Escritos de Marx sobre las Revoluciones en ”España”.(Segunda entrega)

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Introducción

 

En este segundo capítulo, Marx se centra en analizar la respuesta de las diversas clases sociales a la invasión Napoleónica, la claudicación y sumisión en pleno del bloque dominante español:Corona, nobleza, alto clero, ejército, aparato judicial y administrativo, actitud esta que se va a configurar como rasgo esencial de ese bloque social hacia el futuro .

 

 

Por otra parte describe y analiza en alguna medida, las contradicciones del bloque popular de resistencia, poniendo de manifiesto las fuertísimas contradicciones ideológicas en el seno de ese bloque, su falta de maduración revolucionaria, cuestiones que también por otra parte reaparecerán en épocas posteriores.

 

Por ultimo Marx, sin entrar a analizar en profundidad el tema, de nuevo señala la tendencia ”espontánea” a la articulación de la lucha popular en los marcos nacionales en el Estado Español, aunque él utilice la denominación de marcos”provinciales o regionales”.

 

 

Toño Sánchez

 

Castilla a 20 de Octubre de 2005

 

KARL MARX

New York Daily Tribune, 25 de septiembre de 1854

 

Hemos presentado ya a nuestros lectores un concepto de la primitiva historia revolucionaria de España, como medio para la comprensión y enjuiciamiento de los acontecimientos que esa nación está ofreciendo a la contemplación del mundo. Aun más interesante y acaso no menos valioso como fuente de comprensión es el gran movimiento nacional que se propuso la expulsión de los Bonaparte y restituyó la corona española a la familia en cuyo poder se encuentra todavía. Pero para poder valorar correctamente dicho movimiento, con sus heroicos episodios y aquella memorable exhibición de vitalidad de un pueblo que se suponía moribundo hay que retroceder hasta los comienzos del asalto napoleónico a la nación. La causa decisiva de todo este complejo histórico quedó quizá puesta en el tratado de Tilsit, concluido el 7 de julio de 1807 y completado, segun parece, por una convención secreta formada por el príncipe Kurakin y Talleryrand. Se publicó en la Gaceta de Madrid del 25 de agosto de 1812, y contenía entre otras cosas las siguientes estipulaciones:

 

Art I. – Rusia tomará posesión de la Turquía europea y extenderá sus posesiones en Asia cuanto estime conveniente,

Art II.- La dinastía borbónica en España y la casa de Braganza en Portugal dejarán de reinar. Príncipes de la familia Bonaparte sucederán en ambas coronas.

 

Si ese acuerdo fuera auténtico -su autenticidad ha sido discutida escasamente y precisamente en las memorias del rey José Bonaparte, recientemente publicadas- constituiría la verdadera razón de la invasión de España por los franceses en 1808, y las conmociones españolas de aquellos años resultarían enlazadas con los destinos de Turquía por una cadena de secretos eslabones.

 

Cuando subsiguientemente a las matanzas de Madrid y a las negociaciones de Bayona estallaron insurrecciones simultáneas en Asturias, Galicia, Andalucía y Valencia, y un ejército francés ocupó Madrid, las cuatro fortalezas septentrionales de Pamplona, San Sebastián, Figueras y Barcelona habían sido ya ocupadas por Napoleón con especiosos pretextos; parte del ejército español había sido trasladado a la isla de Funen, destinándolo a un ataque contra Suecia; por último, todas las autoridades constituidas – militar, eclesiástica, judicial y administrativa- así como la nobleza, exhortaron al pueblo a que se sometiera al extranjero intruso. Pero había una circunstancia que compensaba todas las dificultades de la situación: gracias a Napoleón el país se había desembarazado de su rey, de la familia real y de su gobierno. Así quedaron rotas las cadenas que en otras circunstancias habían impedido al pueblo español desplegar sus nativas energías; las desgraciadas campañas de 1794 y 1795 prueban en efecto que los españoles eran incapaces de hacer frente a los franceses en circunstancias ordinarias y dirigidos por su rey.

