La mujer madrileña en los siglos XVIII Y XIX.

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Tras haber explicado el protagonismo, de una forma u otra, en la iconografía del los siglos XVI y XVII vamos a hacer una exposición de la situación de la mujer en la élite madrileña, entre 1750 y 1850. Como veremos a continuación los posibles cambios experimentados en la vida social y privada de la mujer, fueron significativos en las clases medias y altas, pues eran las que tenían acceso a un potencial cambio en el desarrollo de su vida, ya que las clases obreras no tenían si quiera opción a un tipo de ocio que para la mujer de ésta época empezó a surgir.

En los cambios sociales y jurídicos que empiezan a surgir desde la segunda mitad del S.XVIII, aparte de las luchas de clases, hay que hablar de las diferencias de género. La mujer, a pesar de apoyar desde la esfera privada, e incluso la pública, los impulsos de la revolución política, quedó sin embargo marginada de sus beneficios jurídicos y apenas cambió su posición como agente social.

El papel de la mujer en la familia, la economía y en las relaciones sociales se refuerza la impresión de continuidad histórica y no de alteración revolunionaria. Hay una mejora para la posición social de las mujeres de las clases acomodadas en el SXVIII, pero como veremos después en el siglo siguiente se produce un retroceso hacia formas mas tradicionales.

La mujer en el siglo SXVIII va a tener mas presencia en la esfera pública y más permisividad en los espacios de privacidad. En diversos textos actuales se comenta como la mujer empezaba a adquirir una cierta independencia, y este hecho dio lugar a toda una inconografía que la ridiculizaba, tratando de demostrar que la sociedad de la época no estaba preparada para el cambio.

Los planteamientos que permitían entrar a las mujeres en, por ejemplo, la Sociedad Matritense, eran conservadores pero suponía un avance, pues ya no estaban “reunidas sólo en el convento”. La Ilustración quería un civismo promocionado por la convivencia y orden social dirigido a ambos sexos, causa de ello fue la formación de la Junta de Damas de Honor y Mérito de la Matritense, la primera institución netamente femenina para la promoción de la educación que surge al margen de la Iglesia.

En el libro de Carmen Martín Gaite sobre “usos amorosos” en el SXVIII, se comenta como hay una atmósfera de mayor permisividad en algunos niveles de la esfera privada. Esta apertura de las costumbres tradicionales se dejó sentir exclusivamente por una minoría de mujeres de las clases mas acomodadas, eso ya es un avance en el proceso de integración social de la mujer. Haciendo alusión al cortejo, esta autora nos explica que era considerado como una respuesta por parte de las mujeres al aislamiento a que eran sometidas por sus maridos.

El cortejo es un cambio cultural, implica más consumo, más importancia a la moda, pero también más dispendio, opuesto al modelo de “La Perfecta Casada” con su austeridad y ahorro económico. Surgen nuevos peinados, apertura en los escotes, recorte de faldas, calzado más delicado, medias coloridas,…, en resumen, más liberación frente al oscurantismo e inmovilidad. Las mujeres de las clases medias y altas eran promotoras de salones, anfitrionas en visitas, tertulias y saraos, y podían hacer este tipo de vida social sin su marido, con el cortejo, eso sí, sólo las más afortunadas.

Frente a todo este nuevo estilo de vida de la mujer siempre se encontraban las posturas más tradicionalistas que se encargaban de ofrecerlas burlas en poemas, canciones…, y así llegamos hasta el siglo XIX, un siglo de reformas y revoluciones en el que a las mujeres se las terminó su anterior ocasión. Con pequeñísimas excepciones en la guerra contra los franceses, la mujer quedó relegada de la vida pública. Aquí no hubo declaraciones de los derechos de la mujer como sucedió con la presentada por la francesa Olimpia Gouges.

El liberalismo, al igual que sucedía en estados europeos, continuó relegando a la mujer en materia de derechos políticos y jurídicos, subyugada a la autoridad masculina del padre y, sobre todo, del marido. La tendencia fue a favorecer de nuevo el recogimiento de la mujer en el hogar y la familia, se la asocia con una buena madre y una esposa modélica, con superioridad moral y absoluta falta de apetencia sexual. En esta cultura tradicional, la familia de carácter patriarcal y estructura extensa constituía una pieza central que garantizaba la reproducción social y, por consiguiente, la dominación. Si por algo se caracterizó este modelo familiar fue precisamente por la estricta manera en la que delimitó las funciones productiva y reproductiva de cada sexo y por la barrera que estableció en las relaciones entre ambos.

Uno de los ejemplos que hacen referencia a la posición de la mujer dentro de lo que se podría llamar grupos dominantes de la sociedad madrileña en la época de la revolución liberal, aquellos que controlaron los resortes del poder social, económico y que promocionaron el nuevo sistema político, una parte de la aristocracia tradicional comprometida con el liberalismo y el conglomerado de terratenientes, burócratas, banqueros y comerciantes, la mayor parte procedentes de la hidalguía provincial, que los historiadores tradicionalmente ha etiquetado con el nombre de burguesía. Nos referimos a los comerciantes.

En el sector del comercio, vemos como Mesonero Romanos nos explica asombrado como a diferencia de lo que contempló en París o Bilbao, las mujeres madrileñas tenían un papel completamente diferente. Mientras en las otras ciudades mencionadas, en las tiendas se podía ser atendido por mujeres sin ningún pudor ni impedimento para hacer uso de una forma dulce de hablar si se quería o de mostrar amabilidad, en Madrid no se deseaba tenerlas en los comercios como compañeras de trabajo. Paradójicamente, muchos de los comercios tenían nombres relacionados con mujeres, como puede ser… “Viudo de…” y es que en la ciudad de Madrid los matrimonios de conveniencia entre familias comerciantes eran habituales como garantía de continuidad.

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