Escritos de Marx sobre las Revoluciones en ”España” (Tercera entrega)

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KARL MARX

New York Daily Tribune, 25 de septiembre de 1854

El fraccionamiento del poder entre las juntas provinciales salvó a España del primer golpe de la invasión francesa bajo Napoleón, no sólo por multiplicar los recursos del país, sino por el hecho además de colocar al invasor ante el problema de la falta de un centro que poder herir decisivamente, el francés quedó completamente desorientado al descubrir que el centro de la resistencia española no se encontraba en ninguna parte y estaba en todas.

No obstante, poco después de la capitulación de Bailén y de la evacuación de Madrid por José, se hizo sentir en todas partes la necesidad de establecer algun tipo de gobierno central. Tras los primeros éxitos, las disensiones entre las juntas provinciales habían alcanzado tal violencia que, por ejemplo, el general Castaños consiguió a duras penas evitar que Sevilla tomara las armas contra Granada. El ejército francés que, con excepción de las fuerzas mandadas por el general Bessieres, se había retirado hasta la línea del Ebro en grandísima confusión, de tal modo que si hubiera sido acosado vigorosamente habría sido dispersado con facilidad u obligado por lo menos a cruzar la frontera, se encontró así con la oportunidad de reorganizarse y de tomar firmes posiciones La sangrienta represión de la insurrección de Bilbao por el general Merlin fue, empero, un hecho que suscitó el clamor nacional contra los celos de las juntas y el facilón laissez-faire de los mandos. La urgencia de coordinar los movimientos militares, la certeza de que Napoleón no tardaría en reaparecer al frente de un ejército victorioso formado con elementos de las unidades del Niemen y el Oder y de las costas del Báltico, la necesidad de una autoridad general que pudiera concluir tratados con la Gran Bretaña u otras potencias extranjeras, restablecer las relaciones y recibir los tributos de la América española, la existencia de un poder central francés en Burgos y la necesidad de levantar un altar contra otro altar, todas esas circunstancias se sumaron para obligar a la recalcitrante Junta de Sevilla a renunciar a su supremacía mal definida y más bien nominal y a proponer a las diversas juntas provinciales que seleccionaran los diputados de su seno, la asamblea de todos los cuales constituiría una Junta Central; las juntas provinciales seguirían investidas con el gobierno interno de sus respectivos territorios, pero bajo la debida subordinación del Gobierno General. Y así la Junta Central compuesta por 35 diputados de las juntas provinciales (34 de las juntas españolas y uno de las Islas Canarias) se reunió en Aranjuez el 26 de diciembre de 1808, un día antes de que los protestantes de Rusia y Alemania se postrarán en Erfurt a los pies de Napoleón.

 

 

En circunstancias revolucionarias aún más que en circunstancias ordinarias, los destinos de los ejércitos reflejan la verdadera naturaleza de los gobierno. La Junta Central, encargada de expulsar del suelo español a sus invasores, fue empujada por los éxitos de los ejércitos enemigos de Madrid a Sevilla y de Sevilla a Cádiz para expirar ignominiosamente en esta ciudad. Su gobierno se señala por una desgraciada sucesión de derrotas, la aniquilación de los ejércitos españoles y finalmente la disolución de la guerra regular en las hazañas de la guerrilla. Y es que, como dijo el noble español Urquijo al capitán general de Castilla, Cuesta, el 3 de abril de 1808:

 

Nuestra España es un edificio gótico compuesto de elementos heterogéneos, con tantas fuerzas, privilegios, legislaciones y costumbres cuantas provincias hay. No existe en ella nada de lo que en Europa se llama espíritu publico. Estos motivos impedirán el establecimiento de cualquier poder central con una estructura lo bastante fuerte como para poder unir nuestras fuerzas nacionales.

