No se pueden permitir injerencias externas para lograr un cambio de régimen (Siria)

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La igualdad soberana y la no injerencia en los asuntos internos es una línea roja que no se tolera cruzar. Al permitir un cambio de régimen por injerencia externa, los ciudadanos pagarán un alto precio, que también será un golpe el sistema de relaciones internacionales en su conjunto.

La única salida para el problema sirio está en la solución política. Los esfuerzos de mediación del enviado especial Kofi Annan presentan cierta dificultad, mientras que las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU se han retrasado en su implementación. Una de las causas principales es que algunos países no han desistido en su intento por cambiar el régimen mediante la injerencia externa.

La vida política del actual líder sirio sólo puede ser determinada por el pueblo de ese país. Si se va o se queda, la comunidad internacional debe respetarlo siempre y cuando sea un acuerdo en el interior de Siria. Sólo cuando prevalezca la voluntad del pueblo sirio, habrá esperanza de poner un pronto final a los enfrentamientos sangrientos que se han prolongado por tanto tiempo.

En definitiva, ¿quién debe regir en un país es algo que debe decidir el propio pueblo o las fuerzas externas? Esta es una cuestión de principios de importancia universal que no sólo interesa a Siria. Una vez derrocado el gobierno, el pueblo estará destinado a pagar un alto precio. El caso de Libia es una lección importante. Mientras algunos consideran a la OTAN mediante su intervención directa como a un héroe que dio vuelta a la página de la “era de Gadafi”, ¿acaso piensan en las decenas de miles de víctimas inocentes del pueblo libio cuyas vidas fueron arrebatadas por el fuego del combate? ¿Piensan también en cómo el pueblo libio podrá cerrar las heridas de la guerra?

El Comunicado Conjunto publicado recientemente por el “equipo de acción” para el problema sirio señala claramente que las “instituciones administrativas de la transición” en Siria deberán, sobre la base del reconocimiento mutuo, absorber personas del actual gobierno, la oposición y otros grupos. Este punto tiene un gran significado práctico para la resolución política del problema sirio. Sin embargo, ¿Qué tipo de comportamiento constituyen acciones tales como ignorar el difícil consenso logrado por el “equipo de acción”, continuar teniendo como principal objetivo el derrocamiento del actual liderazgo del país y aumentar la intensidad del apoyo militar para una de las partes del conflicto? En su esencia, se trata de un intento estratégico del llamado “modelo de intervención futura” basado en el precio del desastre humanitario en Siria.

Teniendo la alianza militar más poderosa del mundo enseñando sus colmillos, cambiar el régimen de un país pequeño a través de la guerra no es nada difícil. Cambiar el régimen con una intervención externa y detener el desastre humanitario mediante la fuerza parece una actitud llena de sentido de justicia y responsabilidad. No obstante, ¿acaso no constituyen un desastre humanitario las explosiones y los ataques sin parar en los años posteriores al cambio de régimen? Las guerras que han tenido lugar en el nuevo siglo han demostrado en repetidas ocasiones que frases como “promoción de la democracia” y el “humanitarismo” son sólo un rótulo detrás del cual se esconden los planes de beneficio personal de las fuerzas externas.

La igualdad soberana y la no injerencia en los asuntos internos son principios básicos establecidos en la Carta de Naciones Unidas. Ya en la primavera del 2003, cuando Estados Unidos intentó convencer al Consejo de Seguridad para que autorizara un ataque militar contra Irak, el entonces secretario general de la ONU, Kofi Annan, dijo: “Sé que en Washington hay personas que tienen diferentes opiniones sobre cómo lidiar con el problema de Irak, pero no es de mi incumbencia. La ONU no puede ir y cambiar el presidente de un país. En nuestra organización eso es ilegal”.

En un artículo publicado en el Washington Post en junio de este año, el ex Secretario de Estado de EE.UU. Henry Kissinger hizo hincapié una vez más en que, mediante la firma del Acuerdo de Paz de Westfalia en 1648, los países europeos dispusieron que no se puede interferir en los asuntos internos de un país.

Respetar este principio, promover la solución política del problema en Siria y promover a que Medio Oriente se encamine hacia la estabilidad es la posición principal de China. Esto no sólo atiende los intereses fundamentales del pueblo sirio, sino también muestra el alto sentido de responsabilidad por la paz mundial que presenta China como miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

 

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