La Sonrisa del Comunero

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El comunero ve como cae al suelo y enseguida le rodean siete policías antidisturbios armados hasta los dientes. El chico no tendrá más de 19 años y recibe patadas en la cabeza sin posibilidad de defensa alguna, luego lo arrastran hasta un furgón policial y desaparece.
Esa misma tarde el comunero había contemplado miles de personas exigiendo una Democracia Real, que es tanto como una democracia a secas pues nadie puede estar embarazada a medias, o hay democracia o no la hay. Algunos de esos miles, pocos, decidieron hacer suya la puerta del sol.
(La plaza recibe el nombre de la guerra de las comunidades de Castilla, en 1521. Los rebeldes en Madrid levantaron, en lo más moderno de la villa, fortificaciones, barricadas y fosos, y en el lindero oriental de la misma los comuneros construyeron un castillejo y en la puerta del mismo había pintado un sol. Desde entonces la plaza se llamó de este modo: Puerta del Sol.)

Acamparon allí para hacer suya la plaza, para denunciar el abuso y el hastío en un gesto de dignidad que el poder, acostumbrado hasta la saciedad a actuar impunemente, decidió corregir enviando a sus lacayos para sacar a esa chusma de la plaza.
Los ojos del comunero han visto esta misma escena muchas veces, muchos años, sin embargo, casi imperceptiblemente, algo había cambiado esta vez.

Los acampados y todos los amigos que se reunieron el Domingo 15 de Mayo convocan a la ciudad de Madrid a tomar la plaza, a no dejar impune este nuevo atropello.

A partir de ahí las pupilas moradas se llenan de rostros durante días.

Decenas de miles de madrileños y madrileñas toman la plaza, desafían la prohibición de la junta electoral que prohíbe a los concentrados unirse con el peregrino argumento de que pueden influir en las próximas elecciones sin darse cuenta de que eso es precisamente los que les lleva allí, poder tener voz en las decisiones políticas que los marginan y humillan permanentemente.

Se unen ciudades por doquier a esta multitud indignada y harta. Acampadas en Barcelona, Segovia, Valladolid, Segovia, Granada, Toledo, Salamanca, Burgos, Concentraciones solidarias en Buenos Aires, Paris, Londres, Berlín…

Se llena la plaza madrileña de pancartas contra los privilegios de la clase económica y política, se corean cánticos contra el capitalismo, asambleas a las dos de la mañana en cada esquina de hasta 200 personas, se discute en corros de política, economía, ecología, derechos sociales, políticos, formas de participación….

En los medios oficiales los gurús habituales aparecen descolocados, no saben si tratar de engatusar con falsos halagos a los convocados, se muestran paternalistas al principio para acabar llamándoles irresponsables, manipulados, utópicos y hasta amigos de los terroristas en una escalada de violencia verbal que sólo muestra la impotencia de quien ya no tiene el monopolio de la palabra. Ahora la palabra la han tomado otros.

Y dicen, que ya no va a ser normal eso de llamar democracia al hecho de que gobierne una casta privilegiada, y dicen que ya no más van a ver a sus seres queridos apenados por no tener presente para ellos ni futuro para sus hijos, que ya se ha acabado eso de aguantar con una resignación que raya la estupidez que a ellos se les quite lo poco que tienen para dárselo a quienes lo han tenido todo desde siempre.

Ya no quieren salir más en la televisión como animales de feria en callejeros, ni que les llamen “generación ni-ni” porque son vagos, mientras a la vez muestran la opulencia que gozan quienes viven en casas de ricos en el siguiente programa de la noche.
El comunero vuelve a casa después de ver todo esto y apenas duerme pensando que la historia no se para nunca, y que independientemente de cómo acabe todo esto hoy se siente orgulloso de su pueblo y de su gente.

Cuando al día siguiente escucha las veladas amenazas del ministro del interior a quienes no acatan su santa voluntad, decide volver a la plaza.
En el vagón de metro muchos hablan de lo que sucede y aunque no se conocen entre sí, ni se habían visto antes, cruzan miradas cómplices y al salir de la estación, cuando escuchan el murmullo del gentío que brama pidiendo justicia de una vez, entonces, se miran como si se conocieran desde siempre y en las bocas explota la sonrisa, se perfila la carcajada de quien ya ha descubierto el juego del tirano y cómo detenerlo.
Puede que dentro de no mucho, el látigo, por fin cambie de manos.
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