 

Si pues la situación de España en la época de la invasión francesa oponía las máximas dificultades posibles a la creación de un centro revolucionario, la misma composición de la Junta Central la incapacitaba además para toda lucha en la terrible crisis en que se encontró el país. Demasiado numerosos y demasiado fortuitamente mezclados para ser un gobierno ejecutivo, los miembros de la Junta eran en cambio demasiado pocos para pretender tener la autoridad de una asamblea nacional. Y el mero hecho de que su poder fuera delegado por las juntas provinciales les hizo incapaces de sobreponerse a las ambiciosas tendencias, la mala voluntad y el caprichoso egotismo de aquellas corporaciones. Estas juntas -cuyos miembros, como vimos en un artículo anterior, fueron en general elegidos en consideración de la situación que ocupaban en la vieja sociedad más que por su capacidad de inaugurar una nueva- enviaron a su vez a la Junta Central grandes de España, prelados, títulos de Castilla, antiguos ministros, altos oficiales civiles y militares, en vez de revolucionarios de nuevo estilo. En ultimo término, la revolución española fracasó por su esfuerzo por ser y permanecer legítima y respetable.

 

Los dos miembros más significativos de la Junta Central, bajo cuyas enseñas se alinearon los dos grandes partidos, fueron Floridablanca y Jovellanos, víctimas ambos de la persecución de Godoy, antiguos ministros valetudinarios y madurados ambos en los formalistas y pedantes hábitos de ineficiente régimen español, cuya solemne y circunstanciada lentitud se había hecho ya proverbial en tiempo de Bacon, el cual exclamó en cierta ocasión: ¡Quiera la muerte llegarme de España, que así me alcanzará con más retraso!.

 

Floridablanca y Jovellanos encarnaban un antagonismo cuyos elementos, empero, pertenecían a aquella fase del siglo XVIII que precedió a la era de la Revolución francesa; el primero era un burócrata plebeyo; el segundo era un aristocrático filántropo; Floridablanca fue un partidario y ejecutor del despotismo ilustrado representado por Pombal, Federico II y José II; Jovellanos, un ”amigo del pueblo”, que esperaba conducir a éste hasta la libertad por medio de una prudentísima serie de leyes económicas y a través de la propaganda literaria de generosas doctrinas; ambos eran opuestos a la tradiciones feudales, el uno por su intento de extender el poder real, el otro por su deseo de liberar la sociedad civil de sus trabas. El papel representado por cada uno de ellos en su país corresponde a la diversidad de sus opiniones. Floridablanca tuvo un gran poder como primer ministro de Carlos III, poder que creció despóticamente en la medida en que se encontró resistencia. Jovellanos, cuya carrera ministerial bajo Carlos IV fue de breve duración, gano su influencia en los españoles no como ministro, sino como intelectual: no por decretos, sino por ensayos. En el momento en que las tormentas de la época lo situaron en cabeza de un gobierno revolucionario, Floridablanca era un octogenario, sólo inconmovible en su fe en el despotismo y en su desconfianza respecto de la espontaneidad popular. Al ser enviado a Madrid como delegado suscribió con la municipalidad de Murcia una protesta secreta en la que declaraba que no había hecho más que ceder a la fuerza y al temor de vesanías populares, firmando tal protocolo con la expresa intención de evitar que el rey José pudiera reprocharle la aceptación del mandato. No contento con volver a las tradiciones de su juventud, reconsideró algunos pasos de su pasado ministerial que juzgo ahora demasiado audaces. Así por ejemplo, apenas instalado en la Junta Central, aquel hombre que había expulsado a los jesuitas de España promovió que la Junta les concediera la autorización para regresar como particulares!. Y si reconocía que desde sus tiempos había tenido lugar algún cambio, se trataba de un cambio muy sencillo, a saber: que Godoy, que le había desterrado y había desposeído al gran conde de Floridablanca de su gubernamental omnipotencia, había sido sustituido por dicho conde de Floridablanca y desplazado a su vez. Este era el hombre que la Junta Central escogió como presidente y al que la mayoría de la misma reconoció como jefe inefable.