 

Napoleón había convocado en Bayona a las personalidades más distinguidas de España para que se recibieran de sus manos un rey y una constitución. Se presentaron allí con poquísimas excepciones. El 7 de junio de 1808 el rey José recibió en Bayona una diputación de los grandes de España, en cuyo nombre tomó la palabra el duque del Infantado, muy íntimo amigo de Fernando VII, expresándose en los siguientes términos:

 

Señor: Los grandes de España han sido celebrados en todo tiempo por su lealtad a su soberano, y Vuestra Majestad hallará ahora la misma fidelidad y adhesión.

 

El Real Consejo de Castilla, aseguró al pobre José que él constituía -la rama principal de una familia destinada por el cielo a reinar-. No menos abyecto fue el homenaje del duque del Parque, en cabeza de la diputación del ejército. Al día siguiente, esas mismas personas publicaban una proclama intimando la sumisión de todo el país a la dinastía Bonaparte. El 7 de julio de 1808 fue firmada la nueva Constitución por 91 españoles de la más alta nobleza, entre los que figuraban duques, condes y marqueses, así como varias cabezas de órdenes religiosas. Durante la discusión de la Constitución todos ellos hallaron motivos para protestar de la revocación de sus viejos privilegios y exenciones. El primer gabinete y la primera corte de José se constituyeron con las mimas personas que formaban el gabinete y la corte de Fernando VII. Algunos miembros de las clases altas consideraban a Napoleón como el providencial regenerador de España; otros, como el único baluarte capaz de enfrentarse con la Revolución; ninguno de ellos, por último, creía en la posibilidad de una resistencia nacional.

 

Así pues, desde el comienzo mismo de la guerra por la independencia española la alta nobleza y la vieja administración perdieron todo contacto con las clases medias y con el pueblo, a consecuencia de su deserción en el momento en que se iniciaba la lucha. De una parte estaban los afrancesados y de la otra la nación. En Valladolid, Cartagena, Granada, Jaén, Sanlúcar, La Carolina, Ciudad Rodrigo, Cádiz y Valencia, los miembros más prominentes de la vieja administración -gobernadores, generales, y otros personajes sobresalientes- suspectos de ser agentes franceses y obstáculos para el movimiento nacional, cayeron víctimas del pueblo encolerizado. En todas partes fueron desplazadas las autoridades existentes. Algunos meses antes del levantamiento -el 19 de marzo de 1808- habían tenido lugar en Madrid agitaciones populares encaminadas a derrocar al Choricero (Godoy) y a sus odiosos adláteres. El objetivo se alcanzaba ahora, y con él se cumplía la revolución nacional, dentro de los reducidos limites en que ello era posible dados el estado subjetivo de las masas y el hecho de que no estaba resuelto el problema de la invasión extranjera. Considerado a grandes rasgos, el movimiento parece más bien dirigido contra la revolución que en favor de ella: nacional por la proclamación de la independencia de España respecto de Francia, el movimiento es sin embargo al mismo tiempo dinástico, oponiendo a José Bonaparte el -deseado- Fernando VII; es reaccionario al oponer las viejas instituciones, costumbres y leyes a las racionales innovaciones de Napoleón; y supersticioso y fanático en su defensa de la ”Santa Religión” contra lo que se llamaba el ateísmo francés o la destrucción de los especiales privilegios de la Iglesia romana. Asustados por la suerte que habían corrido sus hermanos en Francia, los clérigos fomentaron las pasiones populares en interés de su propia conservación. ”El fuego patriótico -dice Southey-, llameó aun más alto gracias al santo óleo de la superstición”

 

