La lucha por el derecho al voto de las mujeres en el Estado Español durante la IIª República [Artículo]

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El derecho al voto en igualdad de condiciones con los hombres, derecho que hoy nos parece tan elemental constituye el fruto de más de un siglo de lucha de miles de mujeres que gritaron, se manifestaron, se enfrentaron a la policía, llenaron las cárceles y en algunos casos murieron, para arrancar a los poderes públicos el reconocimiento de la igualdad fundamental del las mujeres para participar y decidir en la vida política.

 

 

El derecho fue finalmente conquistado y en la actualidad no existe ningún país, de régimen parlamentario, que niegue el voto a las mujeres.

 

El sufragio femenino es una conquista histórica y como tal quedará registrado dentro de los anales del mundo contemporáneo. Pero las luchas y las mujeres que las protagonizaron han desaparecido de la “historia académica”. En la memoria colectiva las sufragistas subsisten, pero totalmente deformadas: sus análisis han sido borrados, desacreditados; sus propósitos han sido deformados; sus personas y sus vidas caricaturizadas, ridiculizadas; acusadas de burguesas y reaccionarias por un lado, tachadas de fantochotes y esperpentos por otro lado.

 

Los combates sufragistas de los siglos XIX y XX forman parte fundamental de la historia de las mujeres, gracias a ellos conocemos un mundo menos desafortunado que el que ellas se encontraron.

 

Las luchas de nuestras predecesoras nos permiten gozar hoy de derechos que a ellas les fueron negados, y será nuestro combate el que nos permita seguir avanzando.

 

Queremos recordar y reivindicar a todas las mujeres que hicieron posible este hecho y en especial a aquellas que se esforzaron para que la Constitución de la Segunda República incluyera el derecho al voto de las mujeres.

 

La conquista del voto en el Estado Español

El derecho de la mujer al voto fue una cuestión polémica mucho antes de su discusión en el Parlamento.

 

Durante el primer tercio de siglo se planteó por tres veces esta cuestión. En 1908, se solicitó el voto administrativo para las mujeres emancipadas, mayores de edad y cabezas de familia. Esta propuesta fue mayoritariamente rechazada.

Durante la Dictadura del general Primo de Rivera se planteó por segunda vez la cuestión y, mediante un decreto de 12 e abril de 1924, se concedió “el voto a las mujeres solteras o viudas mayores de edad”. Excluyendo para proteger la unidad familiar, a las casadas “ya que podrían ejercerlo contra sus maridos”

 

Esta idea del “voto familiar”, cuya representación se otorga al marido, aparecía cada vez que se intentaba incluir a las mujeres en el censo electoral y resurgió cuando, en 1931, se planteó el problema por última vez.

 

Con la llegada de la Segunda República, se propone, durante la redacción del texto constitucional, el definitivo reconocimiento del derecho al voto de todas las mujeres mayores de edad, sin distinción de estado civil. Pero para conseguirlo hubo que vencer una fuerte oposición basada en los más peregrinos argumentos.

 

Ahora, desde una perspectiva histórica cabe preguntarse, cuál habría sido la suerte del voto femenino sin la movilización constante de muchas mujeres, encabezadas por una de las más ilustres y desconocidas figuras nuestra historia en el presente siglo: Clara Campoamor.

 

Clara Campoamor Rodríguez

Nacida en Madrid en 1888, era hija del periodista Manuel Campoamor y e Pilar Rodríguez, costurera. La mayor de tres hermanas, a la muerte de su padre tuvo que dejar los estudios para ayudar a la familia como costurera. Posteriormente encontró trabajo en una tienda de modas e hizo las oposiciones al cuerpo de telégrafos, siendo destinada primero a San Sebastián y, en 1920, a Madrid. En esta ciudad trabajó también como secretaria en el periódico progresista “La Tribuna”, acudiendo al Ateneo donde entró en contacto con los postulados feministas.

 

En 1921, a los 33 años de edad, reemprende sus estudios y en tres años acaba el bachillerato y hace la carrera de Derecho, sin abandonar por ello su trabajo. El 23 de diciembre de 1924 solicita su ingreso en el Colegio de Abogados, instalando el despacho en la Plaza de la Lealtad.

 

En 1929 al terminar la Dictadura, inicia su participación en la política siendo elegida diputada a las Cortes Constituyentes de 1931, dentro de la Coalición Republicano-Socialista.

El debate parlamentario

La Comisión que redactó el anteproyecto de la Constitución estaba presidida por el socialista Luis Jiménez de Asúa y en ella se integró Clara Campoamor como ponente en representación del Partido Radical. Asimismo fue nombrada Vicepresidenta de la Comisión de Trabajo y Previsión.

 

El día 1 de septiembre se trató por primera vez del artículo 34, en el curso del debate sobre la totalidad del proyecto. Clara Campamor tuvo ya que contestar al que sería el principal argumento contra el reconocimiento del derecho a las mujeres al voto: El supuesto peligro que correrían la República y sus Instituciones, por el “reaccionarismo” de las mujeres españolas. Clara basó su defensa en el carácter democrático de la República y en la imposibilidad de compaginar la democracia con la exclusión de la mitad de la ciudadanía del ejercicio del derecho al voto.

