpuesto por Coca-Cola. En cualquier caso, aún quedan meses para que el conflicto pueda darse por solucionado.

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