Todas las guerras por la independencia dirigidas contra Francia llevan simultáneamente en sí la impronta de la regeneración mezclada con la de la reacción; pero en ninguna otra parte se presenta el fenómeno con la intensidad con que lo hace en España. El rey viven en la imaginación del pueblo con el halo de un príncipe legendario, engañado y encadenado por un criminal gigante. Las épocas más fascinadoras y populares de su pasado están enmarcadas por las santas y milagrosas tradiciones de la guerra de la Cruz contra la Media Luna, y una gran parte de las clases bajas estaba acostumbrada a llevar los andrajos del mendigo y a vivir el santificado patrimonio de la Iglesia. Un autor español, don José Clemente Carnicero, publicó en los años 1814 y 1816 las siguientes obras: Napoleón, el verdadero Don Quijote de Europa, Historia razonada de los principales sucesos de la gloriosa revolución de España, La Inquisición justamente restablecida; bastan los títulos de esos escritos para comprender este aspecto de la revolución española, aspecto que volvemos a encontrar en los diversos manifiestos de las Juntas provinciales, todos los cuales proclaman su adhesión al rey, a la santa religión y a la patria, mientras algunos declaran al mismo tiempo al pueblo que -sus esperanzas en un mundo mejor están en la estacada y en muy inminente peligro-.

 

No obstante, y aunque los campesinos, los vecinos de las pequeñas ciudades del interior y el numeroso ejército de mendigos -harapientos o no-, imbuidos todos ellos de perjuicios políticos y religiosos, formaban la gran mayoría del partido nacional, éste incluía por otra parte una minoría activa e influyente que consideró el levantamiento popular contra la invasión francesa como la señal de la regeneración política y social de España. Esta minoría estaba formada por habitantes de las ciudades portuarias y comerciales, y en parte también por elementos de las capitales de provincia, donde bajo el reinado de Carlos V se habían desarrollado hasta cierto punto las condiciones materiales de la sociedad moderna. Todos esos elementos se vieron reforzados por el sector más cultivado de las clases medias -escritores, médicos, juristas e incluso clérigos- para el cual los Pirineos no habían sido barrera suficiente contra la invasión de la filosofía del siglo XVIII. Como verdadero manifiesto de esa fracción puede ser considerada la célebre memoria de Jovellanos sobre la mejora de la agricultura y el derecho agrario, publicada en 1795 y elaborada por encargo de Real Consejo de Castilla. La juventud de las clases medias, finalmente -los estudiantes de las universidades por ejemplo-, constituye el sector que más ávidamente adoptó las aspiraciones y principios de la Revolución francesa; por un momento, esa juventud esperó incluso que la regeneración de su patria se produjera con la ayuda de Francia.

 

Mientras sólo se trató de la común defensa del país, los dos grandes elementos constitutivos del partido nacional permanecieron en completa unión. Su antagonismo no apareció hasta que se encontraron reunidos en las Cortes en torno al caballo de batalla de una nueva constitución que había que trazar. Con el fin de fomentar el espíritu patriótico del pueblo, la minoría revolucionaria no vaciló en apelar a los prejuicios nacionales de la vieja fe popular. Aunque esa táctica resultara favorable para los objetivos inmediatos de la resistencia nacional, no podía menos de mostrarse funesta para aquella minoría cuando llegara para los intereses conservadores de la vieja sociedad el momento de colocarse detrás de los numerosos prejuicios y pasiones populares con objeto de defenderse frente a los planes inmediatos y remotos de los revolucionarios.

 

Al abandonar Fernando Madrid, conminado por Bonaparte, estableció una Junta Suprema de Gobierno bajo la presidencia del infante don Antonio. Pero esta junta había dejado de existir ya en mayo. A partir de este momento no había gobierno central alguno, y las ciudades sublevadas formaron sus propias juntas, subordinadas a las de las capitales de provincia. Estas juntas provinciales constituyeron otros tantos gobiernos independientes, cada uno de los cuales puso en pie su propio ejército. La Junta de representantes de Oviedo declaró que la plena soberanía había paso a sus manos, proclamó la guerra contra Bonaparte y envió diputados a Inglaterra para concluir un armisticio. Lo mismo hizo más tarde la Junta de Sevilla. Es un hecho curioso el de que por la mera presión de las circunstancias esos exaltados católicos se vieran impulsados a una alianza con Inglaterra, potencia a la que los españoles estaban acostumbrados a mirar condenatoriamente como encarnación de la más perversa herejía, poco mejor que el mismísimo Gran Turco. Atacados por el ateísmo francés, se vieron lanzados a los brazos del protestantismo británico. No debe pues sorprender que a su vuelta a España, Fernando VII declarara en el decreto de restablecimiento de la Santa Inquisición que una de las causas-que han alterado la pureza de la religión en España, ha sido la estancia de tropas extranjeras de diversas sectas, todas ellas igualmente infectadas por su odio a la Santa Iglesia Romana-