 

El debate, en concreto, del artículo 34 tuvo lugar los días 30 de septiembre y 1 de octubre. Se presentaron dos enmiendas. Una, insultante, proponía “Conceder el voto a la mujer a partir de los 45 años” fue contundentemente contestada por Clara Campoamor y no fue tomada en consideración por la Cámara. La otra presentada por el Sr. Guerra del Río, y que respondía al sentir de muchos miembros de la Cámara, pretendía, en base a razones de oportunidad y defensa de la República, posponer la cuestión del voto femenino a una futura ley electoral, dado, decía, que si se incluía en la Constitución, la República quedaría indefensa ante el carácter reaccionario de las mujeres, guiadas por sus confesores, mientras que una ley electoral siempre podría ser reformada o suspendida. Clara contestó afirmando que la igualdad de la mujer, principio esencial de la democracia, no podía depender de la conveniencia del momento o de los señores diputados. La enmienda fue rechazada por 153 votos contra 93.

 

El 1 de octubre se volvió a discutir el artículo 34 para su aprobación. En esta sesión la diputada radical-socialista Victoria Kent, que no había podido intervenir el día anterior, tomó a su cargo la lucha contra el artículo 34. Manifestó su sentimiento por tenerse que oponer a lo que constituía una de sus principales convicciones, pero la mujer española no estaba preparada para asumir esta responsabilidad, ya que la proporción de mujeres con estudios superiores o de mujeres obreras era ínfima comparada con la de mujeres que no habían asumido una conciencia progresista y republicana. En estas condiciones conceder el voto a las mujeres era peligroso para la República. Proponía la condicionalidad del voto o su aplazamiento.

 

Clara Campoamor respondió que comprendía el sufrimiento de Victoria Kent al tener que defender ideas contrarias a las suyas propias, aunque fuera por cuestiones de oportunidad, pero que ella defendía, absolutamente, el derecho de las mujeres al voto. Frente a las que argumentaban sobre las deficiencias de las mujeres, planteó las deficiencias de los hombres, frente a los que argüían la inoportunidad del momento, presentó la injusticia de discriminar a la mitad de la población, pero, sobre todo, resaltó la incoherecia de reprochar la falta de formación a las mujeres, cuando se les negaba reiteradamente el acceso a responsabilidades. Citando a Humboldt terminó “la única manera de madurar en el ejercicio de la libertad es caminando por ella”

 

La aprobación de la cámara

A petición de varios diputados, la votación fue nominal, con el resultado de 161 votos a favor y 121 en contra. Entre los ministros presentes votaron a favor: Alcalá Zamora, Fernando de los Ríos, Miguel Maura, Casares Quiroga y Largo Caballero, y en contra Martínez Barrios.

 

La aprobación del artículo fue acogida con aclamaciones por las mujeres que llenaban las tribunas, aclamaciones que duraron varios minutos, sin que el Presidente de la Cámara, Sr. Besteiro, pudiera impedirlo.

 

Pero el voto femenino aún tenía que sufrir un último ataque. Una vez acabado el debate del articulado y en el plazo destinado a la presentación de disposiciones adicionales se presentó una enmienda que pretendía limitar el voto femenino a las elecciones municipales, condicionando la participación en las legislaturas a la renovación total de los ayuntamientos. Esta enmienda presentada el 21 de noviembre por Acción Republicana, fue debatida el día 1 de diciembre. Una vez más, contra los que argumentaban sobre la deficiente formación democrática de las mujeres y su sometimiento al confesionario, Clara Campoamor señaló “hace muchos años, en 1902, cuando el Sr. Pí y Arsuaga presentó su proposición para que se diera a las mujeres el voto municipal, se utilizó el mismo argumento y por eso naufragó la concesión … Si desde entonces no habéis hecho nada para deslindar los campos, no lo haréis nunca; porque lo cierto es, que más fácil es ser demócrata y liberal “laringeo” que demócrata actuante …”

 

En esta ocasión la enmienda quedó desechada por sólo cuatro votos. Era ciertamente un margen escaso, pero era la victoria.

 

En 1931, las mujeres consiguieron su legítimo derecho al voto.

No aquí ni en ningún otro país se trató de un regalo, fue un triunfo conseguido tras dura lucha. Hubo que enfrentarse a “razones” biológicas, históricas, científicas, morales, …, que llegaban a los extremos más ridículos e insultantes: “razones que fueron esgrimidas desde todos los sectores sociales, e incluso por algunos que no vacilaron en emplear la contundencia de la fuerza, pues cualquier esfuerzo parecía justo para devolver a las rebeldes mujeres al sitio que les correspondía.

 

Queremos rendir homenaje a todas las que lucharon y consiguieron lo que las mujeres jamás habrían tenido sin su esfuerzo. A aquellas que ya murieron y a las que aún viven rodeadas del olvido y de la indiferencia. En su historia se han ocultado los sufrimientos de nuestras antepasadas, y también sus victorias.

 

Queremos, por último, resumirlo todo en nuestra reivindicación, pública y fraternal, de Clara Campoamor Rodríguez, nuestra amiga hermana.

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