Las cinco marchas del carbón

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La marcha procedente de Cerredo se une en Hospital del Sil al grupo procedente de Villablino a las 13.15 horas, ocupando un carril de la C-631.

«Lo ideal sería una revolución», decía ayer la mujer de un minero, en el cruce de la carretera de Cerredo con la C-631 que une el Bierzo con Villablino en Hospital del Sil. Allí confluían dos de las cuatro marchas que procedentes de Villablino, Cerredo, Toreno y Fabero desembocaron en la boca de la mina del pozo Santa Cruz, donde siete productores llevan hoy 26 días bajo tierra para reclamar un futuro para el sector del carbón. La quinta marcha partió de La Robla y desembocó ante la Diputación de León para apoyar a los compañeros atrincherados en la sede de la institución. En total, tres mil personas en la carretera o aguardando su llegada en la boca de una mina.

La explanada del pozo Santa Cruz se llenó pasadas las tres de la tarde de una multitud de más de dos mil quinientas personas procedentes de las cuencas mineras del Bierzo, de Laciana y de Asturias. A las 13.15 horas las dos marchas más madrugadoras, las que partían de más lejos —32 kilómetros desde Villablino, 30 desde Cerredo— se encontraban el cruce de Hospital y en la cuneta de la carretera, Nuria Martínez, esposa de un camionero en Coto Cortés, comparaba la protesta de estas semanas con la mítica huelga minera de 1962, en plena dictadura de Franco. Y le parecía que hay más similitudes de lo que parece. «Tendría que haber una revolución, como en el 62 y que la Educación y la Sanidad se unieran a los mineros en contra de esos hijos de…, fascistas, porque vivimos en una dictadura encubierta».

Así de calientes estaban ayer los ánimos a punto de cumplirse un mes de conflicto. Tanto que cinco mineros, sin consultar con los sindicatos, hicieron un amago de echarse a la carretera, como la película Pídele cuentas al Rey, para llevar una carta a La Zarzuela de sus siete compañeros encerrados. Los cinco llegaron a bajar a la mina y salir del pozo coincidiendo con la llegada de las cuatro marchas a Santa Cruz para anunciarlo públicamente. Su plan era caminar, y caminar, y caminar, y dormir en una tienda de campaña, comprar la comida en los pueblos, y tratar de llegar a Madrid para que el Rey les hiciera el caso que no les está haciendo Mariano Rajoy ni su ministro de Industria. Pero el desafío era mayúsculo, podía romper la unidad de acción, y los sindicatos les hicieron cambiar de idea.

La carretera, en cualquier caso, fue protagonista. Sin barricadas de neumáticos, sin antidisturbios ni pelotazos. A las ocho de la mañana, tres centenares de lacianiegos, con servicio de seguridad montado con emisoras de Laciana Motor, partía de Villablino de la misma forma que hace dos años partió la última Marcha Negra y con veteranos de 1992 del 2010, como Óscar Gatón. «Para luchar por esto, hay que ir donde haga falta», decía.

Los mineros fueron recogiendo caminantes, como en Palacios del Sil, donde el párroco Carlos Martínez, que apenas ha cumplido 30 años y está en su primer destino como sacerdote, propuso a sus feligreses recibir la marcha sacando la imagen de Santa Bárbara de la iglesia de Santa Leocadia. Y al pie de la carretera, en un altar improvisado, un coro de mujeres cantó «Santa Bárbara bendita» a los mineros, —lo mismo sucedió en la boca de la mina— aunque alguno de los viejos jubilados que esperaban en el Café Bar Mónica tenían serias dudas de que Dios vaya a interceder por el carbón. «Yo no creo en milagros», decía uno de los más veteranos.

Los escolares emocionaron después a más de uno con una pancarta de apoyo. Y lágrimas hubo en Corbón, donde aquella mujer llamada Carmen que apareció en la marcha del 2010, volvía de nuevo a salir a la puerta de casa para animar a los caminantes.

A mediodía, desde Fabero y desde Toreno, ya habían partido las dos marchas más cortas, de entre 10 y 12 kilómetros. En Toreno, tres de las mujeres de los encerrados encabezaban un grupo muy numeroso, despedido junto a la Picota por otro grupo de escolares. Con sus maridos en el pozo a Silvia, Ana, y Ana Belén no les importaba que sus pies sufrieran. «Da igual si nos salen ampollas, aguantamos lo que sea», decía Silvia, con la foto de su marido Pepe en la camiseta. Y de nuevo una expresión que estos días recorre las cuencas mineras. «Estamos hasta los cojones».

«Es una cuestión de supervivencia y estamos dispuestos a endurecer esto. Pero con las manos vacías no nos vamos a quedar», resumía el presidente del comité de Tormaleo, José María Pérez. Y la explanada llena en la boca de la mina de Santa Cruz fue la prueba de que los mineros van en serio. Y están echando el resto.

 

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