 

Jovellanos, que dirigió la influyente minoría de la Junta Central, había envejecido también y había perdido mucho de sus energías en el largo y penoso encarcelamiento que le hizo sufrir Godoy. pero ni siquiera en sus mejores tiempos había sido un hombre de acción revolucionaria, sino más bien un reformista bienintencionado que por su excesiva consideración de los medios no había llegado nunca a conseguir un fin. En Francia, por ejemplo, tal vez hubiera alcanzado la altura de un Mounier o de Lally-Tollendal, pero absolutamente nada más. Y en Inglaterra habían resultado un popular miembro de la cámara de los Lores. En aquella insurrecta España fue capaz de ofrecer ideas a la juventud pujante, pero en la práctica no resulto un contrincante a la altura de la servil tenacidad de Floridablanca. No enteramente libre de prejuicios aristocráticos y muy inclinado por tanto a la anglomanía de Montesquieu, esta intachable personalidad prueba que si con ella España había excepcionalmente engendrado una mente con dotes de generalización, ésta, empero, no era capaz de ejercerlas sino a costa de la energía individual, que sólo parece haber poseído para asuntos locales.

 

Es verdad que la Junta Central contaba también con unos pocos hombres -encabezados por don Lorenzo Calvo de Rosas, el delegado de Zaragoza- que, aun adoptando los puntos de vista reformista de Jovellanos, aguijoneaban al mismo tiempo la Junta con vistas a una acción revolucionaria. Pero su numero era demasiado reducido y demasiado desconocidos sus nombres para que les resultara posible empujar la lenta carroza política de la Junta y sacarla de la calmosa vía del ceremonial español.

 

Ese poder tan torpemente compuesto, constituido con tal falta de nervio y con tan moribundas reminiscencias al frente, tenía que realizar una revolución y derrotar a Napoleón. Si su proclamación fue tan vigorosa como flojos sus hechos, ello se debió a que la Junta tuvo el buen gusto de tomar como secretario al poeta español don José Quintana, confiándole la redacción de sus manifiestos.

 

Como los pomposos héroes de Calderón, que confundiendo la convencional distinción con la verdadera grandeza tienen por costumbre presentarse con una tedioso enumeración de todos sus títulos, la Junta se ocupó ante todo en decretar los honores e insignias debidas a su alto rango. Su presidente recibió el título de Alteza y los demás miembros el de Excelencia, mientas la Junta in corpore se reservaba el titulo de Majestad. Adoptaron una especie de fantasioso uniforme parecido al de general, se ornaron el pecho con símbolos que representaban los dos mundos y se votaron un salario anual de 120.000 reales. Fue verdaderamente una idea de vieja escuela española la que movió a los jefes de la España insurrecta a envolverse en teatrales ropajes para hacer una entrada grande y digna en el escenario histórico de Europa

 

Sería rebasar los límites de estos esbozos el entrar en la historia interna de la Junta y en los detalles de su administración. Bastará para nuestro objeto con contestar a dos preguntas: ¿Cual fue su influencia en el desarrollo del movimiento revolucionario español? ¿Cual fue la que tuvo en la defensa de país? Resueltas esas dos cuestiones, encontrará su explicación mucho de lo que hasta ahora ha resultado misterioso e inexplicable en las revoluciones españolas del siglo XIX.

 

En lineas generales, la mayoría de los miembros de la Junta Central tuvieron por principal deber el reprimir las primeras conmociones revolucionarias. Consiguientemente, volvieron a apretar los viejos grilletes de la prensa y nombraron un nuevo gran Inquisidor al que los franceses impidieron afortunadamente que reanudara sus actividades

 

Aunque la mayor parte de la propiedad inmueble española estaba bloqueada en el régimen de manos muertas, en la propiedad vinculada de la nobleza y en la inalienable de la Iglesia la Junta ordenó interrumpir la venta de los bienes de manos muertas, que habían empezado ya a enajenarse, amenazando incluso con anular los contratos privados concertados ya y que afectaban a las propiedades de la Iglesia. Reconoció la deuda nacional, pero no tomó ninguna medida para descargar la lista civil del cumulo de cargas que había amontonado una serie de Gobiernos corrompidos, ni para reformar su sistema fiscal proverbialmente injusto, absurdo y vejatorio, ni para alumbrar nuevos recursos productivos a la nación quebrantando las trabas del feudalismo.

 

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