El fuego de León destruye un sueño de salida de la crisis

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Una “chispita” que enciende la esperanza en el futuro, en vez de originar un cruel incendio. Es lo que ha representado para decenas de familias de los municipios de Castrocontrigo, de Luyego y de Quintana y Congosto, en el sur de León, la vuelta a la extracción de la resina de los miles de pinares que pueblan una zona que ahora ha quedado devastada por el incendio que, de acuerdo con los últimos datos, —a falta de que se realice la evaluación de los daños— ha arrasado más de 10.000 hectáreas, y que aún no ha sido dado por extinguido. Son gente joven que quiere quedarse en los pueblos, personas que habían encontrado una salida laboral después del derrumbe de la construcción, herederos de una tradición de generaciones que llevaban tres años ilusionados con las posibilidades que les ofrecía el monte. El perfil calcinado de los árboles les parece “una pesadilla” ante la que aún no saben cómo reaccionar. Los resineros estaban en plena época de recolección. Pero no quieren dar pena, aseguran, “algo saldrá”.

Se le han salvado 6.000 pinos después del incendio. No es de lo vecinos más desafortunados. José Manuel Fernández Juste, de 53 años y natural de Castrocontrigo, conoce bien el mundo de la resina, en el que comenzó a los 15 años cuando ayudaba a su padre. Hace tres, movido por la crisis y por el aumento de precios —que ahora son de poco más de un euro por kilo de miera— decidió “con mucho esfuerzo” probar, y arrendó 22.000 pinos. Se paga 20 céntimos por temporada por cada uno de los árboles, cantidad que se reparte entre la Junta Vecinal y la de Castilla y León. Fernández formó una cuadrilla con su mujer, su hijo “el que más ha sufrido con todo esto”, y un chico que antes estaba desempleado. Esperaban obtener dos kilos por pino. Una jornada con todos trabajando podía concluir con la recogida de cinco cubas, cada una de 250 kilos, que después eran transportadas a Coca (Segovia) a unos 200 kilómetros de distancia, donde se ubica la única fábrica de la Unión Resinera Española.

Como describe Santiago Santamaría —quien ha resinado junto con su mujer y sus hijos de 9 y de 16 años—, las llantas de los camiones “casi llegaban hasta el suelo”. A sus 47 años, ha vivido una historia distinta del monte, cuando, según relata, eran más responsables de él, hasta el punto de que era “obligatorio” sofocar los incendios, bajo amenaza de multa. “Andamos un poquitín vacíos y sin luces. Pinares que eran centenarios no los veremos más”, comenta Fernández.

“Miro al frente y solo veo quemado”. A Segundo Caballero Carracedo, de 47 años, se le han destruido íntegros los 4.000 pinos en los que estaba trabajando y 15 barricas de unos 200 kilos de miera cada una. Había sido su primera campaña en la resina, después de haber trabajado como encargado, en la construcción, “un añín en Segovia, en la carretera”. Caballero había invertido 3.000 euros en la compra de herramientas.

Ignacio Abajo es uno de las siete personas de Tabuyo del Monte que se habían animado a resinar. “Nos gusta el pueblo, y aquí queremos quedarnos”, indica este joven de 29 años, muy consciente de que ahora los medios de comunicación les prestan atención, pero después “se olvidarán” de ellos. Ha quedado un trozo de monte sin arder, y eso cuenta. Abajo ha hecho de todo: ha sido bombero, guía micológico —en una zona en la que las setas son muy abundantes— y ahora ha formado una cooperativa con otros tres jóvenes, que busca explotar los recursos de la tierra.

Como Abajo, Hipólito Fernández García, de 39 años, luchará por permanecer en el pueblo, a pesar de que es originario de Ponferrada, y aunque solo los hijos de su hija “serán quienes resinen”. Llegó a Tabuyo en busca de tierras más baratas para abrir una granja de pollos ecológicos, que al final fracasó. Los 13.000 de su mata (conjunto de pinos) han sido pasto de las llamas. Unos 20.000 kilos de resina se han quedado en el cementerio en el que se ha transformado el monte, y que él también encontró “desarmado”, con zonas en las que era muy difícil entrar. Había preparado sus árboles para dos años. Fernández esperaba sacar alrededor de 40.000 euros al final de la campaña, repartido entre él y su sobrino. “No es como en la ciudad, que hay que estar todo el día con la cartera en la mano”, asegura, mientras espera que la Junta de Castilla y León los compense con el encargo de trabajos para arreglar el monte.

Rosa María Teruelo Gil volvió a Nogarejas, localidad en la que su familia había vivido por generaciones, acompañada por su hija, Saïda Pazo y su compañero, tras años viviendo en Castro Urdiales (Cantabria). Para ellos, era la oportunidad de un nuevo comienzo, gracias a la explotación de la resina. Pazo, de 32 años, partía de cero en las tareas de resinación. Después de tres años en el paro y experiencia en un servicio de catering, ahora experimentaba la alegría de ver que, después de cinco meses expuesta a las penurias del monte, los 4.500 pinos que había arrendado se disponían a dar su fruto. La tarea no les ha sido fácil: “En el monte, hemos encontrado de todo: Vidrios, latas oxidadas, maleza por todas partes”, relata Teruelo. Habla también por su hija, quien ha decidido pasar unos días en Bilbao y tomar fuerzas para volver a intentarlo. Y la mujer de 52 años, que cobra una pensión de 385 euros mensuales de la que vive su familia, da las gracias a su padre, “previsor” a la hora de construir la casa en Nogarejas en la que viven.

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