 

Las Juntas provinciales tan repentinamente creadas y del todo independientes las unas de las otras, reconocieron sin embargo cierta ascendencia -si bien mínima e indefinida- a la Junta Suprema de Sevilla, considerando esta ciudad como capital de España, dado que Madrid se encontraba en manos del extranjero. Así se estableció un tipo claramente anárquico de gobierno federal que, bajo el efecto del choque de intereses opuestos, rivalidades locales e influencias contrapuestas, resultó un instrumento más bien inadecuado para conseguir unidad en el mando militar y para combinar las operaciones de una campaña.

 

Los manifiestos dirigidos al pueblo por esas diversas juntas, aunque revelen todo el heroico vigor de un pueblo repentinamente despierto de un largo letargo y como aguijado por una sacudida eléctrica que lo lanza a un febril estado de actividad, no está sin embargo libres de pomposa exageración, de aquel estilo misto de bufonería y ampulosidad y de aquella redundante grandilocuencia que indujo a Sismondi a dar a la literatura española el calificativo de oriental. Esos escritos manifiestan la pueril vanidad del carácter español: los miembros de las juntas tomaron el titulo de Alteza y se decoraron con vistosos uniformes.

 

Hay dos circunstancias relacionadas con esas juntas, una de las cuales muestra lo bajo que era el nivel del pueblo en el momento de su levantamiento; la otra resultó perjudicial para el desarrollo de la revolución. Las juntas fueron elegidas por sufragio universal, pero -el gran celo de las clases bajas se manifestó por la obediencia-. Eligieron generalmente a sus superiores naturales, elementos de la nobleza provincial y de la pequeña nobleza, respaldadados por el clero, y poquísimas personalidades notables de las clases medias. Tan consciente era el pueblo de su debilidad, que limitó su iniciativa a obligar a las clases altas a resistir contra el invasor, sin pretender asumir la dirección de la resistencia. En Sevilla, por ejemplo, -la primera idea del pueblo fue que el clero parroquial y los superiores de los conventos se reunieran para elegir los miembros de la Junta-. Así cubrieron los puestos de las juntas con personas caracterizadas por su anterior situación y muy lejanas de ser dirigentes revolucionarios. Por otra parte, al establecer esas autoridades el pueblo no pensó en limitar su poder ni en señalar término a su duración. Las juntas, naturalmente, no pensaron sino en extender el uno y perpetuar la otra. Y así esas primeras creaciones del impulso popular al principio de la revolución constituyeron, durante todo su curso, otros tantos diques contra la corriente revolucionaria cada vez que ésta intentó desbordarse.

 

El 20 de julio de 1808, con José Bonaparte ya en Madrid, 14.00 franceses al mando de los generales Dupont y Vidal se vieron obligados por Castaños a entregar las armas en Bailén, y pocos días después José tuvo que retirarse de Madrid a Burgos. Otros dos acontecimientos animaron aun más a los españoles: el uno fue la expulsión de Lefebvre de Zaragoza por el general Palafox y el otro la llegada del ejército del marqués de la Romana a La Coruña, 7.000 hombres, que habían reembarcado en la isla de Funen para prestar auxilio a su patria.

 

Tras la batalla de Bailén alcanzó la revolución un punto de apogeo, y parte de la alta nobleza, que había aceptado la dinastía Bonaparte, o se había inhibido prudentemente, se sumó a la causa popular, cosa que constituyó un favor muy discutible para esta causa.

 

 

 

 

 

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